Supremacismo y credulidad

Últimamente hemos dado en llamar supremacismo a lo que en otro tiempo se llamó racismo por la sencilla razón de que ya nadie o casi nadie se atreve a usar la raza como argumento de superioridad. Pero en realidad la raza es lo de menos en el racismo. Lo esencial es creerse o sentirse superior. Luego viene el encontrar un argumento que justifique la superioridad en la forma de alguna marca o característica que permita distinguir a los superiores, por el muy elemental motivo de que para considerarse superior hay que señalar a aquellos que no lo son con un hecho diferencial. La construcción de la superioridad es por encima de todo una fabricación de la inferioridad. No se puede estar delante si no se pone a alguien detrás. Parecerá una tontería pero no lo es. Para que haya blanco tiene que haber negro. Nuestro cerebro tiene una estructura binaria que la inteligencia artificial no ha hecho más que reproducir.

Cuando se hizo difícil llamar a alguien racista porque no acudía a la raza como causa de su superioridad, pero era evidente que ese alguien manifestaba síntomas de creerse superior a otros humanos, se comenzó a utilizar la palabra supremacismo. Todos sabemos que la raza adquirió una mala fama tremenda desde que los nazis la convirtieron en motivo central de su supremacismo, pero este era previo a la raza y a Hitler. Venía de antes, de mucho antes, y sólo en un momento determinado decidió apoyarse en la raza, porque parecía que era como más científico en aquel momento.

Supremacismo y credulidadLa historia del supremacismo germánico comienza hace siglos. Se rastrea sin dificultad hasta el humanismo alemán del siglo XV y posterior. En los textos de Ulrich von Hutten, de Lutero, de Sebastián Münster y otros muchos se manifiesta ya de una manera insultante y agresiva hacia el mundo románico, hacia el Sur: “Se publicó… una amplia selección de las conversaciones de sobremesa de Lutero, editadas por Johannes Aurifaber. Allí se hacía una serie de rencorosas declaraciones contra los españoles: se hablaba de su ladronería, falsedad, orgullo y lujuria, de su semejanza con los odiados italianos y con los turcos, de sus malas intenciones con los alemanes y su descendencia de marranos. La autoridad del Reformador se puso con esto también después de su muerte, al servicio directo de la propaganda enemiga de España”.

Evidentemente, este desprecio hacia los pueblos románicos no es un invento luterano. Lutero participa de ello, pero no crea nada. Se apoya en lo ya existente. Sin embargo, su supremacismo incorpora una marca esencial: da sanción teológica a la superioridad moral y esto se hace extensivo a todo el mundo protestante. La inferioridad de los Otros no es racial en este tiempo: es ética y moral, de tal manera que todo lo que no sea protestante, especialmente si es románico, latino o católico es moralmente inferior. Siempre me he preguntado qué siente un protestante cuando se entera de que los musulmanes les llaman también rûm, de romano, exactamente igual que a los católicos. Qué susto. Tanto padecer para que no se note la diferencia. Esto no debe alegrarnos, porque los pueblos del Sur de Europa deberían preocuparse y mucho, de que esta diferencia se notara. Quizá así este continente no iría perpetuamente a la deriva.

Pero concentrémonos en lo esencial porque tenemos que llegar hasta el auto de los tres jueces (qué bíblico) del muy protestante land de Schleswig-Holstein. Es para nota el disparate jurídico cometido por estos magistrados que demuestran con su texto que pura y simplemente no saben lo que es una euroorden y que no se han tomado la molestia de estudiarse lo básico. Es una chapuza en toda regla. Sin duda, el caso no debe parecerles demasiado importante. La acción combinada de los jueces, de la ministra de Justicia y de la Fiscalía alemana, que ya debería haber pedido explicaciones si se tomara en serio el ordenamiento jurídico europeo, escaso y balbuciente, pero ordenamiento al fin, demuestra dos cosas.

La primera, una colosal falta de respeto a un país aliado. Con estos amigos, ¿quién necesita enemigos? De solidaridad entre Estados que pertenecen a la Unión Europea en un asunto tan importante como es la integridad territorial, mejor no hablamos. Y la segunda, que, como antes, como ahora, como siempre, Alemania es incapaz de gestionar la hegemonía. Esta es una tragedia que se repite una y otra vez en el corazón del Viejo Continente.

Decía De Gaulle que Alemania le gustaba tanto que prefería que hubiera dos. Ahí le dolía, y bastante. Desde la unificación de Bismarck se hizo ya casi una costumbre para los soldados alemanes ir a desfilar a París. Por si alguien ha tenido la tentación de olvidarlo, conviene recordar que Alemania se reunificó en 1989 de nuevo y que desde entonces ha estado detrás de dos conflictos de frontera que han provocado dos guerras crudelísimas en las que Alemania no ha combatido pero ha conseguido que otros se maten entre sí.

Ambas guerras, la yugoeslava y la ucraniana, han sucedido en territorio de ese espacio vital alemán que tantos conflictos y fronteras ha movido. Primeramente, contraviniendo el principio básico que sostiene la OTAN bajo la égida estadounidense, a saber, que las fronteras de Europa no se tocan: Alemania se apresuró a reconocer la independencia de Croacia y con ello provocó que se desencadenara en los Balcanes lo que todos sabemos y costará olvidar. Y Croacia ha vuelto a ser el patio trasero de Alemania sin que un solo alemán haya tenido que morir. Han muerto otros. Cualquiera sin necesidad de mucho investigar puede averiguar qué papel jugó Alemania en el reciente conflicto de Crimea y en la guerra civil que ahora mismo asola Ucrania. Un trozo de Ucrania es también espacio vital alemán. Azuzar el conflicto interno en Ucrania es la mejor manera de dividir este país que los rusos tardaron décadas en reunificar a comienzos del siglo XX. Todo esto ha sucedido con el paraguas de la Unión Europea y el regalo providencial de una moneda única que le da a Alemania más beneficios que toda su industria.

Algunos alemanes ven claramente la gravedad de los peligros que acechan a Europa (y a Alemania, no se olvide) agazapados en el complejo de superioridad que late en la decisión de los jueces alemanes. Con buen humor, que siempre es de agradecer, algunos periodistas llaman a Puigdemont PutschDemente (golpista demente). Señala el ensayista y profesor de Planificación Urbana de la Universidad Técnica de Berlín Gerd Held que, formalmente, la negativa a entregar al líder separatista Puigdemont a la justicia española es una decisión de un tribunal de Schleswig-Holstein, pero que lo digno de destacarse es que “las reacciones político-mediáticas en Alemania han mostrado un voto de desconfianza asombrosamente amplio en contra de la legalidad del Estado de derecho en España”.

Y que lo más grave es que “de repente, en Alemania hay conocedores de España por todas partes que están seguros de que en España se oprime a Cataluña, que la Justicia española se instrumentaliza políticamente y que España, de todos modos, no ha superado verdaderamente (richtig) la dictadura de Franco”. La conclusión del profesor alemán no invita al optimismo: “Entristece y enfurece ver todo lo que se ha destrozado en estos días” (achgut.com, 12-abril-2018, trad. Nicole Holzenthal). Pero las gentes sensatas como el profesor Held, que ven con preocupación lo que ocurre en Alemania, son minoría.

El misterioso caso alemán no es, tal y como se lo plantea George Steiner una y otra vez, cómo en la culta Alemania, en la civilizada Alemania, etcétera, pudo ocurrir lo que ocurrió antes y durante la II Guerra Mundial. El misterioso caso en verdad es el de la credulidad de los Otros y que hombres de la inteligencia preclara de Steiner sigan creyendo que hay o hubo una Alemania culta y civilizada por encima de otras naciones. Es asombrosa la fe en Europa encarnada en el triángulo del balance of power (Inglaterra, Francia y Alemania) que los españoles han tenido a lo largo de la historia. Ningún desmentido de la realidad ha podido acabar con ella desde los tiempos en que Carlos V pisó España con su proyecto europeo debajo del brazo. Pero lo cierto es que Europa es un continente peligroso atravesado de parte a parte por rencores históricos sin resolver, frustraciones más o menos disimuladas y supremacismos de unos pueblos con respecto a otros que afloran en cuanto la ocasión se presenta.

María Elvira Roca Barea es autora de Imperiofobia y leyenda negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español (Siruela, 2016).

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