Temeridad y limitaciones de Erdogan

La operación de comunicación diplomática y de seguridad de Ankara tras el atentado de Viena de noviembre de 2020 enfatiza el control del que se jacta Erdogan sobre los ciudadanos con doble nacionalidad, puesto que también son austriacos, desde el corazón de Viena hasta Antioquía.

Esa voluntad de proyectarse hacia el interior del territorio europeo se reafirma con la construcción de enormes mezquitas supervisadas por la Diyanet (Oficina Central de Culto dirigida por Ali Erbas, el imán que, sable en mano, dirigió la oración en Santa Sofía el 24 de julio) desde Colonia hasta Estrasburgo, donde el complejo inmobiliario alrededor de la mezquita de Eyüp Sultan va a incluir también el Consulado General de Turquía y edificios para la comunidad. Crea una mezcla de géneros religiosos, políticos y sociales que varios dirigentes europeos consideran excesivamente intrusiva.

En ese contexto se planteó en noviembre la amenaza de una ruptura de la unión aduanera entre la Unión Europea y Turquía, lo que supondría un golpe muy duro para una economía sumamente afectada por la gestión de Erdogan, partidario de la reactivación y usuario inmoderado de la máquina de hacer billetes. Tuvo que destituir al gobernador del Banco Central el 7 de noviembre, cuando la lira turca tocaba fondo, depreciándose más de un tercio de su valor frente al dólar y al euro, y cuando la inflación superaba el tipo de interés.

También tuvo que asumir la dimisión de su todopoderoso yerno, Berat Albayrak, ministro de Economía y homólogo del yerno de Donald Trump, Jared Kushner, en la gestión de la relación empresarial entre las dos familias y sus entornos presidenciales, al día siguiente mismo del reconocimiento de Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos. No se espera de este último, que ha calificado a Erdogan de autócrata y cuya larga carrera política ha contado con el apoyo de los votantes de origen griego en Nueva Inglaterra, que renueve al amo de Ankara el inquebrantable apoyo que le manifestó durante cuatro años Trump al strong leader, al que lo unían afinidades algo más que electivas.

Una investigación en profundidad del New York Times indica que durante varios años de su mandato, entre 2015 y 2018, el inquilino de la Casa Blanca recibió al menos dos millones seiscientos mil dólares de Turquía, lo que le valió el siguiente comentario de su exconsejero de Seguridad Nacional John Bolton (cesado el 10 de septiembre de 2019): “[Trump] interfiere habitualmente en el proceso gubernamental regular en beneficio de un dirigente extranjero. ¿Esperando qué? Esperando un nuevo favor de esa persona más adelante”.

La estrategia de Erdogan durante el tumultuoso interregno entre la victoria electoral de Joe Biden y su toma de posesión, el 20 de enero de 2021, independientemente de las decisiones y obstrucciones del lame duck (“saliente”) Donald Trump, ha sido analizada en términos de realpolitik por Andrew Parasitili, director de Al-Monitor, que es el mejor informado de los sitios en línea de Oriente Medio.

La estrategia consiste en tomar precauciones, en la medida de lo posible, frente a una menor indulgencia hacia él por parte del 46º presidente de los Estados Unidos, creando cierto número de hechos consumados que son todos ellos posiciones de negociación. Pero es tributaria de importantes limitaciones debido a la ductilidad de las alianzas que se han estructurado con dificultad a lo largo de 2020 y, sobre todo, el agravamiento de las rupturas que han llevado a Erdogan a multiplicar sus enemigos, contrariamente a la política deseada por su antiguo primer ministro y ahora rival Ahmet Davutoglu, teorizada con el concepto de cero enemigos.

El amo de Ankara está en conflicto, a finales de 2020, con casi todos sus vecinos y socios, y su único margen de maniobra consiste en no alimentar simultáneamente al conjunto de sus enemistades, sino en utilizarlas unas contra otras por turnos, en una forma de huida hacia delante tanto más difícil de gestionar cuanto que la situación económica y social, rehén de esas múltiples aventuras, sigue deteriorándose y requiere un aumento de la represión en el país, que es en sí misma fuente de impopularidad electoral, aunque se alterara el calendario de las elecciones y se redujeran regularmente las garantías democráticas de la oposición.

El 24 de octubre (cuando el éxito de Joe Biden aún no es un hecho real aunque sí una posibilidad), el líder de Ankara incrimina la creación de una “nueva formación terrorista” en el noreste de Siria (o “Rojava”, según la denominación que le dan los kurdos, que controlan ese territorio) y amenaza explícitamente con una nueva invasión, reminiscencia de la que tuvo lugar en octubre de 2018, que se había desarrollado con el beneplácito del inquilino de la Casa Blanca.

Sin embargo, la evocación de tal operación de fuerza (poco probable después de la investidura presidencial del 20 de enero de 2021 en Washington, una vez proclamada la victoria del candidato demócrata) apunta a procurarse garantías en un momento en que la situación se degrada para los intereses turcos en la zona de desescalada aledaña a Idlib.

El avance terrestre de las fuerzas de Bashar al-Ásad, apoyadas por la aviación rusa, llevó, tras la retirada de los observadores y militares turcos de sus guarniciones en Moreb y Qalaat al-Mudiq en especial, a la drástica retracción del territorio controlado por los últimos rebeldes sirios y, en particular, los islamistas radicales del Hayat Tahrir al Sham (Organización para la Liberación del Sham, lo que fuera Al Qaeda), aunque estos últimos, bajo la presión de sus mentores de Ankara, habían presentado una fachada blanqueada, poniendo en segunda fila a los más extremistas de sus líderes en beneficio de los “yihadistas moderados”, supuestamente compatibles con Occidente.

La bolsa de Idlib está evolucionando a finales de 2020 hacia una especie de Fuerte Álamo o Franja de Gaza, para convertirse finalmente en una zona tapón a lo largo del lado sirio de la frontera turca, en el departamento de Hatay (Antioquía).

Mientras en la primera parte de 2020 turcos y rusos habían compensado los avances y retrocesos en Idlib con el avance o retroceso de sus respectivas fuerzas supletorias en el frente libio, entre el territorio de Tripolitana (bajo el control del GAN respaldado por Ankara) y el de Cirenaica (bajo el dominio del Ejército Nacional Libio, respaldado por Moscú), la marginación de Turquía en el proceso de resolución del conflicto en beneficio de El Cairo, refrendada por Washington, privó de esa baza a Erdogan, a finales de año.

Al mismo tiempo, su apoyo a Azerbaiyán, sobre todo mediante el suministro de drones Bayraktar y el envío de fuerzas supletorias sirias a sueldo, creó un factor de controversia con Vladímir Putin, por la incursión en el coto ruso del Cáucaso. EL alto el fuego firmado la noche del 9 al 10 de noviembre de 2020 en Moscú, ratificado por el despliegue de Spetsnaz, que consagra ganancias territoriales azeríes, satisface al Kremlin porque debilita al primer ministro armenio Nikol Pachinian, que se muestra, según parece, demasiado demócrata e independiente en lo que se refiere a la antigua potencia soviética.

Pero Moscú tuvo que sufrir una evolución en la situación militar, determinada por la ayuda de Ankara a Bakú, lo que reclama una reacción. Lavrov (que ya había provocado la ira de Erdogan en 2018 al distanciarse de la ocupación del enclave sirio-kurdo de Afrín) recuerda a este respecto, en una intervención radiofónica: “Nunca hemos dicho de Turquía que fuera nuestro aliado estratégico”.

A los pocos días, su patrón observa lo siguiente, no sin ironía, ante la 17ª sesión anual del Club Valdai, el think tank internacional oficioso del Kremlin, reunido el 22 de octubre de 2020: “Por muy duro que pueda parecer el presidente Erdogan, sé que es una persona flexible y que podemos encontrar un lenguaje común con él”. Las presiones sin paliativos ejercidas en el pasado reciente por Moscú sobre Ankara les dan todo el peso que merecen a esos comentarios, mientras los cañones siguen rugiendo en Nagorno Karabaj…

Pero después de alto el fuego, está claro que la audacia del señor de Ankara había dado sus frutos. Los corredores incluidos en los acuerdos de armisticio permitirían incluso establecer un enlace ferroviario “euroasiático” o incluso “panturanista” desde Turquía hasta Rusia y hasta Biskek en Kirguistán, lo que a su vez despierta la preocupación de Teherán, a pesar de ser socio de Ankara en el proceso de Astaná.

Gilles Kepel es uno de los principales expertos mundiales en el estudio del integrismo islámico y de los conflictos de Oriente Próximo. Este es un fragmento de su último libro, El profeta y la pandemia (Alianza Editorial).

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