Tensión

Habiendo llegado el odio político al extremo de negarle la vacuna a policías y guardias civiles, el resto de bajezas puede no impresionar. Aunque debiera, pues la normalización de la barbarie es una señal de alarma. Nos dice que la democracia liberal entra en riesgo de putrefacción. No se trata de la conveniencia de indignarse, de enfadarse mucho y manifestarlo durante doce segundos, quien pueda ante una cámara y quien no con un tuit, o con un par de «hay que ver» a la vecina en el ascensor. Se trata de reparar en cada hecho inadmisible, y también en la película que forman la sucesión de hechos hermanos. El caso es que, por su frecuencia, o bien nos dejan indiferentes, o bien activan la hemiplejia moral de los sectarios que solo condenan las injusticias que reciben mientras celebran, justifican o callan las que tocan al adversario. Cartas con amenazas sí pero pedradas en Vallecas no, o pedradas sí y amenazas epistolares no. Hemiplejia. En esta atmósfera de tensión, doblemente enrarecida en tiempo de campaña, toca reflexionar.

Un gobierno que provoca crispación social deliberada es un agente de destrucción muy peligroso. En España han gobernado tres partidos en democracia, con un solo gobierno de coalición. UCD fue un ejemplo de virtud en la materia que nos ocupa. Solo buscó apaciguar a las furias. Nadie ha enfrentado tantas tensiones, tantos peligros existenciales para un sistema entonces precario, como Adolfo Suárez. El fundador de nuestra democracia, junto con el Rey Juan Carlos, cayó precisamente como consecuencia de una maraña de conspiraciones de propios y ajenos en un clima de inestabilidad insoportable. Al punto que en el límite de su último mandato, mientras se votaba la investidura de su sucesor, sufrió el sistema del 78 el primero de sus dos golpes de Estado.

Aun en aquellas circunstancias de amenaza extrema, con la práctica totalidad de los representantes del pueblo español cuerpo a tierra bajo sus escaños, mientras tronaban los subfusiles en una pesadilla extemporánea, hizo el todavía presidente lo posible para mantener su dignidad, que era la de todos: no agacharse, no mudar el rostro. Se había levantado en el fragor de una violencia cuyo riesgo no podemos valorar lo suficiente porque sabemos cómo acabó. Quería proteger a su vicepresidente, a quien le había asomado como un resorte el general que era y había mandado firmes al cabecilla golpista.

UCD desaparecería de forma abrupta porque así lo quiso el electorado. Entre los muchos ejemplos memorables que nos legó su fundador resalta el raro brillo, el mérito de uno: aquel que atañe a su relación con las querellas sociales y el conflicto desestabilizador: jamás los alimentó, siempre los combatió, los sufrió más que nadie y fue barrido por su causa.

Tras la UCD llegó el PSOE. Como partido gobernante contemplaremos al que nace en Suresnes, sin ir más atrás. De ese congreso de 1974 había salido una organización nueva, del todo distinta, pues cortó por lo sano con la formación dirigida desde el exilio por unos personajes que habían vivido (y participado en) la Segunda República y la Guerra Civil. Ello no es óbice para que el nuevo partido heredara las siglas históricas, una forma de legitimación irreprochable dado que del viejo partido liderado por Llopis desde Francia había brotado orgánicamente lo nuevo. Quien se tome la molestia de revisar lo que en los primeros setenta escribía Alfonso Guerra en las publicaciones internas abandonará cualquier duda sobre la supuesta continuidad histórica del PSOE. No la hubo porque, acertadamente, no se deseaba. En el exterior seguían manejando categorías que, como bien sabían en el interior, habían dejado de existir.

En el nuevo PSOE como partido de gobierno hay dos etapas. La de Felipe González no buscó en general la tensión, salvedad hecha de los prescindibles últimos años del largo felipismo. Sería injusto y falso caracterizar la mayor parte de aquella época de forma diferente a una búsqueda de armonía social, de integración. Felipe llegó con la disposición a gobernar para todos, más allá de segundas intenciones. Algo muy claro en los ochenta y, como consta, menos claro en la parte de los noventa en que continuó en el poder. Quizá deba insistir en que este repaso concierne a la conducta de partidos de gobierno mientras en él han estado. No a las etapas de oposición, que por definición ‘tensan’ en la medida en que pretenden convertirse en una alternativa a lo que hay.

La segunda etapa del PSOE moderno es muy diferente. Zapatero logró la consolidación de su proyecto mediante una severa división ideológica de brocha gorda. Él resucita el lenguaje guerracivilista: «Soy un rojo». Él se encharca en la revisión de la historia para oficializar una verdad simple a partir de una realidad pretérita, superada y compleja. Él recurre el primero a la historia (en viñetas) como arma política. Nótese el contraste con González: cuando a este le propusieron retirar una escultura ecuestre del dictador, su respuesta fue que «si alguien quería tirar a Franco del caballo tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo». ¿Cómo calificarían sus conmilitones actuales a quien usase tal argumento?

Fue Zapatero, en fin, quien legó a la posteridad, a su pesar, la prueba más significativa de su relación con la crispación social al confesarle a Iñaki Gabilondo tras una entrevista, con las cámaras y micrófonos aún conectados: «Nos conviene que haya tensión». Algo impensable en Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar o Rajoy. Y algo, por desgracia, perfectamente definitorio de Sánchez, segunda parte de la segunda parte del PSOE gobernante.

Juan Carlos Girauta

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