Tenemos que hablar

¡Tenemos que hablar! ¿Sobre qué? Sobre el hombre y la mujer, sobre igualdad y diferencia, sobre deseo, sobre sexo, sobre felicidad. Está a punto de terminar el cincuenta aniversario de la revolución del 68 y sorprende la escasa atención que ha recibido. Sin embargo, la revolución sexual es uno de esos acontecimientos que marcan una época. Germinó durante los años 50, reventó los costados de la sociedad global en mayo del 68 y ganó velocidad de crucero con la invención de la píldora anticonceptiva. ¿Por qué trascurre este cincuentenario sin pena ni gloria? ¿Quizá porque ya no tiene interés puesto que todo el mundo vive su sexualidad de manera plenamente satisfactoria y hay un acuerdo básico sobre la manera de comprenderla? No parece que sea así. Vivimos en una sociedad hipersexualizada en la que, sin embargo, o quizá por eso, hay mucha gente incapaz de vivir una sexualidad sana y plenamente humana.

La sociedad de hoy es indudablemente mejor que la de los años 60 en muchos aspectos. Pero junto a muchas luces, hay algunas sombras en el legado recibido del 68. Una revisión rigurosa, seria y científica debería permitirnos cuestionar aquellas promesas. ¿Las relaciones entre el hombre y la mujer son mejores? ¿Hay más igualdad y justicia? ¿Somos más libres? ¿Disfrutamos de una sexualidad más satisfactoria? En definitiva, ¿somos más felices?

Medio siglo después del inicio de la revolución sexual, ha pasado el tiempo suficiente para poder abrir una conversación, iniciada en el entorno académico y abierta a toda la sociedad, sobre el grado de cumplimiento de las promesas que nos hizo la revolución sexual y el impacto que ha tenido en las estructuras sociales básicas.

¡Toma tus deseos por realidad! Así rezaba uno de los ingeniosos pasquines que aparecieron por las calles del barrio latino en París. Hoy, cincuenta años después, parece que esta fórmula ha triunfado en la sociedad de los derechos individuales, donde la libertad se concibe como algo incondicionado, desligado de cualquier autoridad, religión, e incluso de la propia naturaleza. Y cuando la naturaleza, o la realidad, no se ajusta a lo que uno quiere entonces se redefine la naturaleza, o la realidad. Este es el mundo del individualismo y del subjetivismo radical, que tiene tantas y tan graves consecuencias antropológicas y sociales.

Quizá todas las culturas y civilizaciones anteriores estaban equivocadas. Pero lo cierto es que a lo largo de la historia se ha asumido que hay un orden natural en la realidad que podemos conocer con la razón. C.S. Lewis hablaba del Tao, el camino. Según la tradición china –y universal– existe un camino natural para adentrarnos en la realidad, de manera que la imagen que nos formemos de ella puede calificarse de correcta o equivocada en función de cuánto se parezca a lo real. Lo más sensato es, entonces, adecuar nuestros sentimientos y comportamientos a la realidad, en lugar de pretender que la realidad se adecue a nosotros. Y, sin embargo, en la actualidad la posibilidad de tomar nuestros deseos por realidad no es simplemente un grafiti en una pared de un edificio cualquiera, sino que aparece recogida en el BOE, con rango de ley.

Cincuenta años después, sin barricadas, sin violencia, tenemos que hablar. Tenemos que ser críticos con lo que nos rodea y ofrecer nuevas ideas que lleven a pleno cumplimiento el deseo compartido por todos los seres humanos de nacer y desarrollarse en un entorno más libre y más pleno. Tenemos que preguntarnos si desde el individualismo feroz que se proponía en mayo del 68, y que ha sido asumido en la sociedad actual, somos o no más felices. Y la pregunta clave es: ¿si nos diéramos cuenta de que este no es el camino, nos atreveríamos a decirlo?

Quizá, no. Seguramente, no. En nuestra sociedad cada vez hay más limitaciones para la libertad de expresión. Me refiero a limitaciones legales, explícitas, y también a limitaciones implícitas. Hay temas sobre los que no se puede hablar. ¿Cómo es posible que ocurra esto en un país democrático? ¿Cómo es posible construir una sociedad justa y plenamente humana desde la supresión de las libertades fundamentales?

La universidad, ese lugar donde se inician las revoluciones, no estaría cumpliendo su papel de guía crítica del pensamiento si, pasados 50 años, no se cuestionase con rigor y valentía los frutos de aquella promesa. «Nos guste o no, todos somos hijos del 68 –dice Raphael Glucksmann–. Y, como todos los hijos, tenemos el derecho, incluso el deber, de cuestionar el legado recibido, de elegir lo que queremos hacer con él, de decidir con qué nos quedamos y qué rechazamos. Sin jugar a ser guardianes de museo. Ni cazadores de brujas». Sin prejuicios, sin dogmatismos. No parece razonable que se imponga el silencio sobre cuestiones tan importantes para todo ser humano. #Tenemosquehablar.

María Lacalle, vicerrectora de la Universidad Francisco de Vitoria.

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