Suicidio colectivo

Por Ian Gibson, historiador (EL PERIÓDICO, 03/01/07):

Se nota, lo notamos todos. Suben los grados. En Europa ha sido el otoño más cálido registrado en muchos siglos; se han dado cuenta no pocas cigüeñas de lo que está ocurriendo y ahora se quedan todo el año aquí, haciendo que lo de “por San Blas, las cigüeñas ve- rás” suene a anacronismo; la desertización avanza en España, el país más seco de la UE, a paso de gigante; los árboles se resisten a sacudirse las hojas en invierno, incluso cuando sopla fuerte el viento; hay florecimientos antes de tiempo; los polos se derriten (un oso blanco trata de subir a un trozo de hielo que se le deshace entre las garras, como si fuera un azucarillo, y cuando llega a tierra, exhausto, lo despachan unas morsas inmisericordes); se producen tormentas nunca vistas, maremotos devastadores… Pisándole los talones a Al Gore y su estremecedor documental Una verdad incómoda, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático acaba de ratificar lo evidente: los gases de efecto invernadero van a acabar con nosotros si no reaccionamos de inmediato. Además, aunque así lo hagamos, el daño ya hecho seguirá influyendo durante cientos de años.

YA NO CABEN excusas. Estamos destrozando nuestro mundo, nuestro increíble y bellísimo mundo. Machacando la naturaleza (hay que ver las fotografías de la Amazonia desde el espacio), arruinando costas, ensuciando mares, montes, llanuras, ríos. Y el aire que respiramos. Muchos hombres que dicen tener religión siguen guerreando, o preparando la guerra, sin querer enterarse de que despreciar el medio ambiente es un insulto al Dios en que afirman o piensan creer, a quien afirman o piensan servir. Se niegan a comprender que con cada agresión, con cada explosión, con cada incendio se está arruinando un entorno que debe- rían considerar sagrado. Es la locura global. Es, también, el desprecio a la cultura construida con paciencia y sufrimiento a lo largo de los milenios, desde los albores de la humanidad hasta hoy mismo.
Los yanquis, tan dados a invocar el más allá, son los peores contaminadores. No lo duda Al Gore, no lo puede dudar nadie. Ahí están las estadísticas (EEUU emite una cuarta parte del dióxido de carbono mundial) y el desprecio a Kioto. Lo que no dice el documental es que el renacido cristiano George Bush y sus consejeros espirituales creen que Dios acabará pronto con el mundo. Si para tales mentalidades ya tenemos casi encima el Armagedón bíblico, ¿para qué preocuparnos por el tema ecológico? ¿Para qué molestarnos en reducir los gases de efecto invernadero?
Del Vaticano sería lícito esperar unas respuestas, unas admoniciones sobre la situación de alta peligrosidad en la cual nos encontramos, toda vez que, como viene insistiendo Gore, conservar el medio ambiente se ha convertido hoy en un imperativo ético. Pero a Roma, obsesionada como siempre con los pecados de la carne y con “la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer” (el Papa dixit), no parecen preocuparle para nada la destrucción de las costas, los pelotazos urbanísticos, la proliferación de campos de golf y el despilfarro generalizado. Tampoco, es verdad, se oye la voz de los líderes mundiales de otras religiones, empezando con judíos y musulmanes. Es penoso, lamentable, desolador.
Mientras escribo llega la noticia de que un ingente bloque de hielo se acaba de desprender del litoral canadiense, y hasta parece que, de seguir el deshielo polar, se podría dividir en dos Groenlandia, con consecuencias nefastas. Da miedo.

¿QUÉ PODEMOS hacer ustedes y yo? Greenpeace y otras organizaciones afines no descansan en su lucha por mentalizarnos, por convencernos de la necesidad de cuestionar, y en su caso de cambiar –incluso radicalmente–, nuestros hábitos. Y es cierto que cada uno tiene la posibilidad de actuar, aunque sea mínimamente. Se puede optar por el transporte pú- blico y, allí donde sea factible, abandonar el coche. Se puede dejar la bañera por la ducha, ¡lavarse los dientes con menos agua!, reducir un poco la calefacción, aislar mejor la casa, recurrir con menos frecuencia a la impresora, utilizar solo papel reciclado, instalar bombillas de bajo consumo… Se puede presionar a los políticos, reducir los viajes en avión y elegir el tren. Bien es verdad que contra esta última alternativa milita actualmente la fiebre de los vuelos de bajo coste, que está dando lugar a un incremento inaudito en los desplazamientos aéreos justo cuando hace falta reducir de manera drástica la contaminación de nuestros cielos.
Parece ser que por fin está calando el mensaje de los científicos y que existe la posibilidad de un cambio real en la política medioambiental de EEUU. El hombre ha sobrevivido a difíciles trances anteriores debido a su capacidad de adaptación. ¿Lo hará otra vez, ahora que le atañe la coyuntura más grave jamás conocida por la especie? Solo si logra torcerles el brazo con suficiente energía a quienes gobiernan. Esperemos que en el 2007 lleguemos a la plena concienciación. Que tengan un verdequetequieroverde Año Nuevo.