Suníes, chiíes y ‘trotskistas del islam’

Por Fred Halliday, profesor visitante del IBEI, Institut Barcelona d´Estudis Internacionals y profesor de la London School of Economics. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 19/02/07):

Como todos los grandes conflictos internacionales – ya se trate de guerras mundiales, la primera o la segunda, o de la guerra fría-, el conflicto que asedia actualmente a Oriente Medio presenta un carácter multidimensional que abraza no sólo un importante y significativo eje de violencia (Israel/ árabes, EE. UU./ terrorismo, Occidente/ Irán), sino varios conflictos simultáneos que atraen a su imán países y movimientos armados. Indudablemente, la principal preocupación estriba en los conflictos que enfrentan a Estados Unidos contra sus enemigos en Iraq y ahora en Irán, pero es menester añadir otro conflicto importante – y amenazador- que guarda menor relación con las maquinaciones de Washington o de Israel y es menos susceptible de enfocarse mediante el acuerdo político que el primero; me refiero a la propagación de una forma de conflicto completamente nueva en el caso de Oriente Medio, el conflicto directo entre suníes y chiíes.

La cuestión del islam suní y chií se ve invariablemente acompañada de generalizaciones y simplificaciones. En el marco resultante de la revolución iraní, cuando el ayatolá Jomeiny exhibió una retórica radical populista propia de tercer mundo denunciadora de los azotes de Occidente y de la idolatría (taghut),servidores ambos de los intereses imperialistas en la región (el Sha, Sadat, Sadam, los gobernantes del Golfo, etcétera) muchos sostenían que el chiismo, que profesa un 10% de los musulmanes, era una doctrina intrínsecamente militante y activista. A diferencia de los suníes, que históricamente habían aceptado la legitimidad de los soberanos islámicos (los califas) y pagaban a sus dignatarios religiosos con fondos del Estado – controlándolos, por tanto-, los chiíes se negaban a aceptar las credenciales musulmanas de sus gobernantes y generaron un estamento religioso pagado con las subscripciones de los fieles, más próximo al pueblo y más radical. Puedo recordar una conversación con el primer ministro de Asuntos Exteriores de la República Islámica, ahora y durante muchos años bajo virtual arresto domiciliario en Teherán, Ibrahim Yazdi, sentado bajo los enormes candelabros del antiguo Ministerio de Asuntos Exteriores del Sha: “¡Somos los trotskistas del islam!”, proclamó con orgullo abogando por la propagación del antiimperialismo radical de Irán, muy superior desde su punto de vista a la ideología vacilante y prosoviética de la izquierda secular, en toda la región.

Concedamos que buena parte de todo ello era simplista y parcial. Como todos los cuerpos de textos y tradiciones religiosas, las doctrinas suníes y chiíes se hallan expuestas a diversas interpretaciones. Irán ha elegido, sin embargo, estampar un sello militante en sus confesiones religiosas y – al hilo de una revolución que dista de haber terminado su curso- promover estos valores a lo largo y ancho del mundo musulmán. Este radicalismo internacional de la revolución iraní se ha convertido en una fuerza explosiva en Oriente Medio que, por una parte, apunta directamente contra Estados Unidos pero, por otra – en medio de una peligrosa llamarada de enfrentamientos entre comunidades-, también contra los suníes.

Este conflicto entre comunidades es patente sobre todo en Iraq, donde lo que comenzó en el 2003 como un levantamiento en gran parte suní y de antiguos baasistas contra las fuerzas estadounidenses y sus aliados iraquíes, se había convertido, a mediados del 2006, en un conflicto de múltiples facetas en cuyo seno las fuerzas suníes y chiíes se enfrentaban con los estadounidenses pero también, y de forma creciente, de forma recíproca. A principios del 2007, se calcula que han sido desplazadas por la guerra hasta dos millones de personas, un millón dentro de Iraq y otro forzado al exilio, aparte de las decenas de muertos diarios en explosiones de violencia sectaria. La guerra sectaria iraquí propaga, además, resonancias en otros puntos de la región: ha podido comprobarse que en los estados del Golfo, sobre todo Kuwait y Bahrein, las relaciones entre las comunidades chiíes y suníes de estos estados – la cuarta parte y la mitad respectivamente de la población total- han empeorado. En Líbano, el avance de Hizbulah en el 2006 dio lugar a un empeoramiento de las relaciones con la población suní aunque no a un conflicto directo. En Palestina, donde no hay chiíes, los partidarios de la OLP se han dedicado sin embargo a denunciar a los partidarios de Hamas tachándoles de chiíes por sus lazos con Irán.

En Siria la situación es tal vez menos abierta y manifiesta, pero no es ningún secreto que durante decenios a la mayoría suní de la población le amargó la existencia el gobierno de una elite alauí, de origen chií, representada por el partido Baas, a las riendas del país desde 1963. El único desafío directo de los suníes a los baasistas, en forma de una insurrección de la Hermandad Musulmana, fue aplastada con gran brutalidad en 1982, pero dos decenios más tarde la Hermandad Musulmana, una vez más, ha conseguido considerable influencia en el país, especialmente entre las clases medias suníes, de forma que sería la principal beneficiaria de cualquier crisis mortal del propio régimen. Sobre este trasfondo, no es de extrañar que algunos líderes árabes, en especial los de Egipto, Jordania y Arabia Saudí empezaran a advertir los peligros del avance del poder iraní y chií presentándose entonces como baluarte musulmán moderado frente el avance de la alianza revolucionaria chií.

A juzgar por el grado de virulencia de este conflicto entre comunidades en el 2006 y principios del 2007, cabe imaginar que pueda convertirse en la fractura predominante en la región en el periodo subsiguiente… en medio de una retirada, al ritmo que sea, de las fuerzas estadounidenses en Iraq. Claro que a ciertas voces les ha faltado tiempo para afirmar que este sectarismo constituye una estructura profunda,algo así como un atavismo latente en la región, de modo que la violencia manifiesta del 2006 y 2007 sería simplemente un producto de la salida a la superficie de estos odios profundos y siempre presentes. Se oyeron argumentos similares, en efecto, relativos a otros sectarismos de los tiempos modernos, en especial en la antigua Yugoslavia (por ejemplo, en los escritos de Robert Kaplan) y en Irlanda del Norte.

Sin embargo, cabe otro análisis, el que contempla el conflicto suní-chií como proceso fundamentalmente reciente,un producto de la política de los últimos decenios y, de hecho, de la exacerbación de la crisis de Oriente Medio en este periodo y, en el caso de Iraq, de la espiral de violencia provocada por la invasión estadounidense de Iraq en el 2003. Según esta perspectiva, los orígenes del conflicto – y del conflicto árabe-iraní desde un punto de vista más general- no descansan en una antigua hostilidad y motivo de agravio, sino en la historia moderna de la región, en particular en el modo y circunstancia en que dos revoluciones de igual signo, la de Iraq en 1958 y la de Irán en 1979, suscitaron rivalidad e inseguridad entre países y pueblos de tal forma que desembocaron en la guerra Irán-Iraq de 1980-1988 y posteriormente dentro del mismo Iraq, a partir del 2003.

Pese a las evidentes divisiones y discrepancias religiosas entre comunidades en los países musulmanes (los chiíes representan el 10% de todos los musulmanes), el conflicto directo – abierto y diferenciado, por tanto, del simple recelo o la distinción entre comunidades (suníes y chiíes)- había brillado hasta ahora por su ausencia. Indudablemente han podido apreciarse diversos grados de respaldo y apoyo a una u otra comunidad por parte del nacionalismo árabe, el laicismo o la revolución iraní, de modo que las fidelidades comunitarias se corresponden con la respectiva posición política. También ha sido posible identificar elites de gobierno determinadas, en cada caso, como de credo suní o chií: suní en la mayoría de los casos, chií en Irán, Yemen, Siria. Pero aun cuando el elemento sectario ha entrado a formar parte de la distribución del poder, no había hecho estallar una revuelta basada en el sectarismo propiamente dicho. Así, en Irán los kurdos son principalmente suníes, lo que sin duda contribuyó a su resistencia contra el Estado chií creado por Jomeiny después de 1979. En Iraq, los chiíes se levantaron en 1991 contra Sadam, pero fue conjuntamente con los kurdos, sobre una base política principalmente nacional, por más que Sadam replicara aplastando el levantamiento bajo el eslogan “La Shia Ba´ad al Yaum” (ningún chií a partir de hoy). En el caso de Iraq, el monopolio suní se vio parcialmente roto en una ocasión antes del 2003, en la persona del primer presidente después de la revolución de 1958, Abd al Karim Qasim, medio suní y medio chií, aunque considerado favorable a estos últimos.

El conflicto abiertamente desatado en tiempos recientes y la violencia sectaria entre suníes y chiíes no surgieron en primer lugar en el mundo árabe o en Irán, sino más hacia el este, en Pakistán y Afganistán. En el primer caso entraron a formar parte en los años setenta de la ideología de grupos suníes militantes asociados a acciones guerrilleras en Cachemira. Más tarde se registró este proceso en Afganistán en forma de impulso a la hostilidad contra los chiíes; y, a partir de los años ochenta y en lo sucesivo, se registraron regularmente ataques y atentados contra mezquitas chiíes en distintas zonas de Pakistán. Posteriormente, en las guerras afganas de los años ochenta y noventa, los militantes suníes que predominaban entre los muyahidines llegaron a atacar a los chiíes de Afganistán como enemigos de su causa.

En Oriente Medio crece actualmente la preocupación en ambos bandos acerca de los posibles derroteros de toda esta situación, aunque a algunos les consolarán tal vez las funestas advertencias procedentes de una reunión de dignatarios religiosos suníes y chiíes celebrada recientemente en Qatar. Al tiempo que los representantes de ambos bandos prometían dejar de alentar los mutuos recelos y los chiíes se comprometían a dejar de maldecir a los califas, un dignatario religioso iraquí advertía que, de continuar este conflicto, resultarían las más terribles y nefastas consecuencias. En particular, que los jóvenes del mundo musulmán se sentirían tentados… ¡a abrazar la causa de una perspectiva laica del mundo!