Submarinos y progreso científico en España

Hay escándalos que revelan mucho acerca de la cultura de un país, y el caso del submarino de cientos de millones de euros que no pudo ser un submarino es una de ellos. Mientras los partidos políticos parecen decididos a perseguir a personas individuales por malversación o robo de unos pocos miles de euros, prefieren guardar silencio sobre la malversación de muy elevadas sumas de dinero público por parte del Gobierno. Estamos hablando no sólo del actual Gobierno, sino también del que le precedió.

El escándalo ha sido tan grande que ha ocupado los titulares de la prensa mundial; sin embargo, muy pocas protestas han surgido en España. No ocurre todos los días que un arma militar, en este caso un submarino, se anuncia ante el mundo como una obra maestra de innovación científica, y después se va a pique. El nuevo submarino tiene un sobrepeso de unas 100 toneladas, haciéndolo demasiado pesado para poder volver a la superficie después de sumergirse. Las autoridades ya han invertido muchos millones de euros en el submarino Isaac Peral, y un total de varios miles de millones en todo el grupo de submarinos de la clase S-80.

¿España produciendo submarinos? Uno se pregunta ¿por qué? España es uno de los estados menos bélicos del mundo: no tomó parte ni en la Primera ni en la Segunda Guerra Mundial, y no ha desempeñado ningún papel militar en ningún conflicto internacional en los últimos 80 años. Sin embargo, tiene una de los mayores presupuestos militares de Europa, como demuestran claramente las cifras oficiales. Es verdad que el ministro Morenés afirmó a principios de este mes: «Nosotros somos, con Luxemburgo, el país que menos gasta en Defensa en relación con su PIB». La realidad es distinta. Sólo otros cuatro países –entre ellos Alemania y el Reino Unido– gastan proporcionalmente más de sus ingresos en armamento. España, al parecer, quiere estar en compañía de esas naciones imperiales. Según algunas estimaciones, el presupuesto total de Defensa, incluyendo compras de armamento, partidas de investigación y subvenciones a la industria, asciende a 15.000 millones de euros. Un blog que he estado leyendo declara que los dos últimos Gobiernos, el socialista y el popular, han endeudado a España hasta el año 2025 con unos créditos destinados a los llamados programas especiales de armamento, cuyo coste final previsto será de unos 35.000 millones de euros. Con este presupuesto se ha comprometido la compra –entre muchas otras armas– de 87 aviones Eurofighter (a 80 millones de euros cada uno), 239 carros de combate Leopard y 80 torpedos. Todos, si seguimos la explicación oficial, completamente necesarios para nuestra defensa. ¿Defensa? ¿Contra quién? Las obligaciones que España tiene con el ejército de la comunidad europea son muy pocas. ¿Por qué, cuando el país se encuentra al borde de la quiebra, se invierte dinero en material de guerra que nunca se va a usar y no contribuye en ningún aspecto esencial a la salud económica de España? ¿Por qué, cuando el país necesita más alfabetización y más tecnología, se tira el dinero en armas de guerra inútiles? La intención parece ser simple: el propósito de este gasto es el de convertir a España en una potencia militar mundial. Es decir, puro orgullo nacionalista.Sabemos, por supuesto, como señalé hace unos años en un artículo que escribí sobre el Ministerio de Defensa, que España es uno de los mayores proveedores de armas en el planeta. Tal vez por eso España esta construyendo submarinos, ¡con el fin venderlos a alguien! Pero, por supuesto, nadie va a comprar un submarino que no puede flotar correctamente. Los brillantes diseñadores demostraron su increíble experiencia tecnológica enviando 2.000 millones de euros al fondo del océano.

El nuevo submarino, según un importante diario de Madrid, iba a probar al mundo que la ciencia española era igual que la de cualquier otro país. Su fracaso demuestra una vez más la verdad de la famosa declaración de Unamuno: «¡Que inventen ellos!» El evento del submarino no sólo desató en internet una avalancha de comentarios satíricos sobre la experiencia tecnológica de España y el destino de sus fuerzas navales a través de la historia, sino que recuerda también la desafortunada historia de la persona cuyo nombre lleva, Isaac Peral.

Peral (1851-1895) es considerado a menudo como el «inventor del submarino», pero eso es un error. Tanto la teoría como la práctica de una nave submarina existían siglos antes de Peral. El diseño mejor documentado para un submarino precoz fue el de Leonardo da Vinci, pero la idea no se puso en práctica hasta mucho más tarde. El primer prototipo «submarino» fue diseñado por el holandés Cornelio Drebble en 1623, y probado en Londres. Hubo numerosos submarinos factibles que precedieron a Peral. Uno de ellos, de hecho el primero en atacar a un buque enemigo con éxito, fue el «submarino» inventado por el estadounidense Bushnell en 1776. En los años 1860, el alemán Wilhelm Bauer estaba desarrollando submarinos. Por último, en 1870, todo el mundo occidental sabía sobre submarinos gracias a la novela de Julio Verne, en la que al famoso barco del Capitán Nemo se le dio el nombre de Nautilus. Fue una década memorable para las naves submarinas, con los inventos del americano de origen irlandés Holland y el sueco Nordenfeldt, y el Gobierno de Estados Unidos incluso ofreció dinero para cualquier persona que pudiera inventar un submarino militar que fuera operativo.

Peral (y su predecesor catalán Monturiol) no fueron pioneros, pero ocupan un lugar digno en la larga historia del desarrollo del submarino occidental. La mala suerte del submarino de Peral (1888), una invención honesta que podría haber tenido éxito si el inventor hubiese vivido más tiempo, fue que no atrajo ninguna inversión y pronto fue olvidado. Como bien dice su mejor biógrafo, Agustín Rodríguez, lo de Peral era «la historia de una frustración, no solo la del inventor sino la de una sociedad y un régimen incapaces de valorar una oportunidad». Lo mismo le sucedió mas tarde a un creador español de submarinos, Lorenzo D’Equevilley, que tuvo la suerte de ser respaldado por los alemanes y así se convirtió en el creador del primer submarino moderno alemán. Un español podía tener éxito sólo fuera de España. Ese ha sido el destino de gran parte de la actividad científica en España. Fue el destino probablemente de muchos otros españoles que tenían buenas ideas, pero no lograron encontrar patrocinadores, y sigue siendo la razón principal por la cual la ciencia española se encuentra entre las más atrasadas del mundo.

Habrá quien afirme que eso no es cierto y que España ha hecho una contribución brillante, y citarán como prueba el nombre de Severo Ochoa. Lo que no dicen es que Ochoa decidió convertirse en estadounidense, y que toda su investigación fue financiada por Estados Unidos, no por España. Nadie, de hecho, fue más crítico de la ciencia española que el propio Ochoa. «Los españoles», dijo una vez, «tienen poco de que enorgullecerse». No hubiera sido mucho más feliz con la situación actual. Unos cuantos años antes que Ochoa, Ortega sentenciaba: «En España no hay ciencia». ¿Es eso todavía cierto? A riesgo de exagerar, podemos decir que es probablemente cierto.

El Gobierno está reduciendo la inversión en I+D, y está asesorando a los jóvenes expertos para ir a Alemania o Estados Unidos o a cualquier otro país que los acepte. Mientras tanto, a través del Premio Príncipe de Asturias, el mismo Gobierno regala cientos de miles de euros a científicos y artistas extranjeros y deja a los investigadores españoles sin recursos. ¿Cómo acabará esta búsqueda desesperada por el reconocimiento internacional? La financiación de armas de guerra sigue devorando los recursos de los contribuyentes españoles. Eso sin duda condena a España a volver a la Edad Oscura y sus futuros submarinos continuarán hundiéndose en el fondo del mar.

Henry Kamen es historiador británico y su último libro publicado se titula La Inquisición española.

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