¿Supremacía franco-alemana?

Por Charles Grant, director del Centro para la Reforma Europea (EL PAIS. 23/03/03):

La alianza franco-alemana ha dado estabilidad e impulso a la Unión Europea durante la mayor parte de su historia. Pero para cuando François Mitterrand y Helmut Kohl abandonaron la escena, el motor de la UE había dejado más o menos de funcionar. A finales de los noventa, Tony Blair había logrado situar a Gran Bretaña en una posición de influyente contrapeso a lo que quedaba de la alianza franco-alemana. El pasado otoño el motor había recobrado vida, cogiendo desprevenidos a los británicos y a otros Estados miembros. Primero, Francia y Alemania establecieron un acuerdo para reducir los costes de la Política Agraria Común (PAC) después de la ampliación. En enero propusieron la doble presidencia de la UE: un presidente a tiempo completo del Consejo Europeo, unido a un presidente de la Comisión, que sería elegido por el Parlamento Europeo. Las autoridades francesas y alemanas recordaron una verdad evidente: puesto que los dos países parten de puntos de vista opuestos sobre la mayoría de los asuntos europeos, una vez que llegan a un acuerdo, lo más probable es que el resto de los Estados miembros les sigan.

De modo que, ¿vuelven Francia y Alemania a sentarse en el asiento del conductor de la UE? En una Unión que pronto va a contar con 25 miembros, dos países no podrán dominar al resto. Sin embargo, Chirac y Schröder han aprendido que si trabajan juntos pueden aumentar su influencia dentro de la UE y cosechar frutos en el ámbito nacional. Francia y Alemania han intentado llevar vidas separadas, pero el resultado no ha sido feliz. En la cumbre de Berlín de 1999, Chirac tiró abajo un plan de reforma de la PAC, que habría salvado la divisa alemana. En la cumbre del año siguiente, en Niza, Schröder se vengó forzando a Francia a pagar un alto precio por mantener la igualdad del derecho de voto entre Alemania y Francia en el Consejo de Ministros.

En el verano de 2002, ambos mandatarios volvieron a ganar las elecciones. Chirac, liberado de la cohabitación con los socialistas de Lionel Jospin, se encontraba en una posición más fuerte para cortejar a Alemania. Con la ampliación a la vuelta de la esquina, los franceses esperaban que una alianza renovada con Alemania les daría más influencia en la nueva Europa ampliada. Schröder nunca había sido muy partidario de una relación exclusiva franco-alemana, pero con los problemas económicos de su país, que estaban erosionando su autoridad, se encontraba en una débil posición para rechazar los avances de Francia. Necesitaba algún éxito en política exterior para aumentar su inestable autoridad.

Inconscientemente, Tony Blair ayudó a que esta pareja se volviera a unir. Blair y Schröder se llevaban muy bien. Pero tanto Chirac como Jospin estaban resentidos por haber sido eclipsados por el más joven y elocuente Blair. Éste no sólo tenía lazos sin par con la Casa Blanca (quienquiera que fuera su ocupante), sino que también había elaborado una red de alianzas bilaterales con diferentes Estados de la UE en distintas materias. En palabras de un funcionario del Elíseo, “los líderes franceses tenían miedo de verse rodeados por todas esas alianzas bilaterales de los británicos”. Muchos de ellos estaban resentidos con Blair por la familiaridad que tenía con Bush, al que ven como un vaquero incivilizado.

El pasado otoño, las divisiones en el seno de la UE con respecto a Irak dieron a Chirac la oportunidad de apartar a Schröder de los británicos. El enfoque pacifista alemán sobre Irak enemistó a Schröder con el más belicoso Blair. En enero de 2003, con Gran Bretaña deseando seguir a EE UU a la guerra, los franceses y los alemanes se vieron al mismo lado de la creciente brecha transatlántica. El comentario despreciativo de Donald Rumsfeld, según el cual eran la “vieja Europa”, no era más que una afirmación de lo evidente. Pero enfureció a muchos países y ayudó a unir a Francia y Alemania en la idea de que ni la UE ni la OTAN ni la ONU debían apoyar la guerra contra Irak. Chirac se deleitaba en la popularidad que había adquirido por oponerse a la guerra contra Irak. Schröder estaba encantado con seguir la estela de Chirac, mejor que verse aislado en este asunto, como le pasó en otoño.

En octubre de 2002, Schröder insistió en visitar Downing Street en su primera visita al extranjero después de su reelección, un paso sin precedentes para un canciller alemán, que causó gran revuelo en París. Chirac no se había granjeado precisamente las simpatías de Schröder al apoyar abiertamente a su rival, Edmund Stoiber, durante la campaña electoral. Pero en sólo cuatro meses Francia y Alemania parecen haber vuelto a encender gran parte de su antigua pasión. Una prueba de ello es la pompa con que los parlamentos de Francia y Alemania celebraron el 40º aniversario del Tratado del Elíseo.

Pero la alianza franco-alemana se enfrenta a un gran número de desafíos, y eso sin contar con el hecho de que Chirac y Schröder no son precisamente buenos amigos. Los alemanes apoyan los planes de la Comisión de reformar la PAC; los franceses, no. Los franceses saben que tienen que trabajar con los británicos si desean que la UE elabore una política de defensa común. Chirac trata de resucitar la idea de que Francia y Alemania deberían liderar pequeños grupos de países de igual parecer hacia una integración mayor. Pero Alemania teme que tales agrupaciones puedan actuar fuera del marco de la UE. Más en general, cualquier fuerza potente dentro de la UE sería propensa a crear un contrapeso. A finales de enero, la “nueva Europa” se afirmó a sí misma: los líderes de Gran Bretaña, la República Checa, Dinamarca, Hungría, Italia, Polonia, Portugal y España firmaron una carta de apoyo a la política de EE UU con respecto a Irak, en la que se mostraban implícitamente críticos con Francia y Alemania. Poco después, diez líderes de Europa del Este firmaron otra carta de apoyo a EE UU. Esas cartas demuestran que Chirac y Schröder no pueden dar por sentado que hablan en nombre de toda Europa. Aun así, mientras Gran Bretaña se mantenga fuera del euro, y mientras su principal lealtad parezca decantarse por el Atlántico más que por Europa, es probable que perdure la alianza franco-alemana. No será tan dominante como en los tiempos de Mitterrand y Kohl, pero proporcionará cierta estructura a una UE cada vez más compleja y dispar.

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