Sufragio libre

Las noches electorales condicionan el desarrollo de cada nueva legislatura no sólo a causa del incontestable escrutinio sino también en razón de esas primeras explicaciones que se ofrecen sobre el resultado de cada sigla. El éxito y el fracaso son sensaciones que dependen de cómo se interprete el recuento de votos en su sentido más teatral. La derrota más evidente de un partido puede quedar atenuada porque sus dirigentes saben relativizarla con una mezcla de descaro y sentido de la oportunidad horaria a lo largo de la noche electoral. El éxito más encomiable puede pasar inadvertido porque sus beneficiarios no exterioricen suficientemente su alegría. Pocas convocatorias electorales han sido menos manipulables en su resultado que los comicios del 20-N. Quizá por eso mismo ni vencedores ni perdedores se han sentido obligados a analizar públicamente su éxito o su fracaso. Siempre con una salvedad: la derrota atrae más la atención crítica que la victoria. De forma que podemos tener una idea aproximada de por qué ha perdido el socialismo, pero parece que importan menos las causas del éxito cosechado por casi todos los demás: el PP, los nacionalismos catalán y vasco, Izquierda Unida e Iniciativa y UPYD.

El panorama resultante ofrece indicios de encuadramiento ideológico, de un voto que se refugia en la autenticidad de una contestación al sistema que explicaría el ascenso de la antaño autoproclamada izquierda real. Permite también suponer que se ha producido otra búsqueda de refugio seguro en el voto a los nacionalismos como opciones de contención frente a las incertidumbres de la globalidad y a la descontada victoria del PP. Incluso cabe interpretar el voto al PNV como una réplica doméstica frente a la ola Amaiur. Pero tanto el trasvase del PSOE al PP como el incremento de las adhesiones a UPYD dan a entender que se han desbordado los diques de contención más doctrinarios para dar paso a nuevas manifestaciones del contrato electoral, más eclécticas y volubles. Manifestaciones que, rascando un poco el barniz superficial de todos los demás votos, podríamos encontrar, en una medida u otra, en cada sufragio.

El advenimiento del crepúsculo o el del final de las ideologías ha sido una constante de los vaticinios más pretenciosos del último medio siglo. La intuición de que algo estaba cambiando mezclada con el deseo de que fuera así. Es probable que el 20 de noviembre se dieran cita la resignación y la indignación como extrañas compañeras de un viaje hacia una meta indeterminada. Es probable que cada elector que decidió cambiar el sentido de su voto, que optó por votar cuando no lo había hecho antes o dejar de acudir al colegio electoral cuando había ido siempre albergara, en proporciones diversas, indignación y resignación. No necesariamente la indignación de los acampados ni la resignación de los indiferentes. Posiblemente se trata de un fenómeno distinto, más de fondo, que nos habla de desafección, de escepticismo, y sobre todo de libre albedrío.

Sería prematuro e injusto imputar responsabilidades a tan libérrimo comportamiento electoral. La resultante final concede un poder omnímodo al Partido Popular en el conjunto de España, con la única salvedad de Catalunya y Euskadi y la provisional excepción andaluza. Pero sería erróneo atribuir a la ligereza o a la esquisitez de algunos miles de votantes el panorama que nos deja el 20-N, sencillamente porque había sido anunciado durante más de año y medio por sucesivas encuestas de opinión. Los electores siempre tienen razón y esta vez acudieron a las urnas a confirmar los pronósticos. Pronósticos que ya avanzaban que muchas personas se mostrarían díscolas respecto a la adscripción partidaria que se les suponía. Se trata de una lección que deben tener en cuenta no sólo los dirigentes de las siglas perjudicadas por tan displicente conducta. Deben tenerla en cuenta también los responsables de los partidos beneficiados por el vuelco mayor y los vuelcos menores que encierra el escrutinio del 20-N. Porque la confianza depositada en una u otra sigla se ha vuelto tan volátil como la cotización en bolsa.

La utilidad del voto no se cifra ya en cuanto a las posibilidades electorales de una determinada sigla. Ni siquiera un partido que estaba llamado a acaparar todo el poder institucional, el PP, ha sido capaz de ganarse la confianza de más votantes que los suyos y otro medio millón. Sin duda porque la mezcla de resignación e indignación ciudadana no sólo afecta a la izquierda, al socialismo, sino que además de facilitar la victoria al PP le advierte de que no podrá actuar como partido único sin atenerse a las consecuencias. Nunca se vio tan poco entusiasmo en un voto tan arrollador.

Por Kepa Aulestia.

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