Teleseries e Historia Nacional

La sempiterna «crisis de la cultura» forma parte del paisaje de nuestro tiempo. Como la crisis ecológica, la globalización, los campeonatos mundiales de fútbol y, por lo que se ve últimamente, el rampante populismo. Todas esas crisis se reformularon en el mundo occidental durante una década tan intensa como sobrevalorada, los años sesenta. En aquel decenio fatal en tantos sentidos, un grupo de hippies avispados, jóvenes talentosos de provincias, en especial en Gran Bretaña y Estados Unidos, fue capaz de diseñar las futuras industrias del rock y la contracultura. Tuvieron las nuevas tecnologías de su parte. Sin ese eficaz invento de comunicación de masas que es la televisión, la democratización del consumo cultural, que sirvió para disolver o mitigar brutales tensiones sociales, resultantes del final del imperio británico o la implantación de los derechos civiles en la era Kennedy, no hubiera sido posible. De ahí que resulte relevante señalar, en un tiempo que ya podríamos denominar para nuestra desgracia como poscinéfilo, la conexión evidente entre el desarrollo reciente de teleseries y las necesidades de las nuevas identidades, nacionales y globales. La mirada obsesivo-compulsiva hacia los años cincuenta requiere una explicación.

Teleseries e Historia NacionalLa famosa y premiada «Mad Men» (2007-2015), que acaba de terminar tras ocho temporadas, siete años y 92 episodios, con el protagonista Don Draper de nuevo en el camino, «On the Road», como se tituló la famosa novela de Jack Kerouac publicada en 1957, reunió los elementos del folletín. En la neurótica apoteosis de una serie llena de nicotina, machismo y alcohol (lo que hoy resulta tabú), lo subyacente domina. Para algunos sesudos críticos culturales, aquello que arrastró al espectador de un episodio a otro no fue la patética vida emocional de Don, sino la mirada de la niña Sally, representada por la precoz Kiernan Shipka. Según esta interpretación, lo que observó el espectador medio estadounidense, para el cual –no lo olvidemos– se diseñó, fue la infancia de Sally, la misma de los «baby-boomers», la generación masiva de niños crecidos en los años cincuenta, feroces consumidores televisivos, cuyo representante por antonomasia es el expresidente Bill Clinton. Resulta determinante, decisivo por lo contemporáneo, que en la línea de la memorable y superior «Los Soprano» (1999-2007), de la que procedió el productor y guionista Matthew Weiner, la melancolía fuera emoción dominante. Bienvenidas las pasiones frías, lo esperable en una etapa postimperial como la que vive Estados Unidos. Puede durar desde 50 hasta 500 años, de todo hay precedentes. «Mad Men» refleja la última edad dorada antes del cataclismo sesentero. El final de la era patriarcal y el dominio WASP (blanco, anglosajón y protestante), de valores seguros e indiscutibles. Frente a la apología de la transparencia, habitual en el Western clásico, con sus héroes individualistas, la serie preparó al espectador para entender lo que continuó y le ha correspondido vivir. La catarsis final resulta necesaria, pues apunta a un tiempo pasado cuyos valores, los de la frontera estadounidense de siempre, pueden ser reinterpretados y actualizados.

La monstruosa avaricia de las grandes corporaciones que exhibe «Mad Men» representaría de manera impúdica la traición de las elites, que al hacerse cosmopolitas y globales dejarían de ser nacionales. De ahí que el rearme moral apunte hacia un nacionalismo posible, Obamiano, blando, adaptado a los requerimientos implacables de una globalización desordenada. La asombrosa y un tanto menospreciada serie alemana «Unsere Mütter, unsere Väter», «Nuestras madres y nuestros padres», o «Hijos del Tercer Reich» (2013), piadosamente titulada en inglés «La generación de la guerra», aborda en un contexto muy diferente un problema similar, la necesidad de un ajuste de los nacionalismos culturales a la globalización. En una discutible crítica aparecida en el «New York Review of Books», «Normal Nazis», Ian Buruma objetó la presentación heroica de alemanes normales y corrientes: «Uno se queda con la impresión de que, con independencia del grado de horror que hubieran representado los crímenes de la Alemania de Hitler, preferimos pasar el rato con nuestros encantadores héroes alemanes que con repulsivos extranjeros».

La teleserie, con el sólido apoyo de la industria televisiva alemana y el asesoramiento de excelentes historiadores, contó la historia entre 1939 y 1945 de cinco amigos. Hay una cantante de cabaret de nombre Greta del Torres (quizás una evocación de Imperio Argentina), los hermanos Wilhelm y Friedhelm, la enfermera Charlotte y Víktor, judío. Todos piensan al empezar la guerra que para navidad estarán en casa. Buruma acierta cuando señala que se trata –es una novedad importante– de una «telenovela en el frente del este». Filmada en un uniforme tono gris oscuro, recuerda «Salvad al soldado Ryan» de Steven Spielberg, inspirada a su vez en los documentales filmados por John Huston. La guerra es espantosa y proyecta la podredumbre interna del liderazgo nazi. El héroe es el que sobrevive para sí mismo, pues no quedan camaradas. El perspectivismo es de bajo nivel. No sabemos lo que pensaban Hitler y sus generales, pues lo que cuenta es lo que ocurre a estos cinco alemanes jóvenes, bellos y confiados, de los que sobreviven tres. Al final, se encuentran en Berlín, donde todo comenzó. Toca pasar página. Este «nuevo» folletín televisivo exhibe melancolía, critica la traición de las elites y celebra un feminismo contemporáneo. Tras sobrevivir a una violación por parte de soldados soviéticos, la enfermera Charlotte es salvada por una bellísima comisaria del partido comunista, a la que pregunta la razón de su generosa conducta: «Debemos dejar atrás esto y levantar el mundo que viene». Exponente de un nacionalismo alemán no culpabilizador, resulta inevitable compararla con la descontinuada teleserie británica «The Hour» (20112012), ambientada en el Londres de 1956. El gobierno se aprovecha de la guerra fría para recortar libertades públicas. Pero en la BBC hay un equipo de periodistas dispuestos a hacer triunfar la verdad, dirigido por la productora Bel Rowley. El héroe Freddie Lyon lo es al viejo estilo, sin fisuras. Joven y airado reportero, defiende los valores de la democracia británica frente a los nuevos traidores (el Establishment siempre, la influencia USA). Los diálogos son largos y el pensamiento fuerte, nada que ver con la alicaída «Downton Abbey» (desde 2010), sutil adaptación del subgénero literario de «escritura de casas» al formato televisivo. Indisimulada apología del sistema de clases británico, no sólo muestra que los ricos también lloran, sino los riesgos de una movilidad social descontrolada. El éxito global de la serie vincula la marca-país Gran Bretaña con valores que demandaba tras la catástrofe Lady Di: nobleza, tradición, reformismo sensato.

En clave nada melancólica, finalmente, hay que mencionar que las teleseries recientes españolas se insertan en el imaginario global con ventaja, si apuestan por dejar atrás la caspa del guerracivilismo, los complejos de inferioridad y las referencias localistas. Si el gran éxito de «Isabel», sobre la reina católica, era previsible (su secuela «Carlos, rey emperador» debe seguir por la misma senda), merece la pena destacar que la demanda multiplicada de «Águila roja», ambientada en el siglo de oro, o de «Galerías Velvet», en los años cincuenta, prueban que existe un amplio espacio visual global para la representación de los españoles del siglo XXI, a través del extraordinario pasado común en el que se configuraron como nación.

Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.

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