Superioridad moral

N0 pocos han aceptado como normal una proclamada superioridad moral de la izquierda que se perdona a sí misma las mayores desviaciones en la convicción de que sus acciones conducen inexorablemente al bien común, a la felicidad del pueblo. Y esto ocurre de la categoría a la anécdota. Desde creer que posee una especie de condición singular para que de manera natural deba gobernarnos hasta considerar jauría a quienes no aceptan complacidos o en silencio sus errores.

Lo de jauría lo aventó un breve ministro quejoso de ser acosado por un conjunto de perros, señalando a los periodistas, en relación con una conducta suya censurable y sentenciada. Cuando en la Transición se ejercía el periodismo político se hablaba de «la canallesca» como referencia a la prensa. Era una humorada. El empleo del término jauría a que aludo no sólo fue agrio; fue, además, insultante y cínico. El casi nonato ministro ocultaba en su despedida que sus correligionarios son expertos en jaurías y entre ellos el presidente del Gobierno que lo había nombrado. Lo gritan youtube y las hemerotecas. No en la jauría, pero sí entre los acosadores de una u otra calaña, podrían encontrarse ejemplos periodísticos, políticos e incluso judiciales.

En la sentencia que se utilizó para apuntalar la moción de censura que cambió al inquilino de La Moncloa, un juez, sin ser el asunto que se juzgaba –la financiación electoral en dos municipios madrileños–, incluyó su personal opinión sobre la falta de credibilidad del anterior presidente de Gobierno en su declaración como testigo en una cuestión distinta. Si fuese así, teniendo un testigo obligación de decir la verdad, es chocante que no se hubiesen iniciado diligencias por un presunto perjurio. Pero se trataba de que la sentencia fuese políticamente útil. La lectura de lo dicho por algunos intervinientes en aquel debate parlamentario confirma que se esgrimieron falsedades evidentes. Cuando algún historiador riguroso estudie el convulso momento que vivimos probablemente ocupen un lugar en sus páginas, como colaboraciones necesarias, las actitudes de ciertos jueces y periodistas.

También asoma la cacareada jauría detrás de la manipulación de lo privado, muchas veces aupada en juicios morales personalísimos y tendenciosos. Se ha conseguido que lo privado no exista o no se respete. Se destruyen famas y prestigios profesionales. Ya asistimos a la muerte de la presunción de inocencia, condenados los investigados a la habitual «pena de telediario» que lleva a que se filtren las horas y lugares de las detenciones y una turbamulta de cámaras aparezca puntualmente; sin embargo, según los casos, esa publicidad se omite. Y nadie se sorprende tampoco de la filtración de las sentencias judiciales, incluso durante su periodo de elaboración. ¿Se investiga esta desmesura que acaso esté abultando algunos bolsillos? Cuando esos procedimientos se archivan nada o poco se publica.

Esas y otras anormalidades se aceptan porque la izquierda es benevolente en la comprensión de sí misma e implacable en la descalificación de los demás. Una superioridad moral impostada pero mantenida en el tiempo parece considerar natural que gobierne la izquierda, y cuando no gobierna es como si se viviese un paréntesis de anormalidad. El socialismo ha estado y está en la vanguardia de esa falacia.

Si se hubiese producido la llegada al Gobierno de un presidente ajeno a la izquierda que no fuese diputado, que nunca hubiese ganado unas elecciones ni en su circunscripción, sin programa conocido, amparado en votos que incluyesen extremistas y aupado en una sentencia manipulada y esgrimida como motivación única, estaríamos asistiendo a una feroz campaña de acusaciones sobre golpismos, fascismos y similares. Cuando se anuncia una vuelta de tuerca en la llamada ley de Memoria Histórica es razonable observar el pasado con los dos ojos, no tapándonos el ojo izquierdo. Esa supuesta superioridad moral se ha manifestado en nuestra Historia y a veces ha desembocado en violencia. Citaré un señero ejemplo, hoy tan olvidado.

Los socialistas y otras formaciones de izquierda prepararon y ejecutaron la revolución de Asturias del 5 de octubre de 1934 contra el Gobierno legítimo de la República exclusivamente porque en las elecciones del 19 de noviembre de 1933 habían ganado las fuerzas de centro-derecha por más de dos millones de votos. Los desmanes duraron dos semanas y produjeron dos mil muertos. La izquierda, y singularmente los socialistas, habían amenazado con ejercer la violencia si entraban en el Gobierno ministros de la CEDA, que había ganado las elecciones. La amenaza llevó a Lerroux, a Samper y nuevamente a Lerroux a la presidencia del Gobierno desplazando al jefe de la fuerza más votada que era Gil Robles. Un año más tarde, pocos días después de entrar en el Gobierno tres ministros cedistas, estalló la anunciada revolución.

Indalecio Prieto había organizado la llegada a playas asturianas de un alijo de varias toneladas de armas y municiones en el vapor Turquesa. El 1 de mayo de 1942 Prieto declaró en el Círculo Pablo Iglesias de México: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en el movimiento revolucionario de octubre de 1934. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria». Ello le honra.

Salvador de Madariaga, intelectual, ministro y embajador republicano, escribe en su obra «España»: «El alzamiento de 1934 es imperdonable. La decisión presidencial de llamar al poder a la CEDA era inatacable, inevitable y hasta debida desde hacía tiempo (…). Con la rebelión de octubre de 1934 la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».

La prensa socialista había calentado el ambiente. «Renovación» escribía el 16 de septiembre: «También los obreros saben manejar las ametralladoras. Los obreros no esperan nada de las Cortes, de los republicanos. Lo esperan todo de la revolución social». «El Socialista» publicaba el 25 de septiembre: «Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía; bendita la guerra». Y anunciaba el 27 de septiembre: «Atención al disco rojo. El mes que viene podría ser nuestro octubre (…). Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado». Y aún escribía el día 30: «Nuestras relaciones con la República no pueden tener más que un significado: el de superarla y poseerla». La superioridad moral en estado puro.

La izquierda esgrime esa superioridad, de modo que para ella vale todo. Asume como cierto que tiene un derecho indiscutible a gobernarnos haga lo que haga. Y no pocas veces, desde un buenismo suicida, la derecha acepta ese cuento de la superioridad moral con bobalicona resignación.

Juan Van-Halen, escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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