Suma de errores en Afganistán (3)

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Diplomáticos, periodistas y civiles afganos me explicaron durante mi última visita que si un ciudadano medio posee una propiedad, están en peligro tanto él como su familia. Los señores de la guerra,o incluso altos funcionarios del Gobierno, pueden obligarle a irse de su casa o comercio amenazándole con darle una paliza o asesinarle. Las leyes no se aplican. En consecuencia, el ciudadano medio, en el mejor de los casos, intenta evitar al Gobierno – que nosotros instalamos y sostenemos-o, en el peor, lo odia. En todas partes me topé con un omnipresente sentimiento de desánimo. En parte, pero sólo en parte, este factor es resultado de un nivel paralizante de paro (en algunas áreas hasta el 50%) y pobreza. El pueblo afgano ha convivido con la pobreza y la alteración del curso de su existencia más allá de las vivencias que hoy pueda experimentar. Pero las estadísticas hoy ofrecen un panorama pasmoso y descorazonador.

Los afganos han sufrido una guerra prácticamente continuada durante 30 años. Muchos están heridos o enfermos, y algunos al borde de la inanición. Más de uno de cada tres subsiste con el equivalente a menos de 0,30 euros al día y más de uno de cada dos niños en edad preescolar padece raquitismo debido a la malnutrición. Son los afortunados; uno de cada cinco muere antes de los cinco años.

Los afganos necesitan ayuda, de modo que los extranjeros juzgan que deberían acoger positivamente nuestros esfuerzos para ayudarles. Así es en mayor medida en el norte, donde los talibanes son menos operativos, pero en el sur principalmente pastún los esfuerzos provenientes de allende las fronteras son normalmente rechazados. Allí, tras la campaña del área de Marja, la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE. UU. ofreció emplear prácticamente a toda la población adulta, unas 10.000 personas, pero sólo 1.200 personas se apuntaron para los trabajos.

La aversión hacia las tropas extranjeras brota de una larga y penosa vulnerabilidad y desprotección ante la ocupación británica, rusa y ahora estadounidense y de la OTAN. Gran parte de la población afgana no recibe positivamente a los extranjeros, incluso trabajadores humanitarios que aportan servicios de carácter social.

Movimiento autóctono, los talibanes muestran también eficacia organizativa, son despiadados y están dotados de una inteligencia sensible adornada de gran curiosidad e interés por las cosas. Son capaces de identificar y neutralizar a los afganos que cooperan con los extranjeros. Incluso entre los tayikos, la segunda mayor comunidad, cuentan con un apoyo significativo.

En el plano militar la OTAN gana todas las batallas. Pero nuestras fuerzas están atrapadas en un conflicto de tácticas enfrentadas: ser eficaz militarmente suele ser contraproducente políticamente. Para apresar al insurgente presuntamente oculto en una vivienda rural, una patrulla debe inspeccionar incluso las partes de la casa consideradas por sus moradores como territorio haram (prohibido o inviolable). Apresen o no los soldados al sospechoso, casi con certeza se crearán enemigos en aquel hogar y su vecindario. Y el empleo de formas distantes de hacer la guerra, sobre todo en el caso de los misiles disparados desde aviones no tripulados, ha resultado inevitablemente en bajas civiles con igual efecto. El aparato en cuestión ha infundido un terror casi medieval ante los poderes invisibles y diabólicos, encarnando esa imagen en poderes extranjeros.

La práctica de asesinar líderes talibanes no ha puesto fin al flujo de nuevos alistamientos. Cabe mantener que sus efectos son más peligrosos de cara al futuro: los hombres que constituyen el blanco de los ataques son relativamente mayores en la actualidad y su eliminación ha abierto el camino a insurgentes más jóvenes y más radicales. Pero nuestro programa también es defectuoso desde el punto de vista conceptual. Históricamente, Afganistán siempre ha tenido un gobierno central relativamente débil con un alto grado de autonomía regional. Las iniciativas políticas estadounidenses han ido contra este precedente histórico, acentuando la creación de un fuerte gobierno central al tiempo que inadvertidamente minaban el gobierno central militar y económicamente. Hoy, aproximadamente el 80% de toda la ayuda extranjera y fondos militares evita el Gobierno central y llega directamente a manos de autoridades locales o señores de la guerra.

Aparte de los talibanes, el poder está en manos de los señores de la guerra.Unos pocos controlan provincias enteras pero centenares tiranizan barrios o tramos de carretera. Son universalmente odiados y fueron una de las causas principales del auge de los talibanes. Muchos son antiguos (o incluso actuales) policías y asociados con y pagados por oficiales del ejército o de inteligencia estadounidenses o británicos. Una investigación del congreso del Congreso estadounidense titulada Señores de la guerra, SA. Extorsión y corrupción a lo largo de la cadena de suministro de Estados Unidos en Afganistán publicada en junio de este año demostró que, para llevar a efecto un contrato de transporte por valor de 2,16 millardos de dólares, los militares de la OTAN están pagando decenas de millones de dólares a los señores de la guerra. Así que estos forman parte también de nuestra imagen: como el general Petraeus recientemente dijo a su personal, “recuerden, somos los que financiamos”.

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William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John. F. Kennedy. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.