Soy rojo (intrahistoria)

Por Joana Bonet, directora de la revista Marie Claire (EL MUNDO, 20/04/06):

A finales de octubre, cuando el otoño empezaba a ser algo más que una inexorable promesa, el periodista Arcadi Espada respondió a una llamada telefónica que le había hecho a propósito de una entrevista con Juan Marsé. El escritor, durante la velada del Premio Planeta, había lanzado ese tipo de declaraciones ante las que voluntariamente uno deja de contar hasta cinco, y gracias a sus palabras, que enseguida ocuparon las portadas de los periódicos, empezó a amainar el revuelo organizado por el reportaje que esta periodista había publicado en el número 218 de la revista Marie Claire, «72 horas con José Luis Rodríguez Zapatero en Nueva York» y que incluía la siguiente declaración: «Sí, es que soy rojo, la derecha no me ha enseñado nada».

Espada me comentó que había leído el reportaje con interés, detallando algunos aspectos narrativos así como la trascendencia del poder en los gestos cotidianos. «Sin duda, la de soy rojo es una de las frases de esta legislatura», concluyó. No sé si le dije que me parecía una exageración, o si tan sólo lo pensé y le di las gracias, pero me quedé meditando acerca de la causalidad de nuestro oficio al recordar el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué el presidente del Gobierno me dijo estas palabras que, aisladas del contexto, habían pasado a ser noticia en muchos medios, ocupando portadas de periódicos, tertulias radiofónicas y artículos de opinión equipados de afilados bisturís para diseccionarlas.

Debo confesar que sentí cierta incomodidad al ser fuente de noticia sometida a juicio por la naturaleza del género. Es decir, por un lado se criticaban las palabras de Zapatero, pero también por hacerlo en dicha cabecera, y de paso se criticaba a las revistas femeninas: «Esa gran pasarela de vanidades que, como los hierros de las ganaderías, marcan a quienes aparecen en ellas», escribió M. Martín Ferrán en Abc; o «a menudo me gustaría describir por extenso a una reportera gilipuertas durante un largo viaje transatlántico, lo maravilloso que soy. Por puro feminismo, claro», (Jon Juaristi en el mismo diario). Incluso Mariano Rajoy, con su proverbial ironía, se refirió al «bajo nivel» del presidente por declarar «eso» en la revista Marie Claire. En más de una ocasión, y a propósito de convertirse también en editor de una revista femenina, YO DONA, le he trasladado a Pedro J. Ramírez la observación de cuan arrogantes resultan algunos periódicos, autores y políticos, al referirse a este sector. Los estereotipos no dejan ver la diversidad de contenidos y firmas, así como la calidad editorial y la rentabilidad de sus empresas. Y en este caso, mi duda era si lo que más había molestado era la declaración en sí, o el que fuera publicada en una revista para mujeres.

Cuando este fin de semana leí la primera entrega de la espléndida entrevista que le realizó el director de EL MUNDO al presidente del Gobierno, pensé que el periodista Espada podía tener razón.El titular de portada, el de la entrevista, y una columna de texto partían de aquella frase que había sobrevivido al otoño, al invierno y revivía, como el polen, con la llegada de la primavera.José Luis Rodríguez Zapatero, lejos de rectificar o de acordarse con simpatía de mis antepasados, la ampliaba, repreguntado por Pedro J. Ramírez: «La derecha en este país me ha enseñado que la izquierda hace avanzar la democracia» y «en Alemania, los rojos son los socialdemócratas y no pasa nada Aquí hay temor a la tiranía de las palabras». Eso sí, matizaba el estilo indirecto en que le fue planteada la pregunta.

Porque Rodríguez Zapatero en ningún momento esgrimió esta declaración impulsado por una confesión ideológica, del estilo «soy rebelde», ni esperando el apelativo de el rojo, como el alcalde de Londres, Ken Livingstone, que lo luce con orgullo, sino que devolvió la palabra que le trasladé como pregunta. Y la pregunta fue la siguiente: «¿No le resulta incómodo, en alguna ocasión, definirse como rojo?”». Esta frase formaba parte de un texto que pretendía narrar cómo viaja un presidente de Gobierno. No se trataba de una entrevista institucional, sino de un reportaje coral en el que tenía un gran protagonismo el equipo de personas que acompaña al presidente en sus viajes oficiales. Recogí información de una veintena de ellas, desde el staff médico hasta el protocolo, la seguridad, los diplomáticos y los asesores. En el viaje de ida, en el Airbus 310 de las Fuerzas Armadas, acumulé algunas anécdotas de los encuentros de Zapatero con Berlusconi, de quien es bien sabido que utiliza el término rojo como arma arrojadiza ante sus adversarios, muchos de ellos democristianos, en vista de los resultados electorales, infructuosamente.

Una de las anécdotas más curiosas se refería a una intervención del presidente del Gobierno español ante la Liga Arabe, en la que reclamaba la igualdad entre hombres y mujeres ante un pleno exclusivo de turbantes y chilabas. Dos mujeres con velo, al fondo de la sala, prorrumpieron en aplausos; eran dos periodistas que no pudieron, o no quisieron, contenerse.

El cómo fue recordándole al presidente estas situaciones, en las que no esconde el ala aunque el aforo no sea propicio, el dónde: en la sala de asambleas de Naciones Unidas, bajo la solemnidad multicultural de un mundo diverso y complejo, el cuándo: pocos minutos antes del discurso del Rey Juan Carlos I, y el porqué, porque se la serví en bandeja de pregunta, entendiendo por rojo el compromiso a ultranza por el progresismo, la igualdad, los presupuestos sociales y bienestar social, los derechos civiles; el rojo del SPD alemán, el de todos los partidos socialdemócratas europeos plenamente integrados en el sistema, y con políticas económicas liberales, el rojo del Partido Laborista de Tony Blair, a quien la revista Newsweek, poco sospechosa de radicalismo, compara con Zapatero, en un análisis muy positivo de sus dos años de legislatura. No era el rojo del gorro frigio de Marianne en la pintura de Delacroix, guiando al pueblo de París como símbolo del republicanismo y la libertad, ni el de Lenin ni Trotsky, ni el de la Guerra Civil española, aunque de esas herencias perdure un buen puñado de valores vigentes. Hay palabras, como rojo y feminista, o de derechas, que según donde caigan sientan mal.Pero afortunadamente las palabras no son estatuas.