¿Tan lejos queda Asturias? (1)

Después de discutir de política con gente avezada en Sevilla, Madrid y Valencia, estoy un tanto perplejo. Y es que puestas en claro las conversaciones, pasadas a limpio las notas, me encontré con una sorpresa. Nadie me preguntó en ningún momento por Catalunya. Ni para bien ni para mal. De haber sido yo tertuliano, de los de aquíode los de allá, hubiera debido sentirme acomplejado. Deteriorada mi autoestima, por los suelos mis aspiraciones de analista.

Ocurre que la gente que sabe eso de usar la dialéctica y el análisis político no encuentra razón alguna para debatir sobre Catalunya, ni a favor ni en contra, sencillamente porque lo de aquí les parece atado y bien atado. El tripartito dejó las cosas tan obvias como un erial indefendible, y por poco esfuerzo que estos caballeros hagan, se consolidan. Como hoy no toca, vamos a dejarlo aquí a la espera de mejor ocasión.

El problema autonómico en España no es tanto del café para todos, que es algo que cada cual hubiera debido asumir a su modo. La cuestión está en lo del café con leche, porque ocurre que el café es un producto administrable, exquisito y para tomar en proporciones adecuadas. El conflicto surge con la leche. No hay lugar de España donde tomar un café con leche no exija precisiones muy curiosas que alcanzan hasta el chiste; en algunos sitios basta que usted pida un café para que le sirvan un café con leche. La semiótica del café – solo, cortado o con leche, y sus variantes-es de una complejidad hispánica digna de estudio. Y el lío siempre está en la leche. No hace falta decir que detesto el café con leche y sin embargo me costaría vivir sin café – confío en que al gobierno de turno no le dé por prohibirlo en público o en presencia de los niños-y además adoro la leche; pertenezco a la generación de proustianos de aldea que gozábamos con la leche recién ordeñada, caliente de vientre de vaca, espumosa, que dejaba los labios embadurnados de nieve y un bigote de payaso infantil.

La concepción del café con leche para todos lleva implícita una confusión basada en la irresponsabilidad. Mientras se trata de café, se está hablando de recursos y administración, pero si se añade la leche entramos en otro mundo. Nadie le da especial valor a la leche, y así pasa que un día se descubre que el café con leche es un despropósito basado en la costumbre.

Las metáforas las carga el diablo, les ocurre como a las armas; en ocasiones se parecen. Digan lo que digan los charlatanes de las barricadas radiofónicas, las autonomías resultan un sistema caro e incómodo, pero no tienen vuelta atrás. No hay sistemas baratos y cómodos. Nadie, ni el espantajo del Aznar hirsuto que nos sacan de vez en cuando para asustarnos, puede amenazarnos con un retroceso. El centralismo no está muerto, pero carece de futuro, lo que sucede es que la frivolidad tampoco está muerta y aún tiene futuro. Somos nuevos ricos muy venidos a menos, y quiero dejarlo aquí porque el tema tiene su aquel, su fuste y su intrahistoria. Otro día.

Por diferentes razones, las autonomías que tienen peso en la política no son históricas, sino cíclicas. Sube Euskadi, baja Catalunya, se mantienen Madrid y Valencia; mañana puede ser diferente. Pero cuando nos referimos al poder no hay autonomía que valga; el poder y la política, si hablamos en propiedad, es el Estado, de ahí que las polémicas autonómicas, por más nacionales e identitarias que parezcan, son limitadas porque no abarcan todo el poder real. Por eso mismo mencionar Asturias es como referirse a Andorra en los debates de Davos sobre la economía mundial. La única diferencia es de autoestima, y es verdad que puestos a buscar un elemento común entre Catalunya y Asturias, el único que encuentro es el de la autoestima. Son sociedades que tienen un egregio concepto de sí mismas.

En similar medida a que usted puede debatir sobre la situación política española y apenas mencionar Catalunya, ¿qué le voy a decir de Asturias? Asturias es a la política española lo más parecido a Cerdeña en la política italiana. Proveedora de liderazgos políticos, institucionales y empresariales, sin exagerar tampoco, pero muy por encima de su escaso millón de habitantes. Pero allí ha ocurrido algo insólito, excepcional, tan raro que llevaban décadas barrutándolo y aún no acaban de creérselo, porque los asturianos son de natural descreídos y blasfemos – sólo Navarra y La Rioja superan en blasfemias a los asturianos, aseguraban hace años un equipo de expertos-.¿Sabían ustedes que las blasfemias no existen en euskera y son muy limitadas en Catalunya, a menos que se castellanicen?

En Asturias, y en un mes, se han encabalgado dos acontecimientos que tienen un valor que trasciende la región y que iluminan ángulos ocultos de nuestra vida política. Primero la presentación de Álvarez-Cascos como candidato de un nuevo grupo, creado para la ocasión, pero temible de futuro, denominado Foro Asturias. Para quien no conozca al personaje, y muy especialmente en Catalunya, donde existe cierta confusión sacristanesca entre convicciones y comportamientos: Francisco Álvarez-Cascos es un profesional de la política en un país que en general tiende al amateurismo.

Me admira – lo reconozco-cómo ha sabido medir los tiempos, los contactos, los silencios y hasta los apoyos. No votaré a Álvarez-Cascos en mi vida, pero eso no tiene la más mínima importancia. Hay que introducir la figura de Álvarez-Cascos en nuestra efímera memoria política. Hace ya algunos años dediqué una serie de artículos a su valoración de la figura de Jovellanos, convertido hoy Jovino en una especie de Prat de la Riba de la cultura asturiana, si es que fuera posible hacer tal símil, jugando con dos siglos y dos personalidades tan radicalmente diferentes. Yo tengo en escasa estima intelectual al prócer Jovellanos, lo reconozco. Pero resulta que Cascos es un profesional de la política sin el cual no sería posible entender la derrota del PSOE, la conformación del Partido Popular como alternativa y sobre todo la resistible ascensión de Aznar. Lo que viene luego es otra historia. La soberbia de la victoria. Cascos es suficientemente soberbio para alimentar la suya en solitario. Habría que contar cómo el hombre que decidió, uno a uno, los pequeños líderes de un PP en ascenso, de pronto se encontró fuera. Los partidos, al menos en España – y sospecho que más o menos en todas partes-se parecen a los bancos en vísperas de la quiebra, carecen de memoria.

La presentación de Álvarez-Cascos con su Foro amenaza radicalmente un curioso statu quo entre el PSOE y el PP en Asturias, hasta el punto de hacer planes juntos para conjurarlo. Y cuando creían que el peligro estaba de momento controlado, una juez de Gijón, Ana López Pandiella, levanta una esquina de la alfombra, sin conciliábulos ni mediaciones, y lleva a la cárcel, entre otros, a José Luis Iglesias Riopedre, una leyenda de la izquierda asturiana. Leyenda posmoderna, porque las leyendas históricas caducaron allá hacia 1964. Ex dominico, ex comunista, ex profesor y, sobre todo, ex consejero de Educación durante un montón de años y dirigente socialista hasta anteayer que le suspendieron de militancia fulminantemente.

Pero se pararon los relojes. Álvarez-Cascos inventa un partido – Foro Asturias, al que los sondeos conceden mayoría absoluta en las inminentes autonómicas-y el más honrado, hay quien dice que el único, de los iconos de la izquierda asturiana – siempre mixta, transversal, social y comunista-,en la cárcel por cinco delitos: prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, fraude y negocios prohibidos para funcionarios.

¿Qué ha pasado para haber llegado hasta aquí? El paraíso natural de los anuncios convertido en un vistoso vertedero; lentamente, de manera consensuada. Para ti Gijón, para mí Oviedo. Baste decir que la persona más involucrada en la descomunal burla de bienes públicos goza de la peculiaridad de ser alto cargo socialista y esposa de candidato popular. ¡Quién dijo que el matrimonio no tenía futuro!

Por Gregorio Morán.

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