Tener perspectiva

La vida es la gran maestra y la experiencia la gran educadora. Vivir es aprender. Vivir es hacer algo que merezca la pena con la propia vida, algo positivo, cada uno según sus posibilidades y puntos de partida. Y lo más grande es poner amor e ilusión en las tareas que uno lleva hacia delante. Vivimos en un mundo que ha entronizado el hic-nunc: aquí y ahora; o el llamado hodie-nunc: hoy y ahora. Ambos significan la cultura del instante o, dicho de otro modo, la idolatría de la inmediatez. Todo se ha vuelto rápido, vertiginoso, urgente. Es una especie de culto polimorfo a la fugacidad. Ocasión y circunstancia para exaltar lo efímero. Es lo urgente frente a lo que puede esperar, lo cercano frente a lo lejano.

Estoy acostumbrado por razón de mi oficio, a entrar y salir en la vida ajena con la intención de comprender lo que le pasa al otro y meterme en los sótanos de su personalidad y buscar las raíces de su conducta. Y después, poner los medios para ayudar a salir de esa situación adversa: depresiva, ansiosa, incierta, temerosa… Todo se vuelve tenebroso, oscuro, lúgubre, sombrío, sin salida. Pero no nos quedemos en la anécdota de la desgracia que sucedió o de aquello que salió al revés de lo que uno esperaba: hay que conseguir ser persona de altura.

Tener perspectivaEso significa que es fundamental tener perspectiva de la vida personal. Ser capaz de tener una visión larga de la propia biografía. Mirar por sobre elevación. Poner las luces largas. No quedarse estancado en esa experiencia negativa que ha sucedido, sino ser capaz de otear el horizonte y descubrir que detrás de ese fracaso, derrota, decepción, naufragio… se puede descubrir el segmento bueno y positivo de ese hecho. He visto derrotas serias que al cabo de un tiempo relativamente breve se han convertido en un acicate que ha servido para avanzar en la vida personal y el proyecto que cada uno somos. Derrotas que se convierten en victorias. La atalaya de la experiencia que mira las cosas con una visión panorámica.

Lo he dicho muchas veces en mis libros y en mis artículos, felicidad y proyecto de vida forman un binomio. Estamos hablando de una mezcla de inteligencia emocional por un lado e inteligencia sintética. La primera está de moda desde hace ya un cierto tiempo y la podemos definir como la facultad para mezclar a la vez los instrumentos de la razón y los ingredientes que se hospedan dentro del mundo de la emotividad. ¿Cómo puede funcionar aquí? Siendo capaces de descubrir, de hacer otra lectura de los hechos, sabiendo que los fracasos contienen muchos valores escondidos en su interior: nos hacen más humildes, nos curan de la arrogancia, fortalecen la voluntad, nos invitan a luchar y a volver a empezar y a valorar de verdad lo que es una victoria por pequeña que sea.

El fracaso está en el subsuelo de cualquier vida. Al ser libres, podemos fallar, equivocarnos, enfocar temas importantes de forma inadecuada… pero somos también libres para corregirnos, para progresar, para darnos cuenta de la importancia de esos momentos malos: el fracaso enseña lo que el éxito oculta. Son lecciones que no vienen en los libros.

En una palabra, ese es uno de los síntomas de una persona fuerte: tener el coraje y la determinación de superar aquello que se tuerce y sale al revés de lo que habíamos previsto. Eso nos afecta mucho a la corta, pero a la larga, no pasa casi nada. Hay victorias que son la consecuencia de derrotas bien asumidas. Muchos secretos de vidas sólidas proceden de aquí: personas fuertes en la adversidad y capaces de crecerse ante reveses, desgracias, retrocesos, infortunios… hundimientos en las muchas posibilidades de ser vencidos y vernos perdidos y a la deriva. A muchos los despertó el fracaso y a otros los adormeció un éxito temprano. Lo diría de una forma más expresiva: los que pierden, ganan. Si utilizamos bien el corazón y la cabeza, juntos, seremos capaces de reinventarnos de nuevo, volver a empezar.

La inteligencia sintética es aquella que tiene la capacidad para resumir los hechos y darnos una información concreta, precisa y, a la vez, ensayar soluciones prácticas para reemprender el camino. ¿Dónde ha estado la raíz de los fallos, en dónde nos hemos equivocado, cómo aprender a tener expectativas más realistas y cómo saber medir mejor nuestras metas por un lado y nuestros objetivos por otro? Las metas son demasiado generales y amplias y sus contornos son imprecisos; quiero ser mejor, ser más culto, mejorar profesionalmente, tener una vida familiar más sana… todo eso tiene un fondo desdibujado, vago. Mientras que los objetivos se pueden medir, podemos hacer de ellos un seguimiento cuantificado. Si somos capaces de tener claros estos dos conceptos, los avances serán reales y tendremos los pies en la tierra y no habrá castillos en el aire.

Hablamos, en definitiva de la resiliencia. Concepto que procede de la física y que se refiere a la capacidad de ciertos metales de doblarse sin partirse. Es la facultad para sobrellevar los fracasos como acicate para la superación. Decía Camilo José Cela: «El que resiste gana». Y entra ahí también la voluntad, como una pieza clave en el organigrama de la psicología: soportar y resistir las adversidades con fortaleza, con serenidad y con ganas de superarla y vencerla. De esta manera uno se hace sólido, fuerte, rocoso, como las piedras de una catedral románica o gótica.

La felicidad es el sufrimiento superado. La infelicidad es un sótano sin vistas a la calle. La felicidad es plenitud y olvido, culminación y amnesia, logros partido por expectativas.

Enrique Rojas es Catedrático de Psiquiatría.

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