Sombras chinescas peligrosas

Nada hay nuevo bajo el sol. El autor de Qohéleth cinceló una expresión que tiene la fortuna de no parecer sacada de una charla sobre coaching. La frase resulta aplicable al coronavirus. Las nuevas rutas abiertas en el siglo XIII por exploradores italianos –Marco Polo fue el más célebre de aquellos pioneros– trajeron de Extremo Oriente, además de la seda y las especias, la peste negra, cuyo foco original hervía en China. Varias centurias más tarde, a través de una nueva Ruta de la Seda, llega otra epidemia. Pero no forcemos la analogía. Nada hace pensar que las consecuencias de la enfermedad del Covid-19 resulten similares a la plaga que asoló el Medioevo; las condiciones sanitarias de aquel mundo no guardan comparación con las de la actualidad.

A través del tiempo ha continuado tejiéndose aquella misma lógica del conocimiento y el comercio que hoy llamamos globalización. China está reforzándose en este proceso. Sucede, sin embargo, que el antiguo Imperio del Centro no es un Estado más en el orden internacional. El primer país en población con 1.400 millones y tercero en tamaño tras Rusia y Canadá, ya supone el 16,5% de la economía mundial, asume el destino del 35% de las exportaciones de la UE y, en términos de paridad, de poder adquisitivo sería la primera economía del mundo.

Ahora bien, en China no rigen las normas occidentales sobre derechos humanos, Seguridad Social, libertad sindical o propiedad intelectual. Menos conocido es el hecho de que no existen compañías privadas. De una u otra forma, todas viven controladas por el Estado-Partido. Cualquier empresa con más de tres trabajadores debe contener una célula del Partido Comunista Chino (PCCh). Alibaba, por ejemplo, alberga 200 de esas células y 7.000 trabajadores suyos se dicen militantes del PCCh. A ello se añade la opacidad financiera; lo contrario que las empresas occidentales, obligadas por altos estándares de transparencia.

Si mencionamos al PCCh, resalta una obviedad: China es la mayor dictadura del planeta. Tras el triunfo en 1949 de Mao Zedong, quien dejó una estela de 60 millones de muertos por ejecuciones, hambrunas o encarcelamientos, impera un régimen de partido único. Aunque liberalizado en el terreno económico a partir de 1978, gracias a Deng Xiaoping, el Gobierno no pretende evolucionar hacia la democracia. Al contrario, Xi Jinping utiliza las cotas de libertad económica para alcanzar sus propios intereses estratégicos y políticos.

En efecto, China forja su competitividad internacional para, al mismo tiempo, proponer una alternativa sistémica a Occidente. Con los países que no pertenecen a la OCDE tiene una relación extractiva –captar materias primas y recursos energéticos– y, con las naciones más desarrolladas, el vínculo se matiza por absorción o exportación; invierte capital y establece lazos en los ámbitos más desarrollados para adquirir tecnología, marcas, capacidad de gestión e influencia en sectores clave.

Su herramienta esencial es la Nueva Ruta de la Seda; The Belt and Road Initiative, BRI por sus siglas en inglés. Un proyecto que liga al gigante asiático con el resto del mundo mediante una red de puertos, aeropuertos, carreteras, ferrocarriles y conexiones digitales. El presupuesto del BRI, procedente de bancos estatales, alcanza los 800.000 millones de euros.

El Gobierno chino y el PCCh, a través de su Junta para el Progreso y el Desarrollo, capitanean la construcción de infraestructuras. Por tierra se expande a través de Asia Central y Eurasia. A nivel marítimo se abre desde el Océano Pacífico y el Mar de la China al Índico y, a través de Suez, entra en el Mediterráneo para llegar a Europa, Norte de África y el Atlántico. Por su parte, el 5G es un instrumento para la inteligencia rtificial o el internet de las cosas que permite eventuales injerencias en sectores públicos o privados.

¿Qué papel juega España en el BRI? Nuestro país sería un hub de distribución, tanto por nuestra posición geográfica como por las positivas relaciones que mantenemos con los cinco continentes. La seriedad del proyecto la confirma la adquisición por parte de China de 40 puertos en todo el mundo, incluidas las dársenas de Barcelona y Valencia, y el intento de controlar Algeciras o Sines, en Portugal.

Por otro lado, en el plano digital y tecnológico, Huawei y ZTE son empresas líderes en nuestro mercado. No obstante, los Gobiernos españoles mantienen una actitud prudente y, pese a los requerimientos de Xi Jinping en su visita de 2017, España no forma parte del BRI. De forma similar ha actuado la Comisión Europea, al tiempo que el Parlamento de la Unión instó en marzo de 2019 a garantizar la seguridad ante la tecnología china.

Y es que esa restringida aceptación de la libertad económica por parte del Ejecutivo chino siempre pasa por reforzar su dictadura nacionalista. La clave de su estrategia consiste en promover intercambios e inversiones, a las que siguen presiones políticas para que los Estados decidan en favor de un imperio que nunca se ha sentido confortable en el orden nacido tras la Segunda Guerra Mundial.

Esta incomodidad parte de tres motivos: EEUU es el líder, no China; tiene su centro en Occidente, no en Asia; y el modelo político es la democracia, no una autocracia que, con sus éxitos –ha sacado a 740 millones de personas de la pobreza absoluta y creado una clase media de 300 millones–, quiere convertirse en el siglo XXI en una suerte de despotismo ilustrado. Las siguientes metas consisten en erradicar la miseria del país para 2021. Y, en 2049, centenario de la revolución, convertirse en primera potencia mundial, pasando a ser el nuevo centro del sistema global.

La oscuridad del régimen queda resumida con una anécdota. Li Wenliang, el médico que lanzó la alerta sobre el coronavirus a familiares y amigos, fue acusado de «difundir rumores», delito penado con siete años de cárcel. Sus advertencias fueron silenciadas, perdiéndose un tiempo precioso. Li falleció el pasado 7 de febrero a causa de la enfermedad, mientras el Gobierno chino trataba de sofocar las muestras de apoyo hacia su persona y la indignación para con las autoridades.

El viejo virus de las autocracias recorre Eurasia. Y, de no tomarse medidas a medio y largo plazo, lo de menos será el Covid-19.

José Barros es periodista y consultos de comunicación.

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