Tabarnia en serio

Lo de Tabarnia ha surgido como una ocurrencia de las redes sociales, jaleada desde la órbita de Ciudadanos y denostada sin paliativos por el bloque soberanista. Sin embargo, el asunto merece una reflexión más profunda, porque la verdad es que, en política comparada, el mundo de las tabarnias no es ninguna broma.

En una investigación pionera, Aleksandar Pavkovic, un profesor de origen serbio que trabaja en la Universidad de Macquarie (Sídney), estudió las secesiones que desencadenan intentos de separación de partes del territorio secesionista. Concretamente, trabajó sobre la de Croacia de la República Federal Socialista de Yugoslavia, que desencadenó el intento de secesión de la República Serbia de Krajina respecto a Croacia, y sobre la secesión de Georgia de la URSS, que desencadenó a su vez la secesión de Abjazia respecto a Georgia. Es el fenómeno que bautizó como «secesión recursiva».

A estos dos casos cabe añadir otros cuantos en en los Balcanes y en el espacio exsoviético. El mismo Pavkovic menciona el caso de las repúblicas Srpska y Herzeg-Bosna, que pretendieron separarse de Bosnia-Herzegovina (BiH) en cuanto esta se separó de (lo que quedaba de) Yugoslavia. En el espacio exsoviético el caso más famoso es el de Transnistria, el territorio que se separó de Moldavia cuando Moldavia proclamó su independencia respecto a la URSS.

Naturalmente, el éxito de la secesión recursiva es variable. La República Serbia de Krajina fue pulverizada en la controvertida operación Tormenta, que supuso la huida de la mayoría de población serbia de la zona. Pero la República Srpska, convertida en una de las dos entidades de BiH, sigue flirteando con la secesión. Por lo que respecta a Abjazia logró separarse de Georgia y hoy constituye un protectorado ruso. Algo parecido sucede con la llamada República Moldava Priednostroviana, más comúnmente conocida como Transnistria.

Alguien podría objetar que estas cosas solo suceden en regiones como el Cáucaso o los Balcanes. Nada más lejos de la realidad. El mundo occidental también tiene sus tabarnias. El caso más célebre de secesión recursiva en este lado de Europa es el de Irlanda del Norte. El tratado angloirlandés, que puso fin en 1921 a la guerra de la independencia irlandesa, estableció tanto la creación del Estado Libre Irlandés como la posibilidad de que Irlanda del Norte optara por mantenerse dentro del Reino Unido. Y en ejercicio de esa opción las dos cámaras del Parlamento norirlandés rogaron al rey Jorge V que los poderes del Parlamento y el Gobierno del nuevo Estado Libre Irlandés no se aplicaran a Irlanda del Norte, lo cual consumó la divisón de Irlanda que ha subsistido hasta hoy.

Al otro lado del Atlántico, la perspectiva de una partición también se ha planteado. Si Quebec se separase de Canadá, existen territorios que podrían separarse a su vez de Quebec. En el 2015, el entonces líder del independentista Partido Quebequés, Pierre Karl Péladeau, tuvo su momento de gloria cuando invitó a un encuentro de su formación al jefe de la Asamblea de Primeras Naciones (o tribus indias) de Quebec y Labrador, Ghislain Picard. En su discurso, el jefe Picard dijo que él era soberanista, pero añadió que los pueblos indígenas también tienen derecho a la autodeterminación, lo que podría resultar en su separación de un Quebec independiente. (Después del encuentro, el PQ se apresuró a emitir un comunicado para reafirmar su compromiso con la indisoluble unidad de Quebec.)

Precedentes, como se ve, los hay. Y lo más curioso de todo es que la secesión recursiva también tiene su precedente en la legislación catalana. Antes de su disolución, el Parlament de Catalunya estaba tramitando la ley de creación de la comarca del Lluçanès. Pues bien, la disposición transitoria segunda del proyecto de ley dice que los municipios en los que triunfó el no en el referéndum sobre la creación de la comarca tienen seis meses para decidir si quieren seguir formando parte del Lluçanès «o bien reintegrarse a la comarca a la que estaban adscritos anteriormente».

Trasladado al ámbito del proceso soberanista, esto plantea un dilema interesante. Antes que en Tabarnia fijémomos en la Vall d’Aran, donde el 21-D Ciudadanos obtuvo más votos que JxCat, ERC y la CUP sumados, y el bloque constitucionalista dobló en apoyos al independentista. Llegado el caso, ¿se debería permitir que este territorio se reintegrase al Estado –léase España– al que estaba adscrito anteriormente? En otras palabras, si España es divisible, ¿Catalunya también lo es?

Albert Branchadell, profesor de la Facultad de Traducción y de Interpretación de la UAB.

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