Teorías opuestas

Muchas veces la gente no está de acuerdo. Es normal. Enriquece la sociedad. Es la diversidad. Sin embargo, en la ciencia muchas veces una doctrina o idea se acaba imponiendo y la aceptamos como evidencia a partir de la cual nos hacemos nuevas preguntas y vamos hacia otras incertidumbres. Pero cuando dos teorías relevantes colisionan o dos investigadores con personalidad se estrellan el uno contra el otro, el aspaviento y el temblor sísmico son considerables. Ha pasado muchas veces en la historia de la ciencia. Déjenme que ponga unos cuantos ejemplos.

Los descubrimientos de Santiago Ramón y Cajal (1852- 1934) fueron extraordinarios y algunos de sus excelentes dibujos sobre las neuronas todavía se podrían utilizar perfectamente hoy en día en la enseñanza. La gran disputa de Cajal fue con el médico italiano Camillo Golgi (1843- 1926), en cuyo honor toman el nombre unas minúsculas cisternas intracelulares llamadas Aparato de Golgi.

Golgi defendía la idea predominante en su época de que todo el sistema nervioso de una persona estaba formado por un retículo o red continua, sin espacios intermedios ni concatenación de célula. Como si fuera una gran telaraña negra extendiéndose en mil curvas en nuestro cerebro. Cajal decía que era precisamente lo contrario: el sistema nervioso estaba verdaderamente formado por neuronas individuales sin una continuidad física, no eran el mar de cuerdas que nos postulaba Golgi, que interactuaban. A la conexión entre neuronas le llamaríamos después sinapsis.

Hoy sabemos pues que Cajal tenía razón y Golgi, en este aspecto, no. Curiosamente ambos recibieron el Nobel en 1906 en reconocimiento a su trabajo sobre la estructura del sistema nervioso. Un intento de pax romana entre los dos magníficos investigadores que nunca terminaron de hacer las paces. Cajal lo lamentó diciendo que era más complicado luchar con otros hombres para obtener la verdad que luchar contra la naturaleza para conseguir la verdad.

Otro caso curioso fue el de la estructura del ADN. A todos nos gusta ahora hablar de la estructura en doble cadena del ADN (la doble hélice), pero durante un tiempo hubo dudas. La semilla de la discordia la plantó una figura científica de gran prestigio: Linus Pauling (1901-1994). Pauling fue un ingeniero químico y bioquímico de los Estados Unidos, premio Nobel de Química en 1954 por sus descubrimientos sobre los enlaces químicos y premio Nobel de la Paz en 1962 por su activismo antinuclear. Poca broma. Sus trabajos fueron claves en la caracterización de la estructura de las proteínas, describiendo entre otras la hélice alfa de estas biomoléculas.

Animado por estos hallazgos, puso su mirada sobre el ADN. Y estuvo a punto de dar en la diana, pero en vez de la doble hélice del ADN postuló por medios cristalográficos una estructura en forma de triple hélice en febrero de 1953. Dos meses después, James Watson (1928 ) y Francis Crick (1916-2004) daban a conocer su hipótesis de la doble cadena del ADN gracias al trabajo de los cristalógrafos Maurice Wilkins (1916-2004) y Rosalind Franklin (1920 – 1958). Los tres primeros recibieron el Nobel de Fisiología o Medicina en 1962, siendo injustamente ignorada la desdichada doctora Franklin. Como en toda intriga, hay episodios de espionaje y misterio, incluyendo una denegación de pasaporte a Linus Pauling para entrar en el Reino Unido en 1952 por sus simpatías comunistas, lo que dificultó su carrera con los científicos de Cambridge. En este sentido,  Pauling, de quien su amigo Isaac Asimov dijo que era el químico más grande del siglo XX, nunca fue reacio a la controversia y fue genio y figura hasta el final de sus días.

Como se puede ver, los investigadores también se apasionan y tienen sus batallitas, sobre todo cuando están en juego hallazgos decisivos, como los casos que os he explicado en biomedicina: la estructura de la molécula central de la vida humana (el ADN) y la conformación íntima de nuestro órgano más distintivo (el cerebro).

Al final, la historia y los hechos terminan aceptando unas teorías y dejando en anécdota otras. Y lo mismo puede ser dicho de la sociedad. En este caso, ante los modelos de país y políticos que proponen unos y otros y nos dicen cuál es el correcto y mejor, lo más razonable es dejar que la gente se exprese libremenete votando en un referéndum para decidir qué quiere. Pero eso ya es otra historia.

Manel Esteller, médico. Institut d’Investigacions Biomèdiques de Bellvitge.

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