Tendremos paz

Por Antonio Garrigues Walker, jurista (ABC, 06/03/03):

Para mejor entender la situación del conflicto con Irak hay que tener en cuenta los cuatro datos siguientes:

– Después del 11/S la sociedad americana se siente gravemente amenazada por el «eje del mal». Una gran mayoría de sus ciudadanos consideran muy probable que llegue a materializarse el riesgo de nuevos ataques terroristas. Este sentimiento de riesgo -que casi siempre se infravalora en Europa- se mezcla de forma compleja con otros sentimientos aún más complejos de humillación y ansias de venganza. Junto con esos sentimientos convive en primer plano el convencimiento de su indiscutible y tremenda superioridad militar, económica, tecnológica, científica, cultural, lingüística e incluso en lo que atañe a su calidad ética y democrática, tema en el que no aceptan -pienso que con razón- lecciones de nadie. En relación con todo lo anterior Europa debería reflexionar sobre cuál sería, en estos momentos, su sensibilidad y su actitud si un 11/S equivalente se hubiera producido en nuestro territorio.

– América siempre ha tenido (y va a seguir teniendo) fuertes tendencias al aislamiento y al unilateralismo. La intensidad de las mismas varia según las circunstancias del momento y por regla general suele ser más fuerte y más visible cuando la administración es republicana. Francis Fukuyama afirma, en este sentido, con acierto que «para la mayoría de los norteamericanos no existe ninguna otra fuente de legitimidad democrática que la del estado-nación democrático». Como consecuencia de ello su pasión por el derecho internacional público o incluso privado y por las instituciones globales, ya sean políticas o económicas, siempre está bajo mínimos. Véase, por ejemplo, la negativa a firmar los convenios sobre tortura y el Tribunal de Justicia Internacional; la exigencia de inmunidad para sus tropas cuando operen fuera de su territorio; su resistencia a los acuerdos de Kyoto; su proteccionismo económico en cuanto al acero, el sector textil y productos agrícolas; y sus condiciones al funcionamiento de la UNESCO. Ejemplos todos ellos, por cierto, que podrían compararse sin desdoro a otros similares europeos. Aquí tampoco es fácil que nadie pueda dar lecciones a nadie de multilateralismo ni de respeto a los intereses globales por encima de los propios. No hay excepciones a una regla general desoladora.

– La relación entre América y Europa es y seguirá siendo difícil y se podría resumir, sin caer en una simplificación exagerada, afirmando que no nos entienden y que no les entendemos, entre otras cosas porque son sistemas y modelos mucho más diferentes de lo que pensamos. En estos momentos el nivel de antiamericanismo y de antieuropeísmo es muy similar y ese nivel está creciendo irresponsable y peligrosamente. Se están reiterando abusivamente los argumentos europeos sobre la incompetencia en política exterior de los americanos y, sobre todo, sus actitudes prepotentes e incluso chulescas y los argumentos americanos sobre la impotencia europea para generar una política exterior mínimamente común y para asumir su propia defensa en términos de acción militar, unas incompetencias que obligan a los EE.UU. -según su perspectiva- a sacarnos continuamente las castañas del fuego. Es triste pero necesario aceptar que el diálogo se ha roto, que no hay, en términos técnicos, diálogo alguno. Ni siquiera un diálogo de sordos.

– En el mundo occidental ningún país, ningún líder, ningún grupo político, está operando en este conflicto bajo el impulso exclusivo o principal de ideales puros o altruistas. Todos tienen como base de su posición -así es la política real- un entramado pragmático de objetivos o aspiraciones relacionados con la situación de la propia política y opinión pública interna; con ambiciones o rechazos de liderazgo; con el control del precio y suministro del petróleo iraquí, un petróleo de alta calidad y de fácil extracción, que podría ser la clave de una recuperación económica rápida y profunda; con intereses económicos o políticos concretos y especiales de cada país (terrorismo, fronteras, conflictos étnicos); con concepciones religiosas de corte fundamentalista especialmente pero no exclusivamente en los EE.UU.; y, al final, muy al final, con algunas débiles y difuminadas convicciones morales e ideológicas. La baja credibilidad de los liderazgos políticos y económicos es, en cualquier caso, otro de los factores peligrosos de la situación. De todo el «dramatis personae» de este conflicto, sólo la ciudadanía, sólo la sociedad civil, -a pesar de todas las manipulaciones políticas y mediáticas que ha sufrido- ha dado ejemplos de civismo y de grandeza que acabarán influyendo positivamente en el desenlace final.

Los cuatro datos anteriores nos pueden ayudar a valorar mejor los riesgos que estamos asumiendo en este momento histórico en áreas tan sensibles como: la credibilidad de las Naciones Unidas y en general de las instituciones multilaterales; el funcionamiento de la OTAN; el mantenimiento de la relación atlántica como clave de una globalización civilizada; la superación de las crisis económica; la radicalización del conflicto de Oriente Medio; el enfrentamiento con el mundo islámico; y como consecuencia de ello el incremento de ataques terroristas. Es una lista demasiado seria, demasiado importante para que podamos ignorarla o desdramatizarla. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se debe hacer?

La presión militar americana e inglesa con la colaboración política de España, ya ha logrado en la práctica el cumplimiento, no total pero sí substancial, de la resolución 1441. Ha sido todo un éxito porque sin esa presión -así lo reitera con acierto Ana de Palacio- no se hubiera conseguido. En estos momentos se puede asegurar que Irak ya no tiene armas de destrucción masiva, ni misiles de largo alcance y parece seguro que se podrá hacer lo mismo con las armas químicas y las bacteriológicas. Queda, sin duda, el tema de la posible relación con el terrorismo pero en este caso la inexistencia de pruebas mínimamente fiables es una limitación insalvable no sólo en términos jurídicos sino sobre todo políticos. Partiendo de este análisis y de los datos y riesgos antes mencionados se llega fácilmente a la conclusión de que la invasión de Irak sólo debería producirse en el supuesto de que así lo autorizara una nueva resolución del Consejo de Seguridad. Una invasión sin legitimación alguna o con la derivada de la resolución 1441, abriría una brecha peligrosísima en la convivencia de los pueblos del mundo y podría dañar gravemente todas las áreas de relación que hoy están en riesgo. Se abrirían así muchas cajas de pandora con consecuencias imprevisibles. Puestos a pensar en lo más conveniente para todos los intereses en juego, lo mejor sería que se alcanzara un acuerdo para una resolución del Consejo de Seguridad que mediara entre la propuesta franco-alemana y la que han negociado España, Inglaterra y los EE.UU. Dicha resolución mantendría con fuerza la presión sobre Irak sin necesidad de una acción militar y lograría recuperar el diálogo atlántico.
Debemos dar por seguro que no habrá guerra. Ya no puede haber guerra. Sadam Husein, un dictador despótico, agresivo e inhumano, está ya o estará pronto desarmado y tendrá que permanecer desarmado aceptando los controles que aseguren esta situación. Ello debilitará sin duda su posición política y abrirá y facilitará una transición hacia sistemas más democráticos.

Aprovechando este éxito, sería bueno que se aplicaran los mismos medios y los mismos talentos a los demás problemas pendientes (algunos más importantes que el propio conflicto de Irak) y, sobre todo, que se pusiera en marcha un proceso para establecer las bases de un nuevo orden internacional. Ha llegado el momento. No es que el traje se nos haya quedado pequeño, es que no hay traje. Entre todos los países, y en especial los más poderosos y en concreto los países con derecho a veto, se había despojado a las Naciones Unidas, no ahora sino desde hace muchos años, de una mínima capacidad de acción y con ello de toda credibilidad. En algún momento habrá que aceptar que una globalización acelerada e irreversible no debe ni puede funcionar sin instituciones globales dotadas de autoridad y de independencia. Superado ya el riesgo de la guerra, -¡no habrá guerra!- esa es ahora la gran tarea.

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