Somos Naturaleza

Hace unas semanas Nicolas Sarkozy realizó unas desafortunadas declaraciones que eclipsaron la conveniencia de lo que propuso después: la celebración de una conferencia sobre la demografía mundial. Tenemos un problema de espacio en el espacio. No es que no quepamos sobre la Tierra, que la población mundial a 1 de enero de 2016 era ya de 7.400 millones de personas, aumentando a cada segundo mientras escribo, y aquí estamos, sino que nuestra sombra, como la de los cipreses de Miguel Delibes, es cada vez más alargada. Nosotros, todos y cada uno de los que ocupamos hoy la Tierra, y no los que vengan detrás, estamos llamados a resolver los graves desórdenes que infligimos al clima, al agua, al suelo, a los ríos, los bosques, el aire, los océanos, las montañas, los paisajes… y al resto de las especies contemporáneas por nuestra existencia multitudinaria basada en una economía lineal: producir, usar y tirar.

Ante esta situación límite resulta curioso, cuanto menos, que no haya surgido alguien que lleve sobre sí este asunto global de ir solos por el Universo, sin vislumbrar otro lugar habitable y accesible para la Humanidad, la cual conforma una capa muy fina con el resto de la biosfera sobre una Tierra que actúa como un sistema cerrado donde no entran ni el aire, ni el agua ni el suelo; aunque sí, cada día, la luz del Sol. A veces me pregunto si la Naturaleza no será la envoltura material de la luz. Si también las Artes lo son, y de ahí quizás el anhelo de Chillida de guardar la luz en el corazón de una montaña.

Es asombrosa la manera en la que la Naturaleza ha solventado las limitaciones de la Tierra como soporte vital al aplicar, de un lado, una estrategia de turnos, que es vivir por generaciones para alternarse las poblaciones sucesivamente en un mismo lugar; y de otro, alentando la variabilidad de las especies, la biodiversidad, término acuñado por Wilson, quien afirmó: «La Tierra es un planeta muy mal conocido», al calcular que podrían convivir con nosotros entre 10 y 30 millones de especies distintas, la mayoría sin identificar aún. Con todas tenemos ciertas similitudes por estar hechos con los mismos materiales, y con la misma luz. Llevamos en las células, además del código genético del ADN nuclear, otro código genético más humilde, alojado en las mitocondrias, con su propio ADN circular como el de las bacterias de vida libre, sin el cual no podríamos vivir. Margulis nos habló del paso de los procariontes a los eucariontes por simbiosis; de la cooperación, más que de la lucha, en el proceso evolutivo. Somos Naturaleza y el destino de la Humanidad es el de la Naturaleza, y el destino de la Naturaleza es el de la Humanidad. Al menos por ahora.

¿Dónde reside entonces nuestra singularidad como especie? Creo que en la escritura, en esa excepcional habilidad que desarrollamos primero en tablillas de arcilla, luego en papel, ahora en internet, para transmitir y conservar la luz del pensamiento, de la creatividad, del conocimiento, de la imaginación, la información, la innovación… la luz de las ideas. Son muchas las cabezas que piensan cada día para resolver los problemas más acuciantes de nuestro tiempo en muy diferentes ámbitos, pero no parece haber surgido aún la personalidad que modere y lidere este inabarcable y transversal asunto de la Ecología en su global dimensión, incluyendo la dimensión humana, haciendo suyo el lema escrito sobre el primer escalón de la librería Shakespeare & Co.: «VIVE PARA LA HUMANIDAD». Quizás por falta de valor. La Ecología, cuya etimología proviene del griego «oikos», que quiere decir casa o habitación, es una ciencia multidisciplinar de síntesis que, al contrario que otras ciencias que se dividen en sucesivas ramas de diferentes especialidades, a lo que aspira es a entenderlo todo sirviéndose de todo el conocimiento posible, sin dejar que un solo tema se haga con todos los demás.

De ahí la relevancia de la Carta encíclica del Papa Francisco «Laudato si’» por su mirada abarcadora, al iniciar la conversación sobre el cuidado de la casa común: «Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos». Llama, como Juan Pablo II, a una «conversión ecológica global» y una «ecología humana» porque estamos sobre una Tierra de Naturaleza humanizada. «Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da aliento y su agua nos vivifica y restaura». Es una Carta llena de esperanza: «Espero que esta Carta encíclica, que se agrega al Magisterio social de la Iglesia, nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta». Como se señala con claridad: «El objetivo no es recoger información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar».

Se trata de no dejar de lado ni a nadie ni a nada en este desafío de nuestro tiempo: ni a las ciencias, ni a las artes, ni a la espiritualidad ni a los sentimientos, lo cual me ha recordado esa pregunta sin signos de interrogación de Unamuno: «El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental».

La última obra de Hopper, el pintor de la soledad de un faro, de un velero en la mar, de un hombre en un bar, de una mujer al borde de una cama, fue una habitación vacía, llena de luz. Del tratado «Ecología» de Ramón Margalef, extraemos: «Como escribe Lewontin, una pregunta que todo biólogo debe hacerse es por qué el 99,999% de las especies que han existido se han extinguido ya».

No seremos una más, llevando en el corazón la luz del pensamiento.

Mónica Fernández-Aceytuno, bióloga.

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