¿Somos una democracia madura?

Según han referido los periódicos, el presidente del Gobierno lanzó en su balance de legislatura la idea fuerza de que la española es ya una «democracia madura», lo cual permitirá en el futuro diseñar y aplicar las políticas correspondientes mediante la utilización sistemática de la regla de la mayoría. El tiempo del respeto al consenso cruzado entre progresistas y conservadores habría ya cumplido su misión histórica, habría sido algo así como una útil andadera para llegar a la mayoría de edad, pero no sería ya necesario para continuar, precisamente por la madurez alcanzada por el sistema. El único núcleo intangible sería el contenido en la Constitución, pero fuera de él la mayoría que apoya el gobierno puede avanzar según sus propias convicciones ideológicas e intereses pragmáticos, sin atender al criterio de la oposición.

Esta idea merece, a mi juicio, una máxima atención y análisis por varias razones. En primer lugar, porque con toda probabilidad su autor será el próximo presidente de Gobierno. Y en segundo, porque no se trata de una idea más, sino del eje que estructura la visión política de Rodríguez Zapatero para el futuro a medio plazo de España, como se ha demostrado los últimos cuatro años. En efecto, más allá del contenido concreto de las diversas políticas que ha impulsado a lo largo de la legislatura, la inspiración siempre subyacente a ellas ha sido la de apuntalar una mayoría de progreso al margen del principal partido de la oposición, crear un bloque mayoritario estable que permitiese apartar a la que él considera derecha retrógrada de cualquier influencia determinante en el ejercicio del poder político. Lo cual, si tenemos en cuenta el volumen de población representado por esa derecha (prácticamente un tercio del país) sólo puede realizarse sin grandes convulsiones si contamos con un sistema estable que permita absorber los enfrentamientos inevitables que se van a producir. La madurez del sistema es una condición de posibilidad para la nueva política. Por ello, la cuestión a plantearse es la de si el diagnóstico del presidente es o no ajustado a la realidad. Y la respuesta nos interesa a todos, porque todos sufriremos si se equivoca.

En este sentido, lo primero que llama la atención es el carácter voluntarista del diagnóstico, hasta el punto de que se fundamenta en un alto grado en la peripecia personal de quien lo emite. Quiero decir que para Rodríguez Zapatero la sobrevenida madurez del sistema se apoya esencialmente en la circunstancia de que es él precisamente quien ocupa su dirección desde el Gobierno. Mientras estuvo en la oposición, su análisis y consiguiente recomendación era la del pacto universal gobierno-oposición en todos los temas conflictivos, de lo que se deduce que entonces no veía signos de sólida madurez en el sistema. ¿Qué ha cambiado? Nada sustancial sino su llegada al poder. Pero confundir la propia peripecia con el estado objetivo de la sociedad es un paso bastante aventurado, que sólo desde un cierto optimismo solipsista se puede dar.

Yendo a datos más objetivos, conviene indagar en el contenido de este concepto de 'madurez' tal como lo aplica el presidente. Indudablemente, conecta con la tipología que teorizó Arendt Lipjhart sobre las democracias 'tipo Westminster' o 'tipo consociativo', dos modelos ideales o polos extremos entre los que se mueven los diversos casos reales. Mientras que en los modelos consociativos (típicos de la Europa continental) los grandes temas se deciden por consensos cruzados entre las fuerzas políticas opuestas, en el modelo anglosajón de Westminster se priman los gobiernos mayoritarios que desarrollan con plena autonomía sus programas propios, reduciendo a la oposición a un puro papel negativo hasta que le llegue su turno de gobernar. Se supone que España se habría desplazado hacia este modelo Westminster gracias a su adquirida madurez, luego podrían comenzar a practicarse entre nosotros políticas apoyadas en la mayoría sin miedo a las tensiones resultantes. Es de notar, sin embargo, que los politólogos han subrayado que esta forma de gobierno se corresponde con unas sociedades muy concretas, en las que existe un consenso social básico muy amplio y asentado sobre el modelo de sociedad y de país, así como sobre los objetivos generales que debe perseguir la acción pública. Las sociedades anglosajonas (británica, estadounidense o australiana) no están sometidas a las fracturas ideológicas o culturales de las continentales y, precisamente por ello, pueden soportar un estilo de 'adversary politics' sin riesgo para su cohesión.

¿Es éste el caso español? Cabe dudarlo. Cierto que existe un consenso estable y básico en el modelo socioeconómico a mantener, lo cual es un dato favorable. Pero subsisten otros desestabilizadores, como son los siguientes. Uno: en nuestra democracia existen actores políticos de relevante importancia (representan al más del 20% de la población y dirigen subgobiernos territoriales) que no aceptan el marco constitucional y se declaran partidarios de 'cambiar de ley' a corto plazo (no cambiar la ley, sino cambiar de ley, que es algo auténticamente revolucionario). Existe una línea de fractura territorial u horizontal que hace que España esté como nación en permanente 'carne viva'. Otro: nuestro sistema democrático no ha sido capaz de absorber y procesar con razonable eficacia unas elecciones celebradas bajo condiciones especiales y toda la legislatura ha estado envenenada por esa incapacidad de procesar y digerir una anomalía (compárese con la facilidad con que el sistema de Estados Unidos resolvió la crisis de las papeletas mariposa en las elecciones de 2000). Da igual quién tenga la culpa de ello, el dato relevante es que el sistema no ha sido capaz de procesar una crisis puntual. Otro más: en nuestra democracia, las instituciones arbitrales más importantes (desde el Poder Judicial hasta el Tribunal Constitucional, pasando por los organismos reguladores sectoriales) están exhibiendo un serio déficit de funcionalidad debido al tironeo partidista a que se han visto sometidas, de manera que el sistema completo está perdiendo aceleradamente sus frenos y contrapesos. Para terminar: un testigo fiable e imparcial como su presidente ha definido el clima generado en el Parlamento por la política adversarial de la última legislatura como «insoportable».

En estas condiciones, definir nuestro sistema político como uno ya maduro para aventuras westminsterianas parece más un 'wishful thinking' que un diagnóstico correcto. Lo demuestra una circunstancia añadida: la de que el presidente se queja, precisamente, de que la oposición no ha apoyado al Gobierno en ningún asunto relevante durante su mandato. Lo cual es parcialmente cierto, como es patente. Pero es que, precisamente, en el modelo mayoritario puro la función de la oposición es oponerse a todo y todos, nunca la de colaborar. Con lo que resulta que la queja de Rodríguez Zapatero desmiente su propio diagnóstico.

Combinar políticas de consenso y políticas de mayoría es un arte difícil, al alcance sólo de los prudentes. Reivindicar o idealizar el consenso como receta universal carece de sentido, sobre todo cuando quienes lo reclaman son quienes lo rompieron a su conveniencia en el pasado más próximo. Pero reclamarse de repente tan maduro como para emprender una singladura mayoritaria puede ser arriesgada presunción. Un filósofo como Michael Oakeshott escribía que para una comunidad lo importante no es tanto avanzar rápido o muy lejos, como avanzar todos juntos. Claro que era un conservador confeso, y nuestro presidente no lo es. Pero las buenas ideas, a veces, no tienen color partidista.

Por J. M. Ruiz Soroa