Superar la erosión política

Todas las democracias registran hoy una fuerte erosión en la valoración popular de los líderes; no hay que esperar a los kennedianos “cien días” para constatar que el apoyo ciudadano retrocede, o que las esperanzas puestas en el candidato X se ven frustradas. Y las razones no faltan. La política se ve ante todo como un duelo inacabable entre gobierno y oposición, que se libra en el escenario de los medios de comunicación, y en el que se utiliza toda clase de armamento, desde la crítica política hasta la descalificación personal. Paradójicamente, la situación empeora a medida que las propuestas políticas de unos y otros se aproximan: puesto que no hay diferencias visibles en términos de políticas sustantivas (políticas fiscales, económicas, sociales, etcétera), las diferencias se han de buscar y subrayar en otros ámbitos. Y ello se agrava en los países de la UE, donde parece que las decisiones fundamentales se toman en Bruselas, y no en el propio país.

Los datos españoles son bien ilustrativos: según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), todos los líderes políticos españoles obtienen un suspenso por parte de los ciudadanos. El presidente del Gobierno no merece ninguna confianza para el 61,2 % de los encuestados; y la del líder de la oposición no es mucho mejor: 55,4 %. La gestión política del Gobierno es considerada “mala” o “muy mala” por el 69,4% de los encuestados. La actividad opositora del PSOE se sitúa un poco peor: las percepciones “mala” y “muy mala” reúnen al 70,5 % de los españoles. Y el panorama se vuelve más lúgubre si se examinan las valoraciones recibidas por los diversos ministros: la nota más alta es un triste 3,4, pero no falta ministro que se deba conformar con un 1,7.

El diagnóstico de la situación no es difícil. A un trasfondo secular, heredado de nuestra triste historia política, de desconfianza respecto a las autoridades políticas, se ha venido a sumar el impacto de la profunda crisis social y económica, la profusión de episodios de corrupción (nunca bien dilucidados) y el mar de fondo del movimiento 15-M, aparentemente apagado pero omnipresente en la opinión pública.

Tal vez convendría superar la descripción de nuestro caso e intentar ser un poco más analíticos. En una sociedad extensa, es poco probable que un ciudadano conozca de modo directo y personal a los políticos de primer nivel. ¿Cómo y por qué creer en alguien que no conocemos? La credibilidad se construye en el terreno de la percepción que los ciudadanos tienen acerca de los méritos y deméritos de los políticos; y esta cuestión se plantea de modo distinto para quien está en el gobierno y para quien está en la oposición.

Para el partido en el gobierno, la medición de su credibilidad se hace a posteriori, y los ciudadanos la van a basar en el ajuste (o desajuste) entre promesas y realizaciones. No tanto en el éxito: los ciudadanos saben que el rendimiento de la gestión gubernamental depende de muchas circunstancias ajenas al propio gobierno. Pero lo importante es que la acción responda a lo que se había prometido. No es casual que en su día Felipe González fuese caracterizado repetidamente con la nariz de Pinocho: se le reprochaba precisamente la distancia entre lo anunciado en campaña y lo realizado desde el gobierno. El movimiento que acabó en el 2004 con la hegemonía del PP cuestionaba la veracidad de la versión oficial sobre los atentados del 11-M en Madrid: “¿Quién ha sido?”, se preguntaban los manifestantes.

Para un partido en la oposición, en cambio, la situación puede parecer más cómoda: no está sujeto al molesto contraste con la realidad. ¿Qué puede hacer creíble a un líder en esas condiciones? La confianza que suscite. A falta de experiencia gubernamental tangible, van a ser sus rasgos personales, su estilo, los elementos que permitirán a los ciudadanos construirse una imagen del personaje y decidir si confían o no en él/ella. La consideración de algunos líderes como carismáticos subraya ese elemento poco racionalizable de la confianza personal. Pero los ciudadanos también pueden tomar un atajo: puesto que los aspirantes a gobernar son habitualmente líderes de su partido, su modo de gestionarlo, sus dificultades internas, etcétera, pueden ser indicadores de los derroteros que tomaría ese partido una vez en el gobierno. El pánico de nuestros líderes a las muestras de divisiones internas en sus partidos ilustran bien sobre esta conexión.

¿Da todo esto alguna pista sobre cómo mejorar nuestra situación? Tal vez: una combinación de mayor responsabilidad en los programas, más veracidad en la información y mejor pluralismo interno en los partidos constituiría, al menos, un buen primer paso para mejorar la credibilidad de nuestros dirigentes políticos.

Joan Botella, catedrático de Ciencia Política de la Universitat Autònoma de Barcelona

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