¿Son los rusos como nosotros?

Hace poco estuve en la isla de Sakaline, en el extremo oriental de Rusia. Allí nos encontramos en los confines del Imperio tal y como se constituyó en el siglo XIX, a la manera de Estados Unidos. Los e st a dounidenses marcharon hacia el oeste, mientras que los rusos avanzaron hacia el este. Una simetría observada en su momento por Alexis de Tocqueville: él concluyó, hac ia 1 8 5 0, que los dos Imperios continental e s dominarían el mundo, lo que fue cierto entre 1945 y 1990, pero no más. Al parecer, los rusos trataron a las tribus locales de Siberia de forma menos brutal que los colonos norteamericanos a los indios de Estados Unidos.

Una vez llegados a Sakaline, al norte de Japón, uno se pregunta qué es lo que define a Rusia: ¿será su geografía? Pero esta engloba dos continentes, Europa y Asia. Planteé la cuestión a un grupo de ingenieros que habían acudido a este lugar atraídos por los elevados s uel dos of recidos por las compañías locales de explotación petrolífera. Declararon unánimemente que Sakaline «está bien», con condiciones de vida agradables, pero que está muy «lejos de casa». ¿De casa? De Europa, tuvieron que precisar. Todos descartaban terminar su existencia en esta isla lejana y menos aún ser inhumados ahí. Contrariamente a los estadounidenses, que en c ual qui er l ugar de Est a dos Unidos se sienten como en casa, los rusos fueron siempre colonos reticentes, empujados a Asia por la fuerza, al ser relegados, confinados en el gulag o por razones económicas. En cualquier lugar del continente euroasiático en que se encuentren, los rusos se ven como europeos. Toda la historia de Rusia podría resumirse como un desgarramiento entre Europa y los demás lugares.

Son los rusos como nosotrosCuando Pedro el Grande fundó San Petesburgo, en 1703, recurriendo a arquitectos italianos, demostró que Rusia era una potencia europea. Pero, al mismo tiempo, el Imperio se extendió hacia el sur, hasta las puertas de India, y hacia el este, al límite con China. Este alejamiento geográfico es también ideológico y espiritual. La Iglesia ortodoxa rusa se percibe como una Tercera Roma, ni en Europa ni en Asia, sino en otro lugar y más arriba. En el siglo XIX, el tiempo de la invención de las naciones, los llamados intelectuales eslavófilos también sitúan Rusia en otra parte, en un lugar casi étnico y metafísico: según Fiodor Dostoievski, que pasaba todos sus veranos en Baden Baden y no en las playas de Crimea, Rusia es nada menos, una nación cristiana destinada a salvar el mundo. En cuanto a la revolución comunista, por mucho que haya tenido inspiración alemana, todas sus manifestaciones públicas, igual que sus ideologías, son eslavófilas y ortodoxas; Lenin fue embalsamado, igual que lo fueron los santos ortodoxos. Pero en su forma ortodoxa o comunista y hoy putiniana, se observa que las autoridades políticas o religiosas imponen la eslavofilia al pueblo, desde arriba. El pueblo ruso aspira a vivir con normalidad, como europeos, según se vio en tiempos de la perestroika, gracias a Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin, ambos europeos convencidos.

Hubo un tiempo, antes del régimen de Vladímir Putin, en que la Unión Europea, igual que Rusia, se cuestionaba seriamente si ésta se convertiría algún día en miembro, y adoptaría sus normas ysu visión pacifica da del mundo. Putin, eslavófilo, lleva a su país en el otro sentido. No desdeñó la alianza con la Iglesia ortodoxa, aunque es dudoso que fuera por piedad. ¿Qué piensa de ello el pueblo ruso? No está claro, porque las elecciones son muy oscuras y los medios de comunicación están controlados. Digamos que los rusos se adaptan a los fantasmas de su presidente mientras la redistribución de la renta del petróleo permita pagar salarios y pensiones decentes. Pero resulta que la renta se debilita, lo que, naturalmente, en un hombre de poder como Putin, incita el afán nacionalista; cuanto más se empobrezca Rusia, más peligroso será este hombre. La creación, ante nuestros ojos, de una base militar en Siria es testimonio de ello. Nos recuerda los intentos de Jruschov en 1962 por alojar en Cuba misiles con cabezas nucleares. En los dos casos, los dirigentes rusos pensaban que se enfrentaban con un presidente estadounidense fiable, John Kennedy y luego Barack Obama. Kennedy reaccionó. Obama, no se sabe.

En resumidas cuentas, no hay que confundir a Rusia con Putin: Putin se irá, y el pueblo permanecerá, con sus aspiraciones europeas bajo esa fina capa de barniz eslavófilo. Puede que mis interlocutores de Sakaline se encuentran a 8.000 kilómetros de las fronteras actuales de la Unión Europea, pero así y todo, son nuestros vecinos inmediatos y sus aspiraciones son las nuestras: una relación normal en un mundo normal.

Guy Sorman

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