Tabla de salvación

La contestación de los sindicatos y los reproches de la CEOE, junto a la distante y crítica actitud con la que los partidos de la oposición saludaron inicialmente el documento que el Gobierno piensa convertir mañana en texto articulado, no dejan en muy buen lugar la reforma laboral. La duda que surge de inmediato es si no era esta la situación que buscaba Rodríguez Zapatero, con su modo de administrar tiempos y diálogos. O, cuando menos, si no era esta la situación hacia la que el presidente tendía instintivamente. No tanto debido a que siga creyendo en las virtudes del término medio, incluso cuando este se hace imposible. Sobre todo porque cuanto está ocurriendo en la política española y sus alrededores responde a necesidades de corto plazo. Las decisiones se precipitan cuando el tiempo disponible se agota tras una reacción colectiva tardía; y cuando en cuestión de horas las cosas podrían ensombrecerse aún más.

Visto lo cual, el socialismo puede estar ya pensando en perder lo menos posible mediante una solución pretendidamente salomónica que enfríe el ánimo de las centrales sindicales a la hora de pensar en la eventual convocatoria de una huelga general y evite al Gobierno el estigma que podría suponerle la expresa identificación de su propuesta con las posiciones de la patronal. Todo ello aderezado con cambios normativos en el mercado de trabajo ideados para reducir la dualidad en los contratos y para fomentar la integración laboral de los más jóvenes.

Aunque es probable que la solución ofrecida pretenda ir más allá de lo inmediato e, inconscientemente, el socialismo español esté tratando de dotarse de una tabla de salvación, la única disponible, para afrontar el próximo y difícil periodo. La tabla de salvación, en este caso, consistiría en mantener de alguna manera esa parte de su suelo orgánico y electoral que representa el movimiento sindical. Y no únicamente en lo que se refiere a las dos o tres próximas convocatorias. La gran encrucijada a la que se enfrenta la socialdemocracia europea es que ni puede eludir la toma de decisiones drásticas respecto a lo que su clientela tradicional considera el capítulo de los derechos colectivos irrenunciables, ni puede pretender que le sea agradecido su sentido de la responsabilidad con el respaldo de otras capas sociales. Es esto lo que propicia la parálisis de la izquierda, cuando se percata de que la derecha se dispone a cobrar los beneficios de tan endiablada encrucijada. Una flexibilización a ultranza de las relaciones laborales cuestionaría abiertamente el papel tradicional de los sindicatos, no sólo porque obligaría a desarmar el andamiaje de los convenios generales a favor de una negociación empresa por empresa, sino porque esta se daría en función de criterios de productividad y competitividad y, por tanto, se volvería además menos colectiva.

Es verdad que un cambio drástico en el mercado de trabajo cuestionaría también la actual organización de los intereses empresariales. Pero las opciones políticas conservadoras no precisan de su organicidad como le ocurre a la socialdemocracia con los sindicatos. El problema para estos y para la socialdemocracia es que se trata de un cambio imparable que sólo en el corto plazo depende de su contención por parte del Gobierno en tanto sea capaz de tramitar una reforma ajustada. Cuando Rodríguez Zapatero se refirió a que la reforma sería efectiva para las dos próximas décadas no tuvo en cuenta que los acontecimientos de la globalización obligarán probablemente a profundizar en la paulatina flexibilización de las relaciones laborales. Por limitados que sean los cambios que se proponga introducir el Consejo de Ministros de mañana, emplazarán a los sindicatos a variar sus estrategias de poder, más allá de lo que hagan con su prematura amenaza de convocar una huelga general. Porque lo que no revise expresamente la nueva normativa se verá afectado por la fuerza de los hechos. Es lo que probablemente ocurrirá con la negociación colectiva. En el fondo el gran desafío al que se enfrentan los sindicatos es el mismo que interpela a la socialdemocracia: tienen que demostrar su utilidad, más allá de las adhesiones ideológicas o de tradición que se procuren. Se trata de un desafío que se volverá especialmente crucial cuando la flexibilización laboral en las relaciones industriales entre en abierta contradicción con el mantenimiento de una función pública en constante acumulación de derechos adquiridos. Algo de esto se evidenció el pasado día 8 en la tímida respuesta que los propios funcionarios dieron a la convocatoria de huelga en el sector.

Kepa Aulestia