Sus nombres viven para siempre

«La civilización avanza lentamente» –escribe Morand en sus Diarios– «y después, en ocho horas retrocede ocho siglos». El 25 de diciembre de 1914, ante el pasmo de sus respectivos Estados Mayores, soldados británicos, franceses y alemanes abandonaron sus trincheras para intercambiar prisioneros, víveres, pitillos, algún dulce. Era la célebre Tregua de Navidad de la Gran Guerra y allí se cantaron villancicos y no dejaron de improvisarse partidos de fútbol. Justo un año después, en la Nochebuena de 1915, un sargento británico avanzaba hacia las líneas enemigas para confraternizar con la tropa alemana. Esta vez cayó abatido –un balazo– en la tierra de nadie. Tras cursarse las órdenes pertinentes para evitar toda efusión navideña, quedaban sentenciados un código de conducta y un orden internacional que –según medita Burleigh– habían transparentado de humanidad tantos conflictos desde tiempos medievales.

Sin duda, este paso pesaroso de la Navidad de 1914 a la de 1915 es elocuente de la quiebra en la conciencia europea que supuso la Gran Guerra. Pero también representa una de sus ironías macabras: detonada en agosto, nadie pensó que fuera a durar –precisamente– más allá de Navidad. Según dejó dicho Zweig, creer en algo más que una escaramuza entre naciones civilizadas equivalía a creer «en brujas y fantasmas». Por eso, a medida que la contienda dio paso a una macroeconomía de la muerte, no sólo se produjo una áspera toma de conciencia del fin de esa edad tan dulce, «en la que habíamos supuesto que el mundo progresaba gradualmente». Poco a poco también se hizo sentir la percepción de Bernanos, para quien «esa religión del Progreso» por la que se les había pedido morir no dejaba de constituir «una gigantesca estafa a la esperanza».

Uno de los miles de muchachos que verían estafadas sus esperanzas fue John Kipling, y tiene no poco de tristeza y paradoja pensar que –fuertemente miope– nunca tuvo que haber entrado en combate. Fue su padre quien, a instancias del joven, logró alistarlo. Sin duda, este era un gesto fácil para Rudyard Kipling, que por entonces no sólo era el escritor más leído de Gran Bretaña, sino la eminencia gris de su misión imperial. El autor de El libro de la selva, de hecho, no tardaría en llamar a la lucha «por todo lo que somos y tenemos». Y tampoco dudaría en ponerse a disposición de su Gobierno para volcar su genio en la propaganda y mantener alta la moral en el llamado frente doméstico. Fruto de esa labor serían, por ejemplo, las Crónicas de la Primera Guerra Mundial que, con sabio criterio editor, acaba de rescatar Fórcola. Unas crónicas que no pueden leerse sin desazón: no en vano, en ellas vemos cómo ese narrador prodigioso que fue Kipling no duda en endulzar la crueldad de la guerra, ni en ensuciar la verdad para servir a su causa, ni en animalizar –cuando no demonizar– a un enemigo alemán en quien ve la encarnación del Mal absoluto y sin matices.

Hacer la distinción entre «alemanes y seres humanos» iba a ser un momento deshonroso para la palabra sublime de Kipling. Pero la misma literatura que había servido para avivar el odio también iba a servir para ahondar en todo lo que va del luto al consuelo. En el caso de Kipling, ese fue el más doloroso de los trámites. En concreto, tuvo que sufrir «un golpe del que nunca llegó a recuperarse»: su hijo John –de apenas dieciocho años– fue dado por «herido y desaparecido» en la batalla de Loos. Y si la pérdida del muchacho cambió el curso de la escritura bélica del padre, también iba a suponer una expiación de toda culpa. Es conocido el escepticismo resignado de sus versos: «si alguien pregunta por qué hemos muerto / decidle que porque mintieron nuestros padres». Kipling, sin embargo, iba a recorrer íntegro el camino que lleva de la desesperanza a la piedad tras recibir el más grave de los encargos nunca encomendados por un Gobierno a un escritor: fijar la retórica del duelo público, encontrar una inscripción para las tumbas de tantos soldados desconocidos o, en sus propias palabras, «sólo conocidos por Dios». Sus lápidas hoy pueblan, como una geografía del dolor, rincones incontables de Europa. Y el mismo John tuvo que reposar bajo una de esas piedras anónimas hasta que –recuperado su cuerpo en 2016– por fin pudo yacer bajo sus propias iniciales, como una justicia póstuma. Para entonces, sin embargo, el Rudyard Kipling sembrador de tanto odio ya se había encargado de recordar a las víctimas como homenaje a nuestra dignidad como humanos. Ya se había asegurado, sí, de que «viven para siempre», en nuestra memoria de europeos, el nombre de su hijo y el de tantos muchachos que nunca regresaron por Navidad.

Ignacio Peyró, periodista y escritor.

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