Soluciones que no funcionan (2)

En mi artículo anterior mostré cómo  los británicos crearon el problema palestino durante la Primera Guerra Mundial porque creyeron que necesitaban ayuda de la comunidad judía mundial para evitar la quiebra económica y seguir contando con el apoyo de la Rusia zarista en la guerra. A continuación, ayudaron al movimiento sionista a establecerse en el territorio palestino obtenido en la Conferencia de Paz. Pero para 1936 ya se habían convencido de que debían encontrar una solución al conflicto. Dieron con la vía que ha seguido toda figura o personalidad política exitosa en pos de la paz: repartir tierra santa entre los dos pueblos. No había mucho que repartir, y los británicos no pudieron encontrar una fórmula que funcionara.

La recientemente creada ONU en 1945 recogió el testigo de los esfuerzos británicos tras la Segunda Guerra Mundial, pero ninguna idea que cupo alumbrar resultaba congruente: la cuestión es que había demasiada población autóctona e insuficientes inmigrantes. La iniciativa más destacada al respecto propugnaba la creación de un Estado palestino con una población árabe de 725.000 habitantes y una población judía de 10.000 habitantes, en tanto que el Estado judío tendría 498.000 judíos y 407.000 árabes. Jerusalén se internacionalizaría y albergaría a 100.000 judíos y 105.000 árabes. Los ingresos del Estado judío, que poseía las mejores tierras, triplicaban los de la parte árabe; no obstante, al presentar un mayor índice de natalidad, la población palestina pronto constituiría una mayoría aun en el seno del Estado judío. El dilema se solucionó con la expulsión de casi toda la población palestina en la guerra de 1948-1949.

La guerra hizo posible Israel, pero no propició la paz. Y así fue como las autoridades estadounidenses presentaron una solución tras otra. Ninguno de sus planes funcionó, pero vale la pena recordarlos para mostrar el grado de desesperación en la búsqueda de una solución y entender la dimensión de la realidad a que hoy día haría frente el presidente Obama si decidiera asumir el problema como propio.

Se ha llegado a proponer casi todo: dividir las aguas del río Jordán (de modo que los países no chocarían por el acceso a este recurso vital, el plan Eric Johnston), programas de ayuda para aliviar la escasez de mano de obra (de modo que pudiera acogerse a los refugiados en otros lugares, el plan David Lilienthal), negociaciones de Estado a Estado (para puentear a los palestinos, las negociaciones de Camp David entre Carter, Begin y Sadat), atención al derecho de retorno de los refugiados palestinos (garantizado por las resoluciones de la ONU) además de hacer menos atrayente el retorno para que los refugiados decidieran vivir en otros lugares (plan Joseph Johnston). Mi preferida fue la ocurrencia de ese adusto secretario de Estado durante la presidencia de Eisenhower, John Foster Dulles. Decidió que, ya que los árabes y los israelíes no querían pisar el uno el territorio del otro pero necesitaban transitar entre diversas partes de su suelo, debían volver a trazarse las fronteras con triángulos en intersección que coincidieran en un punto… ¡sobre el cual se crearía una especie de autopista aérea que sobrevolaría tales áreas, de modo que cada una de ellas podría saltar al lugar deseado sin topar con otra! Entre tanto, sin prestar atención a tales vuelos de fantasía, los israelíes fueron apoderándose de la tierra sin cesar. Aún más, han construido muros, fortificaciones, puestos de control, guarniciones y asentamientos en buena parte de lo que la decisión originaria de las Naciones Unidas señaló como parte integrante del Estado palestino.

Y, aunque la política de asentamientos israelí constituye una violación directa del derecho internacional que se aplica desafiando diversas resoluciones de la ONU, Israel ha establecido no sólo una presencia física – alrededor de 650.000 colonos viven en Cisjordania-,sino que ha propiciado una postura de política interna que costaría enormemente desmontar.

Los israelíes, evidentemente, se hallan mejor situados para debatir la relación de EE.UU. con Israel que los estadounidenses. En reacción con la respuesta aduladora y acrítica del Congreso estadounidense al reciente discurso de Netanyahu, a Uri Avnery, destacada figura política israelí, que fue diputado de la Knesset y es activista por la paz, le repugnó la simple visión de “miembros de los más altos cuerpos legislativos de la única superpotencia del mundo levantándose y sentándose como otros tantos yo-yós, aplaudiendo encendidamente cada equis minutos o segundos las mentiras y tergiversaciones más escandalosas de Netanyahu. El aspecto más penoso de la sesión es que no hubo ni un solo congresista – republicano o demócrata-que osara contrariar tal intervención”. El bloguero Mitchell Plitnick reprochó que “el Congreso, totalmente comprometido con [ el lobby israelí] AIPAC e indiferente a los intereses más convenientes no sólo de los palestinos, sino también de Israel y de su propio país, animó al equipo de casa mientras derrotaba al presidente de EE.UU. (…). El equipo de casa, en este caso, era Netanyahu”.

La realidad de la política interna estadounidense, de la que obviamente es consciente Obama, dice que Israel se halla por encima de toda discusión. Pese al desagrado de Obama ante la postura de Netanyahu y su convicción de que las políticas israelíes no son sólo equivocadas, sino también peligrosas para Estados Unidos, Obama ha prometido que la ayuda económica y militar estadounidense no sólo continuará, sino que se incrementará. En consecuencia, me parece casi seguro que Obama no agarrará el toro del problema palestino por los cuernos.

William R. Polk, miembro del consejo de planificación política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *