Tablero geopolítico UE

La Unión Europea oscila hoy entre sufrir las tensiones China-Estados Unidos y afirmarse como actor global; ser mero tablero sobre el que se ventilan las pugnas de los dos grandes poderes, y erigirse en tercer vértice del orden mundial que emerge. Protagonismo éste a nuestro alcance, pero que no tenemos asegurado en absoluto. En consecuencia, no podemos desaprovechar la oportunidad que ofrece la renovación del tándem Parlamento Europeo-Comisión y la opción de situar a la cabeza del Consejo Europeo a una figura que dé la talla. Nuestra construcción de futuro común requiere una visión clara compartida, una estrategia templada y una táctica eficaz.

Después de un tiempo guardando las distancias, a ambos lados del Atlántico asistimos a un frenesí diplomático y político hacia China. De telón de fondo está la prioridad que alcanzan las tecnologías verdes, calificadas coincidentemente por Pekín, Washington y Bruselas como territorio de frontera en el que se juega el mundo de mañana. Pese a su relativa levedad en cifras actuales.

Así, la Secretaria del Tesoro estadounidense ha terminado su segunda visita a China en nueve meses. La anterior -en julio de 2023- estuvo centrada en limar asperezas relacionadas con el COVID-19, Taiwán o el comercio y sus reglas. Pero esta vez, en lugar de calmar las aguas, Janet Yellen las agitó a conciencia. Su mensaje a Pekín fue inequívoco: la sobreproducción del líder asiático es un problema para el resto del mundo. Expresión proyectiva que ha de entenderse referida a "Occidente", puesto que el denominado "Sur Global" no se queja de los bajos precios de las importaciones: "Si la gente te envía mercancías baratas, deberías mandarle una nota de agradecimiento". Tesis clásica que, sin duda, la propia Yellen suscribía antes -y ahora rechaza sin ambages-.

La Secretaria se ha beneficiado de una flexibilidad poco habitual por parte de las autoridades chinas, conocidas por su aversión a la crítica. Esta actitud se explica por las asimetrías y fragilidad que caracterizan su economía nacional de presente: indudablemente, el realismo ha atemperado los ardores de Guerrero Lobo del Partido Comunista. Además, en una cultura que venera la memoria, cuentan los llamamientos de Yellen -en los primeros días de la Administración Biden- a reducir los aranceles que afectaban a Pekín; su reputación dovish (conciliadora) ganada por su respaldo a la candidatura del hoy gigante en la Organización Mundial del Comercio en 2001.

Yellen señaló el lunes que, en los años siguientes a esta incorporación, EEUU perdió dos millones de puestos de trabajo y vio «vaciarse» su capacidad industrial. Y concluyó que «no sería aceptable para Estados Unidos ni para el presidente Biden permitir que esto vuelva a ocurrir». Su preocupación se focaliza en la amenaza a las cadenas de suministro mundiales de tecnologías verdes. Y no carece de fundamento. Los datos cantan: China originó el 70% de las ventas de vehículos eléctricos de fábrica en diciembre de 2023; y su cuota de mercado en paneles solares a lo largo de la cadena manufacturera excede el 80% -en el refinamiento de las tierras raras, esa cifra supera el 90%-.

China redobla su apuesta por lo que el Presidente Xi adjetiva de «nuevas fuerzas productivas» -que incluirían las energías limpias- como palancas para levantar una economía debilitada, mediante masivos envíos fuera del país: el año pasado, aumentó un 30% (con respecto al previo) la exportación de paneles solares, coches eléctricos y baterías de litio, conjunto bautizado "los nuevos tres" (reemplazando a los tradicionales "grandes tres" de ropa, electrodomésticos y muebles). Si bien aquellos tienen un amplio potencial de crecimiento, actualmente son un capítulo menor en las exportaciones totales: entre enero y septiembre de 2023, representaron el 4,5% -3,2% en idéntico periodo de 2022-).

La longa manu internacional de Xi viene de lejos, como subrayó Yellen: «Hemos visto esta historia antes. Hace más de diez años, el masivo apoyo del gobierno de la República Popular China (RPC) resultó en acero chino por debajo del coste que inundó el mercado global y diezmó industrias en todo el planeta y en los Estados Unidos». De igual manera, la inversión de Pekín en las renovables tiene mucho recorrido. Tras más de una década de subvenciones a la producción de tecnologías verdes -el meollo de las quejas transatlánticas-, su competitividad es una realidad de partida.

En cuanto a Europa, la Comisión protagonizó una escaramuza en 2013 en materia de paneles solares: su decisión de adoptar medidas antidumping se quedó en agua de borrajas por las fuertes presiones de ciertos Estados miembros -principalmente Alemania-; sus temores a la retorsión de Pekín. El martes 9, la Comisaria de Competencia reconoció que la misma «guía» seguida en pos de dominar el sector solar, la está desplegando la RPC «por todas las áreas de tecnología limpia [...] en tanto refuerza su estrategia de apoyar la oferta para hacer frente a su desaceleración económica». Recalcó que esto «pone en peligro nuestra seguridad económica».

En notable ejemplo de divergencia, Berlín sigue siendo una de las voces más críticas de lo que percibe como antagonismo al país asiático. En septiembre, su Ministro de Economía y Protección Climática, Robert Habeck, expresó malestar ante las contempladas acciones dirigidas a esta invasiva política: «La industria automovilística alemana tiene miedo -y con razón- de que [...] si se impusieran aranceles sobre coches chinos [...] tendríamos que temer las represalias». Así, y a pesar del agravio que entraña, la "adicción" china aumenta sostenidamente: el déficit comercial de la UE con el Imperio del Medio rondaba los 300 mil millones de euros en 2023, el triple de 2013.

En este ambiente, las capitales leen en los posos de té el estreno pospandemia de Xi en nuestra geografía; el significado de haber elegido Budapest y Belgrado como destinos, además de París. Por su parte, Scholz prepara otro desembarco en China con séquito empresarial (ver Equipaje de Mano del 5 de noviembre de 2022) que emulará la delegación de ejecutivos sénior estadounidenses que se fueron a Pekín en marzo. Mientras, en España, salta la noticia de la llegada de Chery -destacada productora china de coches eléctricos- a Barcelona, en lo que será su planta inaugural en suelo europeo.

La UE no puede mantenerse en este rumbo. Empezando por la entrante Comisión, la competitividad ha de primar en el próximo mandato, con especial énfasis en la reindustrialización. No se trata de jugar a ser meramente árbitro, sino a desempeñar un rol activo que aclare y afirme nuestros intereses.

Sin dejarse arrastrar por las incertidumbres que emanan de las elecciones presidenciales en noviembre, y sin dejar de obrar por una estrecha armonía en la relación transatlántica -vital por el carácter existencial de la guerra de Ucrania-, la UE necesita provocar un cambio con EEUU, cuyo proteccionismo disfrazado de ambición climática ha supuesto un golpe a los aliados. El Inflation Reduction Act tiene efectos secundarios nocivos para la industria verde autóctona que atrae a su orilla. Así, Washington parece olvidar que la política hacia China sólo dará resultados con colaboración europea.

El lunes pasado se reunieron para hablar del asunto que nos ocupa los Ministros de Economía francés, italiano y alemán; este último -Habeck- resumía certeramente la situación: «¿Quiere Europa ser simplemente reguladora, o podemos imaginar una Europa en la que el continente sea un actor geopolítico importante?». Y proseguía: «Los tres estamos de acuerdo en que esta última es la respuesta correcta». Es la determinación requerida. Si cada capital comunitaria -si Berlín- va por su cuenta, dejándose guiar por metas defensivas y cortoplacistas, la UE se limitará a ser tablero de enfrentamientos de los dos grandes.

Ana Palacio

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