Solos y conectados

El poeta y filósofo Jorge Riechmann llama al estado al que nos han conducido las nuevas tecnologías –en especial el ‘smartphone’– el ‘laberinto de la cibersoledad’. La expresión, un poco rebuscada, pone de manifiesto el punto al que algunos sociólogos han concluido que nuestra sociedad ha llegado. Ellos, con palabras más sencillas, consideran que en la era digital vivimos permanentemente conectados, pero estamos solos (o corremos el riesgo de acabar estándolo).

Salgan a la calle y comiencen su paseo y, al mirar a su alrededor, comprobarán cómo la mayoría de las personas no miran al cielo o al tráfico de la calle o, lo que todavía es más grave, a la cara de las personas que con ellas se cruzan. Y no lo hacen porque están abducidas por las pantallas luminosas de sus dispositivos móviles. Caminan por nuestras calles distraídos, con la atención puesta en demasiadas cosas simultáneamente. Al subir al tranvía o al autobús oirán múltiples y variadas conversaciones, que sin ningún pudor y recato realizan sus compañeros de trayecto. Observar este tipo de comportamientos nos permite pensar que el mundo digital y tecnológico ha traído sin duda ventajas y posibilidades insospechadas de comunicación instantánea e información ilimitada, sí, pero también nos ha aislado en nosotros mismos, creando personas abstraídas, perdidas en la cibersoledad de la red, incomunicadas en un mundo habitado por amigos y contactos virtuales.

Somos cada vez más los que pensamos que es necesario compatibilizar los aspectos positivos y negativos que presenta el uso de las tecnologías en nuestra vida cotidiana. Es más, muchos consideramos que conciliarlos es uno de los grandes retos de la sociedad actual. Estoy segura de que ante dicha disyuntiva mis amigas lingüistas pondrían el acento en el lenguaje como elemento fundamental para ayudarnos a definir nuestro lugar en la cibercultura. Ante la falta de identidad, nuestra lengua nos proporciona las claves culturales que permiten conocer algo más de nosotros mismos, de nuestro entorno, de los antecedentes históricos y la visión de mundo que aquellas reflejan y representan. Es nuestra propia lengua la que nos permite establecer vínculos reales con otras personas reales, aun cuando muchos de los procesos comunicativos se lleven a cabo mediante la intermediación de la tecnología, la cual –sin duda alguna– es un componente importante en el desarrollo de la humanidad.

Así pues, ante los aspectos negativos de la sociedad tecnologizada, como el vacío de la virtualidad, la verdadera cultura y la comunicación real, a través de la lengua, se constituirán en los escudos que ayudarán a las futuras generaciones a preservar lo propio, lo local frente a lo global, y a enfrentar los todavía desconocidos retos que deparan las tecnologías.

Me gustó mucho la propuesta que un amigo, muy lúcido, Jaime Tatay, nos propuso para nuestra cibersoledad. Utilizó el mito griego que cuenta la historia de Ariadna, la hija del rey Minos de Creta, quien, para evitar que su enamorado, el príncipe Teseo, se perdiese en el laberinto del Minotauro, tuvo la sencilla idea de darle un ovillo. El hilo, pensó lúcidamente la princesa, “le acompañará y le guiará de vuelta hasta la entrada después de vencer al Minotauro”. Y así fue. Sin el hilo, Teseo hubiese quedado, como tantos contemporáneos nuestros, desorientado en el laberinto. Gracias a esa guía, sin embargo, consiguió salir y emprender el viaje de vuelta a Atenas junto a Ariadna. Como mi amigo es jesuita, explica que cuando se escucha a Jesús decir –en una frase tantas veces repetida– “yo soy el camino, la verdad y la vida”, no está diciéndonos que haya un solo camino que todos tengamos que recorrer para alcanzar una vida plena. Se refiere, más bien, a su presencia en todos y cada uno de los caminos, como hilo conductor, guía y sentido. Sus palabras son más una invitación que una afirmación. Como él dice: “La fe cristiana no garantiza que no nos desorientemos, ni que jamás experimentemos la soledad, ni que nunca lleguemos a perdernos en el laberinto de la existencia”. Este es, posiblemente, uno de los caminos que han recorrido los miles y miles de cofrades que en esta Semana Santa han realizado los desfiles procesionales en los pueblos y ciudades de nuestra Comunidad.

Pilar de la Vega

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