¿Terra ignota?

El viernes día 13 escuché, en el Cercle d’Economia, la conferencia que impartió Oriol Pujol, secretario general de Convergència. Adoptó aquel día un tono severo y adusto, muy lejos del talante distendidamente jovial que suele exhibir. Parecía querer adecuar el aire de su discurso al contenido de sus palabras: un mensaje dirigido, en terreno incierto, a un adversario –quizá enemigo– del que, en el fondo, ya no se espera –ni se quiere esperar– nada. Tras proclamar sin ambages y en términos razonables la injusticia del trato fiscal que recibe Catalunya, apuntó la solución que propone: un concierto similar al vasco, con la diferencia de que el cupo a pagar por Catalunya debería incluir –a diferencia del cupo vasco– una aportación al fondo de solidaridad estatal. Esta relación bilateral –que responde a una concepción política confederal, es decir, a una relación de igual a igual entre España y Catalunya– la concibe Oriol Pujol como un sistema singular y no generalizable, que constituye –a su juicio– una última oportunidad de entendimiento, ya que este “pacto fiscal es la última estación conocida antes de entrar en terrenos mucho más desconocidos y mucho menos evidentes”.

¿Cuáles son y dónde se hallan estos terrenos? Vaya, de entrada, que a mí no me parecen tan ignotos. Las palabras de Pujol son, de forma velada, una amenaza en toda regla: o España acepta el pacto fiscal en los términos en que el Govern catalán lo formula, o Catalunya emprenderá el camino irreversible hacia su independencia. Las fases previstas son seguramente estas: 1. Propuesta catalana de un pacto fiscal confederal o bilateral. 2. Negativa cerrada del Gobierno español a aceptarlo. 3. Convocatoria de elecciones en Catalunya, concebidas como un plebiscito en torno a la independencia. 4. Y, en caso de victoria clara –que se estima segura– de los partidos independentistas, inicio del camino hacia la independencia de Catalunya. Este proceso es concorde con el pensamiento del president Mas, expuesto sin reservas desde el inicio de su mandato: Catalunya se halla en una etapa de transición hacia su plenitud nacional.

Así las cosas, la pregunta surge inevitable: de darse todos los presupuestos apuntados, ¿el Govern catalán tomará unilateralmente la decisión de romper con España? Hace tiempo que, para explicar esta situación, utilizo un ejemplo. La posición del Govern catalán sería, en este caso, similar a la de un tenor que, en la interpretación de un aria, resuelve con entusiasmo las exigencias de un crescendo hasta que, al llegar la nota final, ha de dar el do de pecho… o hacer un gallo. ¿Dará el do de pecho el Govern? No lo sé. Se percibe claramente, por una parte, un considerable avance del nacionalismo de butxaca (económico); y no hay motivo para dudar, por otra, de la palabra del president Mas. No parece, por todo ello, que –llegado el momento de la verdad– el Govern catalán vaya a retroceder.

Muchos lectores tacharán mi postura de radical y carente de realismo. No lo es. Lo que sostengo es que ha pasado ya el tiempo de las medias palabras –de les miquetes– y es hora de decidir, previa una clara fijación de las respectivas posturas, por si aún existe una última posibilidad de concordia. Por esta razón afirmo que el Gobierno español debería fijar también con nitidez su posición, que podría alcanzar –a mi juicio– estos máximos: 1. Capacidad normativa plena de Catalunya en materia de impuestos directos. 2. Agencia Tributaria consorciada. 3. Fijación de la cuota a satisfacer al Estado (por los servicios prestados + la aportación al fondo de solidaridad) por una norma general, con un límite claro en función del principio de ordinalidad. Todo ello en el marco de la legislación general y reconociendo la singularidad de la posición catalana en una disposición adicional de la Lofca.

Si bien se piensa, la única diferencia substancial entre el pacto confederal o bilateral –que propone el Govern catalán como un ultimátum– y el pacto federal –que implicaría una propuesta española de máximos en los términos dichos– se reduciría a la forma de fijar la cuota a pagar por Catalunya al Estado, que –según aquel– sería fruto de un pacto periódico y que –según este– sería el resultado de una norma general modulada por el principio de ordinalidad. ¿Justifica esta sola diferencia el inicio de un complejo proceso de independencia? Seguramente no, pero tampoco puede olvidarse que –como tantas veces sucede– existen razones del corazón que la razón no comprende. Y es ahí, en estas razones del corazón, donde se halle quizá el motivo más hondo de la desafección de muchos catalanes por España.

De ahí que me abstenga de entrar a valorarlas y me limite a respetarlas. Por lo que sólo me queda decir, como hacían algunos viejos toreros en el instante mismo de iniciar el paseíllo, mientras miraban de soslayo a sus compañeros de terna: “Señores, ¡que Dios reparta suerte!”. Aunque también podría expresar lo mismo en catalán: “Que Déu hi faci més que nosaltres”. Amén.

Juan-José López Burniol, notario

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