Sueños rotos

¡Ay, esa Europa ideal! Los más importantes mitos acerca de lo que era y representaba la UE se han venido abajo. Ni ayudas en la crisis a los malgastadores países del sur; ni política de asilo a una inmigración despavorida por guerras innombrables; ni, para los independentistas, apoyo a un proceso que se creía gozaba de plenas simpatías y complicidades. Para un país como el nuestro, que no vivió las dos guerras mundiales y, por tanto, desconocedor directo de los terribles dramas provocados por el nacionalismo, ha sido un abrupto despertar. El desconocimiento del pasado, o de las lecciones que pueden extraerse de él, se paga siempre. Y así hoy la historia europea nos persigue otra vez: enterrados fantasmas familiares se han despertado y se cuelan en nuestras vidas exigiendo sus derechos a formar parte de un paisaje del que los creímos totalmente excluidos.

No comentaremos los avances de la ultraderecha en Holanda, Francia, Dinamarca, Bélgica, Suecia, Italia o la misma Alemania. Sobre ellos ya nos hemos referido otras veces, aunque las elecciones italianas de marzo nos obligarán a tratarlos de nuevo. Hablemos de dos nuevos y recientes episodios cuyo profundo significado simplemente da miedo. Se trata del encuentro de los máximos responsables de la Polonia de Jaroslaw Kacyynski y la Hungría de Viktor Orbán y de la propuesta del recién inaugurado Gobierno de coalición austríaco entre el partido conservador de Sebastian Kurz y la extrema derecha de Heinz-Christian Strache. Ambos acontecimientos han pasado desapercibidos por estos lares, más preocupados por asuntos domésticos que por los que proceden de Europa. Algo que, en sÍ mismo, nos debería preocupar, y mucho.

En todo caso, los dirigentes polaco-húngaros y la República Checa se oponen frontalmente a aceptar los ridículos contingentes migratorios acordados en el contexto de la crisis de refugiados, con lo que la UE los ha amenazado en demandarlos ante el Tribunal de Justicia por esa negativa. Pero Hungría y Polonia están también en el punto de mira de la Comisión Europea por modificaciones en su marco legal, que implicarían una intervención de los poderes públicos en la judicatura contraria al Estado de derecho. Para Polonia, la CE ha abierto ya un expediente disciplinario, que podría terminar retirando el derecho a voto del país, una excepcional medida adoptada en el año 2000 contra el Gobierno ultraderechista austríaco de Jörg Haider.

Esta posición sobre el sistema judicial y la relativa a la inmigración son muy serias: expresan una profunda desconfianza respecto del funcionamiento y los valores liberales de la UE y la defensa de que cada país adopte el conjunto de normas y valores que desee, al margen de los que hemos considerado como comunes. No hay que ser un gran conocedor de la historia centroeuropea para comprender las raíces últimas de los coqueteos con estas tesis: tanto la Hungría como la Polonia de hoy tienen reflejos que remiten a un proceso histórico en el que han sido norma el nacionalismo y la ausencia de valores democráticos.

En el caso austriaco la situación es más preocupante, con un nacionalismo excluyente que reemerge con fuerza. La iniciativa adoptada por el nuevo Gobierno, aún no convertida en ley, implicaría que la minoría de habla alemana de norte de Italia pudiera disponer también del pasaporte austríaco, además del italiano: en los Dolomitas, el Alto Adigio es también, según la lengua que se hable, el Süd Tirol. Una situación que remite al final de la Primera Guerra Mundial, cuando el tratado de Saint-Germain-en-Laye de 1919 concedió a la Italia aliada de los vencedores la zona austriaca del valle de Trento, con capital en Bolzano, un territorio en manos de los Habsburgo desde el siglo XIV.

Dados estos antecedentes, no sorprende la iracunda reacción italiana: en su opinión, se trata de una provocación inaceptable. Quizá el agua finalmente no llegue al río y Austria renuncie a generar un conflicto de tintes nada esperanzadores y del que nadie sabe cómo podría acabar.

Lo dicho. Europa se nos está llenando de nacionalismos de todo pelaje. Y, con ellos, regresan los fantasmas de un pasado que ingenuamente creímos haber superado. Desde aquí, sumergidos en nuestras cuitas, no damos importancia a los ominosos signos que Europa viene emitiendo. Deberíamos, todos, tenerlos muy en cuenta. No sea que, cuando al final se expresen brutalmente, nos echemos las manos a la cabeza. Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *