Terror frente a libertad

Ralf Dahrendorf, miembro de la Cámara de los Lores británica, ex rector de la London School of Economics y ex decano del St. Antony’s College de la Universidad de Oxford (LA VANGUARDIA, 18/05/04)

El terrorismo que asociamos con Al Qaeda es especial de muchas formas. Es global, tecnológicamente sofisticado, pero, sobre todo, no busca un objetivo político alcanzable.

No está dirigido a crear una Irlanda (católica) unida, un País Vasco independiente y ni siquiera un Estado palestino, sino más bien va en contra de una visión del mundo y de aquellos que la representan. Va en contra de lo que solía llamarse Occidente, es decir, un orden liberal de cosas, un mundo libre. Dado que Estados Unidos es el representante más visible y poderoso de ese mundo libre, está dirigido contra ese país y sus aliados más cercanos en Europa y otros lugares.

Ése es un factor crítico que se debe recordar. Lo que describimos bajo el nombre de Al Qaeda es esencialmente un movimiento negativo y destructivo. No ofrece una visión alternativa del mundo moderno más allá de la afirmación implícita de que la modernidad no es ni necesaria ni deseable.

Además, esa afirmación, cuando la hacen personas que se presentan como líderes religiosos, es casi seguramente deshonesta. Esos líderes están utilizando la religión para sus propios fines políticos, considerablemente modernos. La utilizan para organizar y movilizar a sus seguidores, para que se suiciden individual o colectivamente de ser necesario. En esto no son muy distintos a los líderes totalitarios de los movimientos fascistas, quienes se apoyaban en la frustración popular para buscar una meta esencialmente destructiva en nombre de creencias y promesas antimodernistas.

La violencia que surge de esas fuentes es difícil de combatir. No cuesta trabajo encontrar signos de frustración por la modernidad. Están presentes en los países altamente desarrollados, pero sobre todo en regiones enteras del mundo que están suspendidas entre un ayer que ya no existe y un mañana que todavía no llega. ¿Cómo, entonces, pueden los países libres atacar a las expresiones terroristas de la frustración organizada?

Sin duda, la prioridad más alta para cualquier país libre debe ser la protección de sus ciudadanos y su patrimonio de los actos de violencia terrorista.

Frente a un movimiento globalizado de ira, eso no es sencillo. Exige medidas que no son fáciles en el caso de ciudadanos, grupos y autoridades empapados e inmersos en una tradición de liberalismo y tolerancia.

Tenemos que aceptar que hay límites a la tolerancia. Optar por no apegarse a los valores y costumbres de las sociedades libres es problemático, pero aceptable a fin de cuentas. Las manifestaciones no agresivas de una creencia distinta -incluyendo los pañuelos que utilizan en la cabeza estudiantes y maestras islámicas en países primordialmente cristianos- deben ser aceptables.

Pero la violencia nunca se debe tolerar. Es necesario preservar el monopolio del uso de la violencia de los estados democráticos, lo que puede implicar la expulsión de no ciudadanos que utilicen o promuevan la violencia y el arresto de los ciudadanos que la practiquen o amenacen con recurrir a ella.

Sin embargo, es esencial que el trato que se dé a los terroristas y a los sospechosos de haber cometido actos de esa índole se apegue estrictamente a las normas jurídicas. El arresto indefinido sin juicio es tan inaceptable como definir a ciertas personas como “combatientes ilegales”, a quienes no se aplica ningún tipo de reglas. La situación de los prisioneros detenidos en Guantánamo y los incidentes recientes de posible humillación y tortura sistemática contra los presos iraquíes ponen en duda los valores mismos en que se funda un orden liberal. Tales incidentes hacen que uno se pregunte si los terroristas han alcanzado finalmente su meta de destruir al Occidente y lo que representa.

El terrorismo que busca la destrucción del orden liberal es una prueba para ese orden. Eso es particularmente cierto si uno acepta -como lo hago yo- la intervención en los asuntos internos de un país a fin de impedir el genocidio o la represión asesina de las minorías y los grupos de oposición. Pero la intervención nunca debe copiar los métodos de aquellos en contra de quienes se emprende.

Lo anterior vale también para los objetivos de las potencias de intervención. El terrorismo de Al Qaeda es esencialmente destructivo. Cualquier respuesta debe ser esencialmente constructiva. La frustración de muchas personas en los países económicamente desarrollados es, al igual que la frustración de países enteros en las regiones en desarrollo, un reto.

Ese reto no se puede encarar realmente con la simple promesa de oportunidades ilimitadas que son únicas de Estados Unidos. Exige un sentido de responsabilidad social que acompañe y amortigüe el doloroso proceso de la modernización. Quienes están suspendidos entre un pasado perdido y un futuro que no se ha alcanzado necesitan ayuda. Tal asistencia no dará resultados inmediatos, pero la conciencia del mediano plazo -que significa estar dispuesto a afrontarlo retrasando la satisfacción inmediata- es también signo de un orden liberal.

Así, la lucha contra Al Qaeda no es una guerra. Es en parte autodefensa, en parte una reafirmación del Estado de derecho en momentos difíciles y, en parte, un esfuerzo constructivo para corregir las causas de la frustración.