Sueños y pesadillas en Palestina

Por Jesús A. Núñez Villaverde, director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (EL PAÍS, 27/01/06):

Diez años después, los resultados de las repetidamente pospuestas elecciones legislativas palestinas pueden interpretarse como el cumplimiento de los mejores sueños de algunos (Hamás, principalmente) y como la materialización de las peores pesadillas de otros (Autoridad Palestina, Israel, Estados Unidos y Unión Europea, por ese orden).

Los primeros ven refrendado así el éxito obtenido anteriormente en los comicios municipales (ya más de un millón de palestinos vive en municipios gobernados por Hamás), con el control mayoritario del Consejo Legislativo y el claro dominio del próximo Gobierno, sin que quepa descartar que, si Abu Mazen asume la derrota, se les abra la puerta a una inmediata presidencia de la Autoridad Palestina (AP). A primera vista, éste es el corolario de una inteligente y sostenida labor social, política y de resistencia que se ha dedicado, mucho más eficazmente que la propia AP, a atender las necesidades de una población desasistida y a liderar, también en el terreno de la violencia, la frustración y desesperación de quienes se sienten ocupados militarmente y abandonados a su suerte por la comunidad internacional.

Ahora, con el nombre de Reforma y Cambio, Hamás ha optado por consolidar su presencia institucional, tanto para blindarse contra posibles planes de eliminación (de Israel, de la AP o de ambos) como para ampliar su radio de acción a todos los terrenos, al tiempo que obligaba a los actores externos a recomponer su visión de la partida en juego. Más allá de esto, hay que resaltar que una parte importante de los votos recibidos no son islamistas, en el sentido de apoyar al Movimiento de Resistencia Islámica, sino directamente la expresión del hartazgo acumulado tras un largo periodo de total dominio institucional por parte de una Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con Al Fatah como principal referencia, vista con razón como corrupta e ineficiente.

Entre los segundos, la vieja guardia palestina es la más afectada por la decisión popular. Desaparecido Arafat, se confirma ahora la insostenibilidad de una supuesta imagen de unidad en torno a Mahmud Abbas, que llevó al emergente líder de la joven guardia, Maruan Barghuti, a evitar la ruptura y a presentarse como cabeza de lista en Al Fatah. Todo indica que la quiebra es inminente, aunque sólo sea para soltar lastre y no perder totalmente las opciones de futuro, lo que supondrá el desplazamiento de todos aquellos que acompañaron a Arafat (los tunecinos).

Israel, por su parte, se enfrenta a un escenario indeseable, en gran medida como consecuencia de su propia estrategia de marginación del presidente de la AP (“no hay con quién negociar”) y de su empeño destructivo (desde los asesinatos selectivos hasta el muro de separación, pasando por la ampliación de asentamientos y los castigos colectivos, sin que el redespliegue unilateral de Gaza, que no retirada, haya engañado a nadie). A estas horas, EE UU -como principal apoyo de un Sharon al que sólo eufemísticamente se puede calificar de hombre de paz- y la UE -sostén principal de las precarias condiciones de vida de la población de Gaza y Cisjordania- deben ser conscientes de que su capacidad para influir en el ánimo de los palestinos es muy reducida, en la medida en que sus amenazas de que cortarían toda relación con una AP dominada por Hamás no han surtido efecto alguno. Por si esto no fuera suficiente, lo ocurrido les reenvía una señal nítida de cuáles pueden ser hoy los resultados de cualquier otro proceso electoral realmente libre en los países árabes vecinos.

El despertar de ese sueño o pesadilla debe ser inmediato. Hamás no tiene capacidad militar para doblegar a su eterno enemigo y no podrá mejorar el bienestar de los palestinos si no es con la ayuda exterior. Israel tampoco va a lograr por la fuerza eliminar los anhelos de autodeterminación de sus vecinos, aunque es, en última instancia, quien domina actualmente la situación. Es previsible que, aplicando el mismo realismo que los ha conducido hasta aquí, los nuevos gobernantes palestinos, entre los que sería positivo que siguieran estando algunos representantes de Al Fatah, encuentren la manera de aceptar la existencia de Israel como Estado, al tiempo que se desarmen (no hay que olvidar que a partir de ahora tendrán el control de las fuerzas de seguridad palestina).

En todo caso, esto no ocurrirá de manera automática y sin cambios en el bando israelí. Unos cambios que quedan a la espera de las elecciones del próximo 28 de marzo, en las que los israelíes deberán elegir entre el inmovilismo -que conduce a más violencia y al alejamiento del verdadero objetivo nacional de ser reconocido como un Estado más entre iguales-, o asumir la necesidad de volver a la mesa de negociaciones, abandonando la falsa creencia de que es posible quedarse impunemente con gran parte de Cisjordania, Jerusalén incluida.

Bruselas, y ojalá que también Washington, deberían impulsar un nuevo proceso de paz, que sólo es factible si ambos suman fuerzas, estableciendo en todo caso una condicionalidad que obligue por igual a ambos bandos en el cumplimiento de sus compromisos. Eso incluye eliminar de sus listas de grupos terroristas a quienes los palestinos consideran a partir de ahora los mejor capacitados para cumplir a su vez con su sueño: un Estado soberano y viable.