Tailandia, entre colores y sombras

El pasado 19 de mayo finalizó el último episodio de confrontación en Tailandia. Los camisas rojas fueron desalojados por el Ejército de la extensa zona que habían ocupado en el centro comercial de Bangkok. Quedaba la imagen de una sociedad desgarrada, y un trágico balance de muertos y heridos.

Tailandia se enfrenta a las consecuencias de una división social y política, que le ha abocado a una inestabilidad de la que no parece poder salir. Dos personajes destacan en ese escenario: un anciano monarca carismático, querido por la inmensa mayoría de los ciudadanos; y un polémico magnate de los negocios convertido en político, cuyo legado divide en dos partes al país.

I. Ayer. Los problemas de la Tailandia de hoy solo pueden comprenderse desde una perspectiva histórica. La guerra fría marcó el arranque y consolidación del reinado de Bhumibol Adulyadej (Rama IX), que accedió al trono a los 18 años, tras la enigmática muerte de su hermano Ananda Mahidol (Rama VIII), y que ha protagonizado el reinado más largo de la historia del país. Además del carisma semirreligioso que ha envuelto a los monarcas siameses, Bhumibol ha sabido dar al trono una impronta única. Supo revitalizar esa institución y ahora se teme que su auctoritas no pueda ser asumida en plenitud por su heredero presunto. La monarquía tailandesa tendrá que emprender una reforma sustancial para adaptarse a un futuro diferente.

En estos más de 60 años se han producido numerosas modificaciones constitucionales y se han alternado regímenes militares con períodos de democracia, generalmente breves. El país ha vivido convulsiones violentas en 1973, 1976 y 1992. Dictadores militares y primeros ministros elegidos se han sucedido vertiginosamente.

El único elemento de continuidad en estos 63 años ha sido el rey Bhumibol, que ha dado así estabilidad al país. El establecimiento de una democracia moderna y sólida sigue siendo aún una asignatura pendiente, pero es cierto que durante el presente reinado Tailandia ha experimentado un notable despegue económico, empañado, sin embargo, por su naturaleza desigual, con fuertes desequilibrios entre las clases medias urbanas y las masas rurales.

II. Hoy. El siglo XX finalizó en Tailandia con el estallido de la crisis financiera en 1997-1998. Aunque la sociedad dio muestras de gran capacidad de recuperación, los efectos de la crisis se harían sentir en el plano político.

En 1997 se aprobó la Constitución más democrática de su historia. Se pretendía acabar con un largo período de gobiernos civiles débiles, surgidos de partidos clientelistas, sometidos a la hegemonía de la élite militar-burocrático-aristocrática capitalina de siempre. Pero ese intento no pudo prever la emergencia de un fenómeno nuevo como el thaksinismo. Thaksin Shinawatra es un exitoso hombre de negocios originario de Chiang Mai, de origen chino, que partió del negocio familiar de la seda para levantar un inmenso conglomerado de empresas, la Shin Corporation.

Sobre la base de esta gran fortuna, Thaksin construyó una plataforma política a través del partido Thai Rak Thai (TRT) que, al amparo de la crisis de fines de los noventa, obtuvo en los comicios de 2001 una amplia victoria. Con la compra -literal- de algunos partidos menores, Thaksin se hizo con un poder omnímodo y puso en marcha políticas populistas de condonación de deudas, sistema básico de sanidad y promoción del desarrollo rural. Esa política le brindó la adhesión de las masas campesinas del norte y noreste, hasta entonces marginadas por la élite de Bangkok.

La imagen progresista de esta faceta del thaksinismo no se corresponde con su ejercicio del poder en el plano de las libertades civiles. Thaksin llegó al poder por vías democráticas, pero lo ejerció con sesgo intolerante e injusto. Creó en torno a sí una trama de corrupción inusitada. Confundió los intereses públicos con los privados, infringió los derechos fundamentales con su campaña de ejecuciones extrajudiciales en la “lucha contra la droga” -más de 4.000 asesinatos entre 2001 y 2005-, y reprimió brutalmente la insurrección de las provincias del sur, de mayoría malayo-musulmana. Además, amordazó a los medios de comunicación y manipuló a la judicatura y las instituciones independientes.

La consecuencia fue que, mientras las bases rurales y el subproletariado urbano, agradecidos al único político que se había preocupado de ellos, formaban un sólido bloque electoral thaksinista, otros sectores del país, de origen diverso -élite tradicional, capas urbanas educadas, provincias meridionales discriminadas, etcétera-, formaron un bloque opuesto. La división estaba servida.

Los antithaksinistas adoptarían el color amarillo, con el que mostraron su adhesión al rey y a la monarquía. Los camisas amarillas de la Plataforma Popular por la Democracia (PAD) protagonizarían las movilizaciones de masas que desencadenaron el infausto golpe militar del 19 de septiembre de 2006, que derrocó a Thaksin. Sus distintas corrientes inspirarían la nueva Constitución de 2007, hoy vigente.

Frente al Gobierno promilitar de Surayud Chulanont (2006/2007), apoyado por los amarillos, surgió el movimiento de los camisas rojas -Unión por la Democracia contra la Dictadura (UDD)-. En ese período, Thaksin permaneció en el exilio, liderando a distancia a sus partidarios.

Tanto los camisas rojas como los amarillos son grupos heterogéneos, en los que coexisten reivindicaciones legítimas con oscuros intereses de poder. Los rojos prothaksinistas predominan en los sectores rurales y el proletariado urbano y son hegemónicos en el norte y el noreste. Los amarillos proceden sobre todo de las clases medias urbanas y de la élite tradicional de Bangkok. Los feudos de los amarillos están en Bangkok y en el sur… Los amarillos son hegemónicos en el Ejército, y los rojos en la Policía. Pero en cada sector existen minorías del bando adversario. La división es compleja. Y, como se ha dicho muchas veces, en Tailandia no todo es lo que parece…

Tras las elecciones de diciembre de 2007 el nuevo partido prothaksinista PPP (Partido del Poder Popular) salió vencedor. Pero los amarillos emprendieron movilizaciones a lo largo de 2008, con la ocupación de la Casa de Gobierno, la caída del primer ministro Samak Sundaravej, la toma de los aeropuertos de la capital, y la destitución por los tribunales del Gobierno de Somchai Wongsawat, cuñado de Thaksin.

Se formó en diciembre de 2008 el Gobierno actual, en torno al Partido Demócrata de Abhisit Vejjajiva, que formó una coalición con partidos menores y disidentes del thaksinismo, patrocinada por el Ejército y la burocracia palatina.

La historia más reciente es conocida; si los camisas amarillas pusieron cerco y derribaron a dos Gobiernos en 2008, los camisas rojas juraron venganza y se pusieron desde el primer momento frente a la nueva coalición de Gobierno, que consideran ilegítima. El último episodio de confrontación ha sido el ya descrito, con el triste balance de 88 muertos y cerca de 2.000 heridos.

III. Mañana. La escena que prevalece estos días en Tailandia es la de la desolación frente a las secuelas del enfrentamiento y la división. Los rojos deberían considerar la conveniencia de romper los vínculos que les atan a Thaksin. Los amarillos deberían desprenderse de las lacras feudales y reaccionarias de un sistema anacrónico.

El diálogo y la conciliación son indispensables. Quienes han cometido infracciones a la ley, sean rojos o amarillos, deben ser tratados por igual y los responsables de las tropelías -incluyendo a quienes las manipularon y financiaron desde el exterior- deben hacer frente a sus responsabilidades. Algunos expertos proponen la formación de un ejecutivo de unidad, que auspiciase las reformas constitucionales previas a la apertura de un proceso electoral limpio, cuyos resultados deberían respetar todos. Esta actitud conciliadora es aún más necesaria cuando Tailandia se encuentra en las postrimerías de un reinado que ha marcado, con sus luces y sus sombras, más de 60 años de su historia reciente.

Ante las incertidumbres del futuro, los tailandeses deberían acreditar sus virtudes naturales: el rechazo a la violencia y a la confrontación, la solidaridad entre familiares y vecinos, la ayuda mutua, la compasión y la armonía; en una palabra, el mensaje que emana del budismo theravada que siguen en su mayoría. En definitiva, es el pueblo tailandés el que ha de determinar pacífica y libremente su propio destino.

Juan Manuel López Nadal es diplomático.

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