Sólo para consumo interno

José Luis Zubizarreta, escritor (EL PERIODICO, 23/06/05).

El último comunicado de ETA, en el que “se cierra el frente contra los electos de los partidos políticos de España”, no se habría ganado más que el desprecio de los partidos si no hubiera sido porque en el ambiente político flota la esperanza de una pronta disolución de la banda terrorista. En ese ambiente, lo que tanto desde el punto de vista ético como político sólo podría ser calificado de indecente cobra especial importancia por su eventual relevancia en relación con la disposición de la organización armada respecto a su esperada disolución.

Y así, mientras quienes no admiten otro final que la derrota policial se limitan a descalificar el comunicado en todos sus términos, quienes aún siguen creyendo en la posibilidad de un final dialogado no se resignan a no ver en él un tímido paso que, bien acompañado, podría conducir al fin deseado.

A decir verdad, la degradación moral que supone la arrogación, por parte de una banda terrorista, de la facultad de imponer y condonar, a su voluntad y arbitrio, la pena capital a sus conciudadanos no merecería otro comentario que el del rechazo más radical, sobre todo si tal arrogación viene acompañada de una lectura de la realidad tan sobrada de engaños como la que se hace en el mencionado comunicado de ETA. En este sentido, uno comprende actitudes como la del Partido Popular o la de la Asociación del Víctimas del Terrorismo, en la medida, al menos, en que, con su negativa a tomar siquiera en consideración las palabras de ETA, reflejan, con mayor claridad quizá que ninguna otra, la repugnancia ética que los juegos estratégicos de los terroristas deberían provocar en cualquier demócrata.

Pero, al mismo tiempo, tampoco debe ser censurada la actitud de aquellos otros que, sin renunciar a su convicciones morales, creen necesario analizar los mensajes que ETA emite, con el fin de comprobar si conducen o no a ese final dialogado que el Congreso de los Diputados definió en su resolución del 17 del pasado mes de mayo.

En tal sentido, expresiones como las que se han escuchado al valorar el último comunicado de la banda terrorista, casi todas resumibles en la idea de “positivo, pero insuficiente”, no deberían ser juzgadas por su coherencia ética, que, a pesar de ciertas formulaciones poco afortunadas, debería suponérseles, sino por su corrección o incorrección interpretativa a la hora de valorar si las intenciones de ETA apuntan o no hacia el final dialogado que propugna la mencionada resolución.

Pues bien, incluso desde esta perspectiva, por así decirlo, más funcional, resulta dudoso atribuir a la última decisión de ETA el carácter de paso “positivo” hacia la resolución dialogada que muchos, con toda legitimidad, querrían alcanzar.

El comunicado que la organización armada hizo público el pasado fin de semana suena, por el contrario, a un movimiento puramente táctico que tiene como objetivo, no tanto responder con un gesto de acercamiento a los últimos requerimientos de las instituciones democráticas, cuanto llegar a una componenda interna en las tensiones que, de un tiempo a esta parte, se han desatado en el seno de su propio mundo.

En efecto, desde que Batasuna hizo pública su oferta en Anoeta, el 14 de noviembre del pasado año, no han cesado las señales de que el conjunto de la izquierda aberzale se ha convertido en un hervidero de propuestas y contrapropuestas como no se le había conocido desde la caída de la cúpula de ETA en Bidart en febrero de 1992.

La propia oferta de Batasuna, en vez de por otros gestos coherentes, ha venido siendo acompañada desde la organización armada por una serie de atentados que, aunque no sangrientos, sólo pueden interpretarse como signos de una voluntad decidida de continuidad.

Asimismo, el dato de que, en el plazo de cuatro días, ETA haya hecho públicos dos comunicados difícilmente cohonestables –la decisión de continuar hasta la consecución de la autodeterminación y este último levantamiento de la amenaza de muerte a los políticos españoles– da a entender que, o bien cada uno de ellos procede de una mano distinta, o bien ambos en su conjunto reflejan un estado de indecisión dentro de la organización que, como ha ocurrido en otras ocasiones, podría resolverse del lado de quienes propugnan las tesis más intransigentes.

La aceptación de este análisis no implica, como es obvio, la negación de tendencias favorables a la disolución de la organización armada en el seno de la izquierda aberzale. La existencia constatable de una disidencia importante y activa en las cárceles, así como la citada propuesta de Anoeta, hacen pensar, más bien, en que tales tendencias realmente existen, pero no han adquirido aún la madurez suficiente como para implicar a todo el movimiento. Ahora bien, precisamente porque existen y no son todavía suficientemente maduras, el riesgo que se puede correr desde fuera consiste en interpretar los mensajes que las diversas tendencias se envían recíprocamente en el interior del movimiento como si fueran mensajes que todo el movimiento emitiera al unísono hacia el exterior, es decir, hacia los responsables de las instituciones democráticas.

Por lo que se puede observar en el momento presente, los partidos políticos han incurrido ya en este riesgo y han hecho suya la misma confusión que está produciéndose en el mundo de la violencia. La única postura sensata consiste, por tanto, en esperar, con prudencia y paciencia, a que se den de verdad, por parte de ese mundo, las condiciones que exige la resolución aprobada por el Congreso el pasado día 17 de mayo, y que hoy están aún muy lejos de darse.