Susana y los satélites

El voto conservador andaluz, la tendencia inercial de las clases medias, es socialista. Ésa es la convicción que alentó el adelanto electoral decidido por Susana Díaz para reforzar dentro y fuera del PSOE su propia posición política. Lejos del motivo oficial de robustecer la estabilidad del gobierno –a todas luces imposible habida cuenta de la segura irrupción de nuevos partidos y la fragmentación consiguiente–, la convocatoria de ayer respondía a tres objetivos: iniciar el ciclo electoral de 2015 con una victoria clara que devolviera a su partido la centralidad política perdida y la situase a ella como referencia alternativa de liderazgo; provocar el primer castigo al PP después de tres años de desgaste en el Gobierno de la nación; y por último, last but not least, sorprender a Podemos, corto de organización y estructura, en su primer test electoral desde las europeas de 2014. Los ha cumplido en buena medida casi sin moverse de su posición –mismos escaños que Griñán y 125.000 votos menos– y forzando a su alrededor una realineación de órbitas satelitales, un desplazamiento ventajoso para ella de los ejes del resto del espacio político.

Su triunfo ha sido irrefutable, basado en una campaña muy personalista: centrada en la etiqueta «#Yoconsusana» , planteada en términos más empáticos y emocionales que programáticos y con un fuerte carácter plebiscitario, casi peronista. Con porcentajes similares a los de las europeas de 2014 ha ganado de forma palmaria frente al PP, ha frenado en parte el empuje de Podemos y ha logrado el efecto indirecto que perseguía en clave de equilibrios internos en el Partido Socialista. Su intención de erigirse en referencia frente a Pedro Sánchez le llevó incluso a acotarle la presencia en los escenarios electorales; deseaba una campaña monoteísta en la que ella cargase con todo el peso de la responsabilidad. Perdió los dos debates televisados, en los que ofreció una cara hosca y desabrida, pero ha pateado a fondo el bastión de la Andalucía rural, los pueblos pequeños y las agrociudades que son la base de la implantación del PSOE-A. En ellos ha minimizado la presencia de Podemos en las zonas urbanas y metropolitanas y ha consolidado la ventaja sobre un PP visto con enorme desconfianza en el ámbito agrario. Su éxito es ahora el listón que debe saltar Pedro Sánchez.

También consigue desinflar parcialmente el globo de Podemos, que emerge de la nada como tercera fuerza pero con una importancia sólo relativa para resultar determinante. El partido de Pablo Iglesias, con una candidata endeble e inexperta, salva con nota media su primer examen en un territorio donde carecía de cohesión estructural y donde el PSOE mantiene su mayor porcentaje de voto útil. Ha devorado a IU desplazándola de cualquier eje de influencia y arrebatándole el espacio a la izquierda de la izquierda. Su balance resulta agridulce; no es mala facturación –casi 600.000 sufragios– para un partido nuevo pero queda por debajo de las expectativas albergadas en los sondeos incluso a pie de urna. Será una formación potente en la Cámara, que obligará a los socialistas a vigilar con atención su flanco izquierdo. Ha obtenido un resultado que enfría su rutilante impulso de opinión pública aunque le permite abordar el resto del año electoral sin perder comba respecto a los dos grandes partidos hegemónicos.

El segundo de estos partidos, el PP, ganador en 2012 aunque no pudiese gobernar, es el que ha experimentado mayor retroceso objetivo. Aunque el candidato Moreno Bonilla ha crecido en una campaña bien planteada pese a su escaso tiempo de arraigo, la marca ha pagado con un severo desplome la primera factura de los años de desgaste en el Gobierno de la nación y del vacío en el liderazgo regional que dejó la marcha de Javier Arenas. Moreno, que pierde un tercio de los votos y más de dos escaños por provincia, ha recibido en su espalda el primer varapalo del desencanto marianista, una fuerte advertencia para la estrategia de Rajoy. Una parte significativa de su electorado ha huido hacia Ciudadanos y hacia el propio PSOE, receptor de un voto de carácter conservador, conformista con el statuquo; un voto de pequeña burguesía que ha confiado en Díaz como dique institucional frente a la amenaza rupturista de Podemos y que ha compensado las pérdidas del PSOE por la amura de babor. La corrupción quedó amortizada hace tiempo como arma de desgaste electoral para formar parte rutinaria del paisaje político. En el cuerpo social andaluz pesa mucho más como factor de decisión el sentimiento de vulnerabilidad, el miedo al desamparo.

La erosión del bipartidismo ha propiciado también la entrada en la Cámara autonómica de Ciudadanos, beneficiario nítido de una parte del voto «fugado» del PP. La formación de Albert Rivera ha captado el voto de centro reformista en detrimento de UPyD y se sitúa como la bisagra potencial que quería ser, llave de la estabilidad del futuro Gobierno. El principal damnificado por la fragmentación del sufragio andaluz ha sido Izquierda Unida, jibarizada por la aparición fulgurante de Podemos e incapaz de rentabilizar su reciente presencia como socio de poder en la Junta.

En conjunto, sin embargo, la hegemonía bipartidista ha resistido razonablemente el empuje de los nuevos partidos. La suma de los escaños de PP y PSOE arroja todavía las tres cuartas partes del Parlamento, lo que prueba la inercia del electorado andaluz hacia los partidos convencionales e impide extrapolaciones sobre escenarios nacionales más dinámicos y volátiles. Aunque la Cámara pentapartidista pondrá más difíciles las alianzas de gobernabilidad, el peso global del voto en Andalucía continúa primando las tendencias históricas de la Transición. El PP ha anunciado su intención de permitir la investidura del ganador de los comicios, pero queda la incógnita de la voluntad de Díaz: si está dispuesta a gobernar en minoría o buscará entre los satélites a su izquierda o a su derecha pactos estables de legislatura. La proximidad de nuevas elecciones en mayo, y más allá la de las generales de fin de año, augura una actitud pasiva de los partidos-bisagra, que con alta probabilidad temerán comprometer su apoyo a un longevo Gobierno que lleva en el poder más de treinta años, envuelto en serias acusaciones de corrupción y que ha desarrollado características de un régimen continuista.

En síntesis, Susana Díaz ha alcanzado con algunos matices sus objetivos estratégicos. Ha resistido haciendo girar el escenario en derredor para mejorar sus posiciones sin moverse de ellas. Y rizando el rizo lampedusiano, ha forzado que casi todo cambie para que todo siga igual.

Ignacio Camacho, periodista.

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