¿Son iguales las películas que los zapatos?

Se puede conseguir fuera lo que no se consigue dentro? ¿Es un espejismo o una simple huída hacia delante pensar que en el exterior se encuentran los caminos que no se vislumbran en el interior? Cabe plantearse estos interrogantes por cuanto se dijo, mucho e importante, en el Encuentro de Productores Audiovisuales Españoles que, organizado por la patronal del sector (FAPAE), se celebró en Madrid hace pocas fechas. Porque la mayoría de quienes intervinieron veían fuera de nuestras fronteras las soluciones que no hallaban dentro para mejorar la situación del cine español.

Y ello en un doble sentido. Primero, buscando financiación en las coproducciones con otros países para poder hacer frente a los costes crecientes que necesita una película si quiere llegar a ser competitiva. En un mercado globalizado como el cinematográfico, el ámbito doméstico no suele ser suficiente para amortizar el elevado gasto de una producción, sujeta además a los factores de imprevisibilidad que dominan en este terreno. La unión de empresas de dos o más países suma inversiones y esfuerzos y parece repartir el riesgo futuro. De hecho, si se observan los créditos de cualquier título europeo, se verá que sus recursos provienen de diversas latitudes, por lo que cada vez resulta más difícil establecer su nacionalidad.

En segundo término, el actual desafío para el cine español consiste en que la película interese a muchos compradores, cuantos más mejor, de fuera de nuestras fronteras. Durante la reunión citada, Fernando Salazar, vicepresidente del Instituto de Comercio Exterior (ICEX), mostraba su extrañeza porque escasamente un 3% de los ingresos de las producciones españolas procediera del extranjero, casi nada comparado con el 97% obtenido en el interior. Que el sector audiovisual de nuestro país hubiese vendido tan sólo 80 millones de euros al exterior en 2009, le resultaba incongruente con los datos que le decían que España es el séptimo país productor del mundo, y tercero de Europa, dentro de este terreno. «El mercado exterior es la gran solución», señalaba Salazar, comparando las películas con los zapatos que aquí se hacen, porque si no fuera por la elevadísima exportación numerosas empresas del sector habrían ido a la quiebra.

¿De verdad se encuentra ahí la solución? El tiempo lo dirá, pero sin duda vale la pena intentar algo que no parece precisamente fácil. El cine español es un puzle en el que deben encajar todas las piezas y si falta o falla alguna, se descompone en su conjunto. Parece que hemos tirado la toalla en lograr más y mejores resultados en el mercado interno y debemos abrirnos a otras perspectivas. Como principio, resulta sugerente; pero me pregunto si las películas son en realidad iguales que los zapatos. Salvo en el caso de Almodóvar, como antes en el de Saura, o el de ciertas películas de género fantástico o de terror para un público juvenil, nuestro cine -igual que el del resto de Europa- viaja mal y no puede identificarse a un producto de utilidad o consumo personal. Si los países tienen sólo una franja máxima del 10% para cuanto no sea norteamericano o local, entrar en ella supone una lucha titánica cuando no una pura lotería. Pero intentar hay que intentarlo una vez más, aunque con el cierto escepticismo de por qué va a interesar más a un espectador de Lille o de Wiesbaden que a uno de Albacete…

Porque lo que debería ser nuestro mercado exterior natural, Latinoamérica, está muy lejos de serlo. En Argentina, por ejemplo, acabo de comprobar que el actual cine español es casi un perfecto desconocido, con ejemplos como que una película de tan fuerte comercialidad como Celda 211 no encuentre pantallas donde exhibirse, o que Ágora no haya disfrutado apenas de circuitos mayoritarios. Y otro tanto sucede en México, Colombia, Chile o Brasil. Es cierto que la mentalidad de nuestros productores está cambiando con aquellos que llegan a la profesión más volcados hacia el exterior y, concretamente, hacia el mundo anglosajón. El reto no se soluciona con que afirmemos que el cine español tiene una imagen fuera mejor que la bastante negativa que soporta dentro. Eso se dice en todas partes, con la excepción del chovinismo francés y el aislacionismo norteamericano, y no sirve para resolver la situación. Difícilmente un cine no amado en su país lo será en los restantes.

Además del decisivo tema del pirateo audiovisual, calificado como «puro robo» por Carlos Cuadros, director general del Instituto de Cine (ICAA), otro tema estrella del Encuentro que he mencionado fue la reconversión digital de las salas, cuya necesidad y urgencia mereció frecuentes y enérgicos párrafos. Dado que el espectador lo que quiere es una buena proyección y le da exactamente igual que sea desde un soporte de celuloide o numérico (no como ha sucedido con el sonoro, el color o el 3D, que sí variaban lo que estaba viendo), creo que se trata de un tema puramente interno de la industria cinematográfica. Donde me temo que, una vez más, van a primar los intereses de las grandes compañías multinacionales, que lo que buscan es economizar muchos dólares en copias y transporte de las mismas a todos los rincones de un mundo que ellas sí tienen globalizado antes que nadie.

Relativizar este proceso, e incluso desconfiar de él, no significa oponerse a las nuevas tecnologías, ni anclarse en una posición retrógrada. Es no ceder ante la amenaza de dichas compañías de no suministrar sus deseados productos a aquellas salas de exhibición que no pasen por el aro de digitalizarse precisamente con el sistema exacto -el llamado 2K- que ellas han acordado a su conveniencia y pese a su carestía. Por mi parte, sueño con el futuro día en que una sala de cine anuncie como gran reclamo publicitario que proyecta copias en versión original y en 35 milímetros…

Fernando Lara, periodista y escritor de cine.

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