Supremacía en peligro

Cuando Donald Trump empezó a presidir EEUU, un rico inversor se interesó en mi opinión de futuro. Le dije que tras inflar más la burbuja financiera y la mayor deuda mundial, sería catastrófico, lejos de su promesa de “hacer grande América”. Su año y pico de Gobierno conservador-populista a golpe de tuit ha reafirmado el pronóstico: sus amenazas de guerra económica a China y de guerra nuclear a Siria o antes a Corea del Norte perturban la paz global, además de socavar las bases de la supremacía norteamericana. Desde aquella polémica victoria electoral aún por esclarecer, con rusos y robo de datos privados de Facebook por medio, las Bolsas se hincharon otro tercio ante sus estímulos fiscales, desregulaciones de sectores, amén de fuertes recortes en impuestos. Pero el balance entre inversores realizado por Bloomberg le deja ya como el peor presidente para las Bolsas desde 1900. Sus tuits elevan la volatilidad y así la confianza financiera, lo contrario de lo que necesitamos.

Ahora Trump se ha embarcado en un conflicto económico con China. El Diario del Pueblo chino nos preguntó a diversos profesores por los anunciados aranceles al acero y al aluminio ante la caída de Wall Street del 2,9% el día de su anuncio. Mi respuesta fue que los efectos de ese proteccionismo norteamericano serían muchísimo más negativos a largo plazo, pues al margen de esos sectores afecta sobre todo a los servicios digitales. Los valores tecnológico-digitales fueron los primeros en captar el citado desencanto de las Bolsas con Trump, tras subir cinco veces más que el resto de las empresas cotizadas la última década; los servicios de comunicación digitales pasaron de ser casi inexistentes al 25% del S&P 500 y van camino del 20%, con dos chinos entre los cinco grandes.

Es relevante fijarse en estos porque como apuntamos en Digitalismo son los típicos de la nueva economía de la información, movida más por el conocimiento. China tiene aún en todos ellos menor cuota de mercado mundial que en acero y aluminio. Pero su apuesta de los últimos años es superior y ha ganado bazas que inquietan a los norteamericanos en campos como I+D, patentes, medios de pago, comercio electrónico, juegos y otros que la posicionan para liderar nada menos que la inteligencia artificial de las próximas décadas. Eric Schmidt, ex presidente de Alphabet, padre de Google, ha dicho que aquí superará a EEUU hacia 2025.

Todo ello me recuerda un artículo que publiqué en La Gaceta de los Negocios el 21 de agosto de 1992 sobre las bases de la supremacía de Norte América, que desde los años 70 era consideraba con razón en decadencia. Acababa de conocer un documento estratégico del Pentágono, que por primera vez apostaba claramente por la política de coaliciones ad hoc con otros países, a fin de evitar sobre todo que surgiera otra gran potencia en Europa, Asia o la antigua URSS. Hoy sabemos que tal estrategia tuvo éxito. La gran causa es que se apoyaba en otros poderes blandos que refuerzan e incluso superan a la supremacía militar: el más perdurable dominio de las ideas. Poderes blandos que han elevado la importancia de la productividad basada en grandes compañías, más robots, manager inteligentes, infraestructuras tecnológicas, y sobre todo capitales cada vez más intangibles.

Hoy la única superpotencia alternativa en ciernes es China y gana posiciones sin cesar en ese tipo de poderes blandos, ahora gracias a Trump. La muy extensa y antigua literatura sobre el poder -asumida y resumida a su modo por Weber, Boulding, Strange, Galbraith y otros analistas modernos- ya los tenía presentes mucho antes de que hiciera fortuna tal nombre de la mano de Josep Nye con su libro de 2004. Se basan principalmente en la compensación y la persuasión, por un lado, y la propiedad y la organización, por el otro. Y tienden a superar cada día más al poder de la amenaza, en el primer caso, y a la personalidad, en el segundo.

Justo lo contrario que encarna y hace Trump, cuyas prácticas chocan con esa estrategia norteamericana. Su enfoque del comercio mundial lo acaba de resumir The Economist: amenazar, acordar y declarar victorias. Es lo que intenta con Siria y Corea del Norte jugando con fuego nuclear. Pero sobre todo con China, en el frente económico.

En vez de persuadir a otros países perjudicados para presionar legalmente a China, Trump amenazó a supuestos aliados, alegando razones de seguridad nacional para reducir con aranceles sobre importaciones chinas un déficit exterior norteamericano superior a los 568.000 millones de dólares anuales (2,9% del PIB), que elevan su deuda externa atendida en gran parte por ahorro chino. Primero habló de barreras por 50.000 millones y luego de hasta 150.000. Excusas, pues como ha dicho Stigliz lo que hoy “importa es el déficit comercial multilateral, no los déficits comerciales bilaterales: la reducción de las importaciones de China no creará empleos en los EEUU, sino que aumentará los precios para los estadounidenses comunes y corrientes y creará empleos en Bangladesh, Vietnam o cualquier otro país que intervenga para reemplazar las importaciones que anteriormente provenían de China”.

Claro que Trump lo que busca es el efecto-amenaza. Pero el escenario más probable de esa dinámica, incluso en el caso de trato final, sería un comercio exterior intervenido o administrado: fuerzas del mercado sustituidas por el poder de los lobbies políticos, favoreciendo a los productores ruidosos y bien organizados frente a los consumidores silenciosos y dispares, y robando a las economías la agilidad necesaria para adaptarse a las cambiantes condiciones tecnológicas. Lo advirtió también The Economist temeroso de que otros países se sentirán más libres para seguir el ejemplo de EEUU y la guerra comercial devenga en riesgo repetido en vez de peligro aislado.

Ese enfoque de Trump puede dejarnos a todos peor, incluso si lograr aliados en todos los frentes, ahora para sacar un informe acusando a China de robos de propiedad intelectual por un billón de dólares. Su ignorancia de casi cinco siglos de multilateralismo como fuente de cooperación alternativa al conflicto (de economía, historia, diplomacia y otras ciencias) le llevó a decir que «las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar». Pero atraen la guerra de divisas, como dice el profesor Cohen, autor de Currency power. Esa sí que afectaría a mercados financieros y préstamos internacionales, con recesiones que llamarían a otras armas.

Gustavo Matías es profesor titular de Estructura y Economía del Desarrollo de la UAM.

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