«Te recomiendo una cosa, Hugh: acepta el dinero, pero olvídate de todo»

Carlos Fuentes pertenecía al grupo de mexicanos brillantes con los que trabé amistad cuando empecé a escribir mi historia sobre la conquista de su país en 1999, después de trabajar varios años para Margaret Thatcher. Entre ellos estaba Octavio Paz, que en su juventud había sido gran amigo de Carlos. Por motivos que nunca he alcanzado a comprender, su relación se había deteriorado. Sin embargo, al final de su vida oí a Octavio lamentarse en una reunión celebrada en el convento de Sor Juana de no haber publicado más artículos de Carlos en su revista Vuelta.

Carlos y Silvia, su hermosa y encantadora mujer, tenían por costumbre pasar parte del año en Londres, así que nos resultaba fácil conservar nuestra amistad. ¡De cuántas cenas y comidas agradables hemos disfrutado! A lo largo de esos años comprobé lo brillantemente culto que era Carlos. Sus dotes para el inglés y el francés, además del español, eran maravillosas. Tenía sólidos conocimientos internacionales sobre la literatura de tres países y sobre la vida en otros lugares. Cada año abandonaba México hacia el mes de mayo y viajaba a Francia y España (al hotel Palace, en Madrid, o al Formentor, en Mallorca, donde remataba sus novelas). En una ocasión me contó que había leído todas las novelas de Dickens, excepto una que se reservaba para así tener algo que anhelar hacer en sus años de vejez (creo que era la espléndida colección de sus primeros relatos, titulada Los apuntes de Boz).

Desde sus primeros días como hijo de un diplomático, Carlos fue un personaje internacional de primer orden, aunque siempre mantuvo su profundo carácter mexicano. Él también había trabajado una temporada como diplomático, y, si no se hubiera opuesto a la presidencia de Luis Echevarría, habría sido un gran embajador. De hecho, ejerció como tal durante un periodo demasiado breve en París.

Le conocí en Italia, le oí en París y a menudo le veía en Londres y en España, además de en su bonita casa de San Jerónimo. El último acto público en el que vi a Carlos fue el festival de Aix-en-Provence, en el cual le rendimos distintos homenajes durante un largo fin de semana: como novelista, como testigo de su época, como intérprete del mundo suramericano y, por supuesto, como mexicano. A mí me correspondió hablar de Carlos en su vertiente de historiador y afirmar que sus novelas constituían una guía más apropiada para el estudiante de la historia mexicana en el trágico siglo XX que las obras de un analista político o un historiador tradicional. En una ocasión tuve el placer de presentar a Carlos en el pequeño teatro Lope de Vega en Sevilla, cuando él fue el encargado de hacer el pregón taurino.

Las novelas de Carlos son un archipiélago asombroso. Parecía publicar una al año. Creo que prefiero las primeras, como Gringo viejo, Terra nostra o La muerte de Artemio Cruz, a las más recientes. Pero la misteriosa Aurame pareció muy interesante (el año pasado fue hermosamente recitada en Aix por la admirable actriz Anne Alvaro).

Carlos entendía mucho de cine. Una vez vendí uno de mis libros, La conquista de México, a Spielberg para que rodara una película basada en él. Carlos me dijo, tal vez recordando el paso de Gringo viejopor el mundo de Hollywood: «Te recomiendo una cosa, Hugh: acepta el dinero, pero luego olvídate de todo. Si no, no solo te sentirás decepcionado, sino también humillado».

Carlos era un buen demócrata. No quería saber nada de dictadores como Somoza, Castro o Chávez. No le gustaban los sandinistas en su primera fase triunfalista. Fue a Cuba al comienzo de la revolución y jamás regresó ni sucumbió a los encantos de ningún comandante. En Estados Unidos era popular y tenía éxito, y a menudo daba conferencias en la excelente Universidad Brown, pero no quería perder el tiempo con la aventura del presidente Bush en Irak. Le gustaba el presidente Clinton, y me habló de una conversación que había mantenido con ese avezado hombre de Estado en compañía de Gabriel García Márquez y Bill Styron en Martha’s Vineyard, creo que en 1996. Querían convencer al presidente de que levantara el bloqueo a Cuba, pero a su vez se sintieron cautivados por la brillante imaginación de Clinton.

Carlos era un hombre sumamente culto, un estudiante y orador diestro en varios idiomas, un internacionalista responsable que conservó su patriotismo, un amigo generoso que constituía una compañía maravillosa y un entusiasta de su país.

Le echaré mucho de menos y será una persona irrepetible.

Hugh Thomas, historiador.

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