Terror en Moscú

De nuevo Moscú. En la historia del terrorismo islamista Rusia, y antes la Unión Soviética, ha sido el estado occidental que más atentados ha sufrido y desde hace más tiempo. La convergencia de causas nacionales con el credo islamista ha alimentado un conflicto de extrema violencia, una de cuyas expresiones es el terrorismo. Los distintos grupos del Cáucaso Norte que combaten contra el Ejército ruso lo hacen de distintas maneras, sin renunciar al clásico terrorismo cuando lo consideran conveniente para sus fines. Nada original. Hizboláh se comporta de igual manera. Cuando de lo que se trata es de aterrorizar a la población para doblegar la voluntad del Gobierno ruso no tienen reparo en utilizar, una y otra vez, el metro de Moscú en hora punta para provocar una masacre. Y si se quiere enviar un mensaje de fortaleza ¿qué mejor que hacer explotar un convoy bajo la sede del Servicio de Inteligencia?

El Gobierno ruso lleva años combatiendo esta lacra en soledad. Europeos y norteamericanos minusvaloraron la importancia de la amenaza islamista durante mucho tiempo y se limitaron a enfocar el problema desde una perspectiva nacional. Rusia quería imponer su voluntad a los pueblos del Cáucaso y éstas eran las consecuencias. Pero no era tan simple. Rusia lleva años en la región, tiene derechos de soberanía y, sobre todo, el enemigo no son partidas de patriotas sino combatientes islamistas adoctrinados en el fundamentalismo. El hecho de que la política rusa en el Cáucaso Norte haya pecado por exceso de violencia no quita responsabilidad a europeos y norteamericanos por haber dado alas a esos grupos islamistas y por no haberse mostrado solidarios con el pueblo ruso. Si de por sí los dirigentes de Moscú tienden a ver en nuestros actos la voluntad de debilitarlos, esos gestos de apoyo a los líderes chechenos y aquellas críticas a su política les convencieron de que la defensa de sus intereses nacionales no podía ir de la mano de europeos y norteamericanos.

El Islam radical, en sus distintas versiones, representa una amenaza para todos. En primer lugar para el propio Islam, que es quien más lo padece. En segundo lugar, para el conjunto de estados occidentales, sin distinción, porque para un yihadista tanto da un ruso, que un francés que un norteamericano. ¿Por qué entonces no hemos sido capaces de adoptar una estrategia común? La dificultad de esta tarea se percibe al constatar que ni siquiera dentro de Europa hemos llegado a ese acuerdo. Más aún, en cada país esta cuestión continúa provocando debates encendidos. Desde el reconocimiento de la diferencia de posturas hay aspectos que deben ser reconsiderados para tratar de avanzar hacia posiciones comunes.
No es verdad que europeos y norteamericanos utilizáramos el irredentismo de los pueblos del Cáucaso Norte para debilitar a Rusia, aunque los gobernantes de Moscú valoren nuestros actos en ese sentido. La historia no es sólo el resultado de conflictos de intereses. Los comportamientos sociales no siempre se explican por segundas intenciones. Nunca tenemos que perder de vista la capacidad destructiva de la estupidez humana. Los rusos se merecen nuestra solidaridad y nuestra comprensión, lo que no quita que critiquemos sus ejercicios de violencia, por inmorales y por estériles.

Para Moscú el combate contra el islamismo tiene dos planos distintos pero complementarios. En el ámbito nacional no tienen reparo en actuar con la máxima contundencia y sin ocultar sus prejuicios contra la influencia del Islam en su territorio. Ellos no necesitan sofisticados entramados jurídicos, como Guantánamo, para desarticular las redes chechenas. Sin embargo, fuera de sus fronteras buscan ganar influencia allí donde más simpatías, dinero y armas encuentran sus enemigos. La razón es doble. Para Moscú es más importante la amenaza que supone el unilateralismo norteamericano que la Jihad. Debilitar la presencia norteamericana en el mundo musulmán en bueno per se. Por otro lado, trata de lograr acuerdos de colaboración con esos países en un ejercicio de realpolitik: inversiones, tecnología y armamento a cambio de que limiten o impidan los suministros a las milicias chechenas. Piensan que si se establecen lazos de interés será posible mitigar la amenaza.

La estrategia rusa no está funcionando plenamente. Es verdad que han logrado dañar los intereses de norteamericanos y europeos en la región, pero el islamismo sigue fuerte en Rusia y su acercamiento y colaboración con algunos países, como es el caso de Irán, puede acabar en un ejemplo de lo que le ocurre al aprendiz de brujo cuando va más allá de lo que sus medios permiten. A diferencia de Estados Unidos y de parte de Europa, Rusia está rodeada por estados musulmanes que viven procesos complejos, cuando no peligrosos. Si la situación se les va de las manos sufrirán directamente las consecuencias.

Estos dos atentados ni son los primeros ni serán los últimos. El islamismo continuará siendo un problema para Rusia durante mucho tiempo. Pero un acontecimiento de esta gravedad es una oportunidad para expresar solidaridad y para replantear la colaboración en la lucha contra el terrorismo islamista. Al Qaeda no ha tenido que esforzarse en dividirnos, porque para eso nos bastamos nosotros solos. Sin una colaboración entre Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea los islamistas continuarán gozando de una ventaja añadida. Pero, siendo realistas, no hay razones para pensar que se pueda avanzar mucho en un tiempo breve. Podríamos apuntar a que la suma de las emociones que el atentado ha provocado y el clima positivo creado por el acuerdo para un nuevo tratado START facilitarían la apertura de una negociación sobre colaboración en materia contraterrorista. Pero resulta difícil imaginar que Putin y Medvédev estén dispuestos a reconsiderar el conjunto de su política hacia el Islam, una estrategia que hunde sus raíces en la propia Unión Soviética. Más aún, para europeos y norteamericanos la receta para acabar con el islamismo pasa por la combinación de desarrollo y democracia, una palabra, ésta última, que despierta en Moscú la misma prevención que en China, de nuevo maniobras occidentales para debilitarles y abocarles a la decadencia.

El principal escollo para afrontar el yihadismo es que es sólo una de las caras de un problema de mayor envergadura, que incluye proliferación de armamentos de destrucción masiva, propaganda fundamentalista, boicot de los procesos de integración de las poblaciones musulmanas en países occidentales… No son fenómenos aislados y sólo pueden ser atajados desde la colaboración internacional. Es evidente que hay mucho que hacer en el ámbito nacional para prevenir y combatir estas amenazas, pero el origen del problema está más allá de nuestras fronteras.

El terrorismo está en auge porque es eficaz, porque realmente nos doblegamos ante su chantaje. Ante un hecho como el vivido ayer en Moscú no cabe más que enviar un doble mensaje: al pueblo ruso de solidaridad, a los terroristas de firmeza.

Florentino Portero