Taiwán sin red

La nueva presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, tiene ante sí una agenda repleta de desafíos. Algunos de ellos guardan lógica relación con la marcha de una economía muy dependiente de las exportaciones en un contexto internacional adverso, con las dificultades para sumarse a los procesos de integración económica regional en curso, las exigencias de la justicia social, etcétera, pero el mayor de ellos, sin duda, es la construcción de un nuevo marco de entendimiento a través del Estrecho, con China continental.

Desde su victoria, en enero, Pekín, por activa y por pasiva, le ha enviado múltiples e insistentes mensajes a propósito de la necesidad de mantener la base política común construida en los últimos años y que ha permitido, durante los dos mandatos del Kuomintang (KMT), estabilizar las relaciones y multiplicar los intercambios. Desde el reconocimiento diplomático de Gambia a las deportaciones al continente de sospechosos de fraude taiwaneses desde Kenia o Malasia pasando por las condiciones de su participación en la inminente Asamblea Mundial de la Salud, China ha dejado claro que no le facilitará las cosas si se apega formalmente a un statu quo que en la práctica signifique abogar por el distanciamiento.

No pocos tendrán en mente ahora el mandato de Chen Shui-bian (2000-2008), también de su formación, el Minjindang o PDP, una época bien tensa en las relaciones bilaterales por su insistencia en la construcción de una identidad propiamente taiwanesa. Chen acabó en la cárcel por corrupción, pero sus políticas en esta materia han fecundado en nuevas generaciones de taiwaneses que reniegan de las hipotéticas raíces chinas. Tsai dispone, a diferencia de su antecesor, de una mayoría absoluta holgada en el Parlamento que puede facilitarle algunas cosas, pero está condicionada por los avances en la reunificación de hecho que el KMT y el PCCh han sabido construir los últimos ocho años. ¿Desandará ese camino?

El nuevo clima político ha dado un giro de 180 grados y se ha apreciado con claridad en los ecos de propuestas como la retirada de los mausoleos de Chiang Kai-shek o de Sun Yat-sen o la supresión de los fastos conmemorativos de episodios históricos que refuerzan los vínculos de Taiwán con el continente. Mientras el KMT se apresta a denunciar lo que llama «desinización», Tsai apuesta por la moderación y resta importancia a estas iniciativas, por el momento de recorrido incierto.

Su discurso de investidura, el viernes 20, será objeto de minuciosa lectura. Los grupos independentistas esperan de ella una rotunda reafirmación de la identidad taiwanesa. Pekín ha perdido la esperanza de cualquier alusión al Consenso de 1992, que considera la piedra de toque de su política en los últimos años. Ese consenso sintetiza el acuerdo a propósito de la existencia de una sola China en el mundo, aunque cada parte lo interpreta de distinta manera. Para Taipéi es la República de China; para Pekín, la República Popular China. El PDP reconoce que hubo esa reunión y entiende su espíritu, pero no reconoce el término.

Todo apunta a que la actitud del PCCh será inflexible con una presidencia taiwanesa simplemente renuente, ya no digamos si es beligerante. Pekín será firme y restrictivo con Taiwán, y cabe esperar gestos contundentes de presión y de respuesta. Desde la reducción del turismo continental, la suspensión del diálogo oficial o la asfixia diplomática, una batería gradual de medidas podría aplicarse gradualmente. A Pekín, no obstante, tampoco le interesa precipitarse en juicios y actitudes con los que puede perder más que ganar entre la opinión pública taiwanesa y agudizar las tensiones internas de sus aliados. Para Tsai, el conflicto entre la meta de mantener el estatu quo y la lealtad a su base política es inevitable.

Los apoyos con los que Tsai podrá contar, más allá de su electorado y el campo soberanista, son muy limitados. Ni EEUU ni Japón sacrificarán sus relaciones con China. Además, Tsai debe resolver con Washington asuntos tan delicados como la importación de carne de cerdo con ractopamina, que bloquea su participación en el Acuerdo Transpacífico. Y con Japón persisten disputas marítimas que, como se ha visto recientemente con un incidente pesquero en el atolón Okinatori, pueden limitar su reconocida simpatía pronipona. Taiwán tiene con ambos países intereses comunes, pero también muchos puntos de conflicto.

China nunca ha renunciado al uso de la fuerza militar contra Taiwán, si bien no figura en la agenda inmediata. Tiene muchas otras alternativas previas. En todo caso, la dificultad de mantener a largo plazo la estabilidad a través del Estrecho es evidente y la amenaza de colapso es verosímil. En estas circunstancias, formular como política la inmovilidad no parece realista.

Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China y autor de ‘China pide paso’.

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