¿Supervisados por Moscú y Pekín?

¿Hasta tal punto hemos llegado? ¿Hacen ahora Moscú y Pekín labores de vigilancia –como hacen los adultos sobre los niños– sobre las crisis de Oriente Medio suscitadas por Occidente?

Quienes hemos sobrepasado la cuarentena nos hicimos hace tiempo a la idea de ver a Moscú y Pekín como un “dúo letal” en nuestra lucha geopolítica global contra el comunismo. Pero en la actualidad nos enfrentamos al espectáculo de Rusia y China andando con pies de plomo para impedir que Occidente se precipite a otra guerra desastrosa en Oriente Medio. Últimamente tanto Pekín como Moscú han dejado clara su falta de respaldo a las crecientemente draconianas sanciones occidentales e incluso de la ONU contra Irán o Siria. Además, se muestran más firmemente opuestos a una intervención militar.

Pocos analistas consideran que otra aventura militar occidental, en esta ocasión contra Irán –y su supuesta criada, Siria– sólo acarreará nuevas y más severas amenazas a la estabilidad de Oriente Medio, los suministros de petróleo, la geopolítica y la economía mundial. Podría desencadenar una guerra en la región y sembrar las semillas de una racha más prolongada de hostilidad musulmana contra Occidente que nos trajo el 11-S. Incluso voces profesionales en Israel, como la del ex jefe del Mosad, Meir Dagan, advierten que un ataque israelí contra Irán “es lo más necio que he oído en mi vida”.

Por supuesto, nadie se siente tranquilo y relajado con la idea de un Irán nuclear. ¿Quién lo estaba con una Corea del Norte nuclear, una URSS nuclear bajo Stalin o una China nuclear bajo Mao? Sin embargo, se acerca un Irán nuclear, guste o no, y la profunda animadversión de Estados Unidos contra Irán –basada, en especial, en el sentimiento de ofensa que viene de antiguo contra el orden de cosas existente en Oriente Medio bajo mandato estadounidense– no hace más que agravar el problema. El mundo se acostumbrará a convivir con la cuestión, como lo han hecho Rusia y China. Es posible, incluso, que Washington deba acostumbrarse de hecho a llevarse bien con Irán. Por otra parte, ¿qué puede decirse de Siria? Indudablemente es un régimen ingrato que reprime a sangre y fuego a sus ciudadanos. Pero también lo son otros regímenes, incluidos antiguos o actuales amigos de EE.UU. Tenemos a Siria en el punto de mira por causa de Irán.

Los tiempos han cambiado enormemente durante la última década, cuando George W. Bush pudo solicitar asentimiento a una visión maniquea del mundo y advirtió al mundo que “estáis con nosotros o contra nosotros”. Ahora bien, tras observar la debacle de las derrotas estadounidenses y el agravamiento de los ya graves problemas en Iraq, Afganistán, Pakistán y Palestina, buena parte del mundo parece haber tomado su elección que –¿lo adivinan?– consiste en que “no” está con nosotros. Cuidado, no contra nosotros, sino deseando hacer lo que sea necesario para impedir que EE.UU. siga avanzando por la senda de sus obsesiones e iniciativas erráticas que mantienen encendida la llama de la guerra en el mundo musulmán y amenazan sus puntos y zonas vitales. Dice “no” a la actual estrategia estadounidense destinada a satisfacer los (mal interpretados y comprendidos) intereses de EE.UU. e Israel. A su juicio, resulta sencillamente irresponsable mantener constantemente a esta ya de por sí peligrosa y afligida región en el punto de ebullición, en situación de alta tensión bélica y enfrentamiento. Países como Turquía e India coinciden con tal apreciación. Parece que Rusia y China sean las dos únicas potencias mundiales capaces de detener esta marcha hacia la guerra permanente y los amagos de a ver quién se rinde antes en el golfo Pérsico.

Europa, por desgracia, parece haber abandonado un papel supervisor de adulto sobre las equivocadas políticas de EE.UU., en especial Gran Bretaña y Francia en su penoso papel como aspirantes a llegar a la categoría de potencias globales. Las propias políticas de Europa hacia Oriente Medio parecen verse movidas por diversos impulsos infructuosos e ineficaces: la nostalgia residual por la proyección del poder imperial, un miedo implícito frente a los inmigrantes musulmanes y una pérdida de fe en la propia sociedad, que engendra una especie de intranquila respuesta de corte neofascista. Pero aun así, la mayoría de los europeos sabe que la táctica de EE.UU. es perdedora, además de una actitud que ni pueden permitirse… Saben que la OTAN no es el futuro de la gobernanza mundial.

Sin embargo, ¿podemos hablar de Rusia y China como de los únicos sensatos y equilibrados? Por supuesto que no. Les mueven sus propios cálculos e intereses. Y la guerra en la región no figura entre sus intereses. Lo que sucede es que no aprecian un historial tranquilizador en la gestión occidental de la geopolítica mundial en el siglo pasado (ello tampoco significa que sus propios asuntos con el comunismo hablen bien del enfoque de sus propias sociedades). Parece que han concluido que la guerra no constituye la respuesta a la mayoría de los problemas de la región. Y no pueden observar con optimismo cómo Estados Unidos sigue tirando obsesivamente los dados de las sanciones o de la guerra sin fin. También han concluido que un mundo con múltiples centros de poder tiene más posibilidades de impedir el aventurerismo geopolítico ejercido por tambaleantes grandes potencias. Tal vez algún día sea el intervencionismo de Rusia y China el que exija el equilibrio y el veto mundial. Pero no hoy.

Por Graham E. Fuller, ex vicepresidente del Consejo Nacional de Inteligencia de la CIA. Su último libro es ‘Un mundo sin islam’, Little Brown, 2011 Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

1 comentario


  1. MOSCU Y PEKIN SERA CORRESPONSABLE UN UN ATAQUE MASIVO EN MEDIO ORIENTE , AL DEFENDER A SIRIA Y A IRAN PROVEERLES DE TECNOLOGIAS NUCLEARES ,, EL PETROLEO LES INTERESA MAS QUE LAS VIDAS HUMANAS

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