Sorpresiva abdicación

Conocí a Don Juan Carlos de Borbón hace casi 70 años. Él acababa de llegar a Estoril, donde habían fijado su residencia sus padres, los condes de Barcelona. Yo vivía en Lisboa, donde mi padre era embajador de España. Así que tuvimos una estrecha relación desde niños que seguimos manteniendo. Mi padre y el suyo se entendieron muy bien, los dos era marinos profesionales y compartían la vela como pasión y deporte. Por eso tuve el honor y la satisfacción de compartir desde entonces extraordinarias vivencias que me han enseñado el lado humano de Don Juan Carlos al margen de su perfil oficial y protocolario.

En estos momentos en que termina su reinado, que supone una etapa, aunque yo me atrevería a decir una era que es un hito fundamental en la Historia de España, he sentido una muy especial emoción que me ha traído multitud de recuerdos. Lo he tenido siempre como un hombre afectuoso y cercano para todos, aunque siempre en su sitio. Más de una vez he visto, con quien ha confundido esa cercanía como terreno abonado para una relación confianzuda e interesada, el semblante disuasorio del Rey.

Siempre ha tenido un excelente humor que le ha servido para sortear preguntas o situaciones embarazosas echando mano de su universal campechanía. Ésta es una de las cualidades de las que nos hemos beneficiado todos los españoles porque nos ha abierto puertas en el complejo mundo de las relaciones internacionales, incluso allí donde otros jefes de Estado occidentales han tenido más dificultades. Es un hombre que genera empatías, cualidad nata, aunque forjada en una infancia y juventud apenas constreñida por el protocolo, que fue expansiva, de tasca y camaradería, de actitud atenta con todos y para todos.

El Rey tiene, además, el don de la intuición y él lo sabe. Se ha equivocado algunas veces, pero en general distingue muy bien entre quién es un amigo leal y quién un oportunista en provecho propio. Eso en las relaciones personales. En política, siempre ha sido intuitivo, como demostró en la Transición al elegir al hombre adecuado para el momento preciso. El nombramiento de Torcuato Fernández-Miranda, cuya foto tiene el Rey en lugar destacado de su biblioteca, como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino abrió, a través de la Ley para la Reforma Política, las puertas de la nueva democracia española.

A quienes le hemos querido y le queremos de verdad como ser humano y como Rey, la noticia de su abdicación nos ha dejado cierto regusto desolador. Después de tantos años al frente del Estado nos es difícil entender la convivencia española sin su presencia en activo. Nos puede consolar, eso sí, el empeño que siempre ha puesto en la formación de su hijo el Príncipe Felipe para que pudiera sucederle un día como su digno heredero. En esa seguridad estamos.

Nicolás Franco es amigo personal del Rey y sobrino del dictador Francisco Franco.

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