Solo tenemos un planeta

Un ser vivo, cualquier ser vivo, desde una bacteria hasta una ciudad entera, intercambia con el exterior (con el resto de su universo) tres grandes magnitudes: materia, energía e información. Cualquier bloqueo en alguna de estas cantidades compromete la importante cualidad de estar vivo (no puedo vivir sin respirar, comer y excretar; no puedo vivir sin disipar el excedente de calor que producen todos mis procesos internos; mi vida está en alto riesgo si cruzo la calle sin el bit de información que me da el semáforo). Nuestro planeta, como todos los planetas, es un sistema termodinámicamente cerrado, es decir, intercambia con el resto del cosmos energía (sobre todo radiación solar) e información (en forma de ondas electromagnéticas), pero está prácticamente cerrado al tránsito de materia (apenas algún meteorito, partículas o los recentísimos ingenios humanos).

Por todo ello, y mal que les pese a algunos, el planeta Tierra no puede ser considerado como un gigantesco ser vivo global. Está lleno de individuos vivos, pero él mismo no lo es. Un ser vivo, para continuar con su máxima ilusión de seguir vivo, necesita mantenerse abierto a la materia, la energía y la información. Es la diferencia entre una sardina nadando alegremente en el océano y otra conservada en una lata. Nuestro planeta tiene asegurada la energía para los varios miles de millones de años que le queda al Sol de combustible. Pero su límite no está en la energía sino en la materia, esto es, en el agotamiento de los recursos y en la degradación del medio. La Tierra no está a orillas de un río cósmico de donde captar recursos y a donde verter todas sus miserias.

Las leyes de la física y las evidencias observadas no dejan ya margen a las opiniones que pretenden que todo puede seguir igual. Esta creencia equivale a la pregunta “¿por qué he de morirme un día si resulta que nunca me he muerto antes de ahora?”. Practicamos economías de muchos colores, pero casi todas tienen la misma raíz y la misma obsesión: crecer, crecer y crecer. La contradicción entre la economía y la física es flagrante en un sistema cerrado. Solo falta aceptar un detalle: podemos cambiar la economía pero no la física. La emergencia de los humanos, hace unos cientos de miles de años, ha ido cerrando termodinámicamente el planeta y hoy ya no podemos continuar haciéndonos la ilusión de que el límite aún está lejos. El cambio climático es ya visible, observable y experimentable. Aceptarlo es ciencia, negarlo es creencia, una creencia suicida que solo pueden explicar la ignorancia, la idiotez o la maldad. Dos principios fundamentales de la física regulan cualquier proceso de la realidad sin una sola excepción: la energía se conserva y la entropía aumenta. La entropía es una medida del orden del sistema, de modo que, para vivir, hay que drenar al exterior la entropía sobrante. Ningún problema mientras el sistema permanezca abierto, y de hecho, todo individuo vivo desordena su entorno para ordenarse a sí mismo. Pero, una vez más, el límite acaba asomando a medida que el planeta se va cerrando como consecuencia del crecimiento indefinido de su actividad vital.

La isla de Pascua, perdida en pleno océano Pacífico, es una buena metáfora del planeta Tierra en su devenir por el cosmos. Sus nativos agotaron los recursos de la isla construyendo gigantescas estatuas en honor de sus creencias ancestrales, hasta el punto de que no tuvieron ni para construirse una canoa con la que escapar de la nada. Es una premonición de lo que le puede pasar al planeta. Lo acaba de decir Stephen Hawking en una proclama utópico-trivial: se acerca la hora, tenemos que escapar del planeta. Mientras tanto, solo queda un camino: actuar con la ciencia y con la razón en favor del planeta. Solo tenemos uno.

Jorge Wagensberg, Facultad de Física de la Universitat de Barcelona.

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