Stalin vuelve a Barcelona

La fachada del desaparecido Hotel Colón de la plaza de Catalunya, con retratos de Lenin y Stalin, en 1937.

Unos desmemoriados querían celebrar un acto en Barcelona glorificando a Stalin, y Ada Colau les negó un local municipal. La acusaron de hacer el juego a la derecha. Es un buen motivo para recordar qué pasaba en Moscú hace justo 80 años. En julio de 1937. El Pravda del día 2 publicaba dos noticias importantes. La primera era la agenda de las elecciones previstas para diciembre. Iban a ser “universales, libres, directas y secretas”. Como todo el mundo sabe, no fueron ni una cosa ni la otra. La segunda era una resolución del Politburó donde Stalin ordenaba a los secretarios locales del partido la detención y, en su caso, fusilamiento, de “los elementos antisoviéticos más hostiles”. Esto sí que iba en serio.

Empezaba la gran purga de comunistas que los autores del evento de Barcelona ignoran. Esta ignorancia tenía un pase hasta que la caída del muro y la glasnost auspiciada por Gorbachov abrieron los archivos soviéticos a los historiadores. A partir de entonces, hay que tener muy mala fe para desconocer los datos escalofriantes que se han publicado. A estas alturas se sabe, por ejemplo, que aquel comunicado de Pravda del 2 de julio respondía a la aprobación de una orden secreta por parte del Politburó (la número 00447) cuyo propósito era establecer cuotas de eliminación de “enemigos del pueblo” por regiones. Es una orden muy precisa, que estipula los detalles de la depuración. Llama la atención su meticulosidad, porque recuerda la que tendrían los verdugos del Tercer Reich en sus planes, pero ese es otro tema. Especifica que 259.450 individuos debían ser detenidos y, de estos, 72.950 debían ser fusilados.

“Mejor pasarse que quedarse corto”, diría unos meses más tarde Nikolai Yezhov, jefe de la NKVD (antecedente del KGB), a sus hombres, cuando la máquina había enloquecido y las detenciones alcanzaban ya 767.397 personas, y las ejecuciones, 386.798. Para quienes pudieran creer que me invento la frase entrecomillada, conste que fue revelada por un esbirro de Yezhov cuando Jrushchov denunció los crímenes del estalinismo, en 1957, y se abrió una investigación. De todos modos, Yezhov ya había muerto. Fue ejecutado a principios de 1940, cuando Stalin consideró que había bajado su rendimiento y le sustituyó por Beria, que también sería fusilado. Como lo había sido, por cierto, Yagoda, su antecesor y siniestro inventor de los juicios públicos que llevarían al patíbulo a casi toda la vieja guardia bolchevique. De los grandes, solo se salvaron Trotski, hasta que un comunista catalán le hundió un piolet en la cabeza por orden expresa de Stalin, Molotov, Mikoyan, Kaganovich, Vorochilov, Zhdanov y Alexandra Kollontai. Todos los demás fueron eliminados.

No es aquí el lugar para recordar todos los crímenes de Stalin. Suman millones de víctimas, contando la guerra civil, las terribles hambrunas de Ucrania, las deportaciones de minorías étnicas, los campos del gulag y la ejecución de dirigentes comunistas y de oficiales del Ejército. Tampoco creo que tenga interés saber quién mató más, si él o Hitler. Las muertes, muertes son. Asesinatos. Y no dejan de serlo porque el verdugo sea nazi o comunista. Lo que sí me ha llamado siempre la atención es la falsedad grosera de las acusaciones contra los viejos compañeros de Lenin. Cuando empezó el proceso de rehabilitación, tras el 20º Congreso del PCUS, lo más inverosímil fue comprobar la zafiedad de los requisitorios de Vychinsky, el fiscal general. La solidez de las pruebas le importaba poco, porque casi siempre iban acompañadas de confesiones. Obtenidas bajo tortura en la prisión de la Lubyanka, o bajo amenazas de mandar a la familia al gulag. O algo peor aún: asumidas como un último servicio al partido y a Stalin. Esto fue lo peor.

En julio de 1937, un inmenso retrato de Stalin ocupaba un lugar destacado en la plaza de Catalunya. Ironías de la historia, estaba en el edificio donde Apple tiene ahora su tienda más emblemática, que era entonces la sede del PSUC. No crean que solo era venerado por los comunistas. Con la excepción del POUM, que lo veía, con razón, como un peligro, y de algunos anarquistas, no todos, los demás ponían por delante la ayuda soviética a la República. Incluido Companys. Eran otros tiempos. Y entre Hitler y Mussolini, que apoyaban a Franco; las democracias europeas, que miraban para otra parte, y Stalin, el único que mandaba armas, no había elección. Se puede entender que los comunistas de entonces no supieran, o no quisieran saber, qué pasaba en Moscú. Pretender ignorarlo ahora me parece insostenible.

Andreu Claret, periodista y escritor.

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