Terror y dolor en Barcelona

“Él la llama razón; mas tan sólo la emplea para ser más bestial que cualquier bestia” (‘Fausto’. Johann Wolfgang von Goethe).

Escribo estas líneas con dolor y repulsión por el atentado terrorista perpetrado el jueves en Barcelona. Con dolor por las víctimas. Con repulsión por sus autores, vivos y muertos, directos e indirectos, materiales y por inducción, cómplices y encubridores. A la tragedia de muchas familias que nunca podrán entender las absurdas razones de los asesinos, se suman el asombro y la indignación de quienes se preguntan dónde se sitúa la linde entre el tortuoso sadismo y la patente gratuidad.

Con frecuencia me planteo por qué existe el terrorismo y, a decir verdad, nunca encuentro una respuesta convincente. A veces pienso si no será por el miedo insuperable que produce la patética crueldad que encierra, aunque también, de vez en cuando, se me ocurre que quizá sea porque todo fanatismo engendra impiedades y porque en las entrañas de un terrorista sólo habita la pasión por la violencia. El peor drama del terrorista es su destrucción moral. Al fin y al cabo, el terrorismo nace del odio y es un auténtico crimen contra la humanidad.

Ahora bien, lo que siempre he negado es que el terrorismo sea un acto de guerra y sostengo que se equivocan quienes califican un atentado terrorista como un episodio más de la conflagración que el islamismo mantiene con occidente, cosa, por cierto, que Francois Hollande hizo con ocasión de los atentados en la sala de fiestas Bataclan y en los restaurantes Le Belle Équipe y Le Carillon, aunque antes lo había hecho el presidente Bush a propósito del atentado de las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.

Puede que se trate de una cuestión terminológica pero si es cierto que las palabras las carga el diablo, me resisto a aceptar la comparación y a caer en la trampa de respaldar la tesis del llamado Estado Islámico (IS) que, según el comunicado emitido ayer por la agencia de noticias Amaq –su aparato de propaganda–, consideró que el atentado de Barcelona había sido una “operación llevada a cabo por sus soldados siguiendo las órdenes del Califato”.

Que no nos confundan. Por mucho que se intente acicalar la realidad con eufemismos, llamar guerra al terrorismo significa aceptar la dinámica sangrienta de sus responsables. En el artículo 1º de la Convención de la Organización de la Conferencia Islámica (1998), el terrorismo aparece definido como “cualquier acto de violencia o amenaza, prescindiendo de sus motivaciones o intenciones, perpetrado con el objetivo de llevar a cabo un plan criminal individual o colectivo con el fin de aterrorizar a la gente o amenazarla con causarle daño o poner en peligro su vida, honor, libertad, seguridad y sus derechos”.

La guerra tiene sus normas. El terrorismo, no. La regla del terrorista es el terror por el terror; en los objetivos y en los métodos. Los fines y los medios para ejecutar sus acciones, mejor dicho, sus carnicerías, son bien diferentes: provocar el mayor daño sin reparar en nada ni en nadie y hacerlo con el mayor de los salvajismos. Un terrorista, además, no tiene nada de valiente combatiente. Es, simplemente, un repugnante criminal. Presentar el atentado de Barcelona como un acto de guerra del Estado Islámico, que no es un Estado reconocido como tal por los países democráticos, es otorgarles la categoría de sujeto de Derecho Internacional capaz de realizar una guerra.

Es evidente, por tanto, que el terrorismo practicado en la ciudad condal, al igual que el de Niza del año pasado, con el resultado de 84 muertos y cerca de 200 heridos, o el de las Navidades de 2016 en un mercado de Berlín donde hubo 12 fallecidos y lo mismo que el del 22 de mayo de este año, ocurrido en Manchester al final del concierto de la cantante Ariana Grande, en el que murieron 22 personas, responde a la estrategia yihadista de lograr una conmoción universal, orientada a la globalización islámica del mundo.

Anteayer, ayer, hoy y seguro que durante mucho tiempo, Barcelona será ciudad del dolor. Con la sangre de sus 14 muertos –cifra que puede aumentar– y con cada herido en situación crítica, los adjetivos se hacen más gruesos y las rituales declaraciones de condena se agotan, hasta el punto de convertirse en meras actitudes testimoniales, entre las que figura esa costumbre de aplaudir no se sabe muy bien a quién.

Tengo para mí que no son las palabras, ni los lamentos, ni las lágrimas, ni tampoco los reproches por algunas omisiones, las armas más idóneas y precisas para acabar con las alimañas, sino la durísima serenidad y la firme decisión de no cejar ni un solo instante. Al terror sólo se le combate con la fría constancia en el ánimo y en el temple y el más absoluto mutismo, que es como las fuerzas de seguridad españolas, en colaboración con sus colegas de otros países, llevan años actuando en un plan que hasta el momento ha dado resultados merecedores de reconocimiento.

Porque ante el terrorismo, sea del tipo que sea, brindar la otra mejilla al lobo que nos mata no es una actitud inteligente. Se trata de ejercer la legítima defensa más severa sin regatear medios ni esfuerzos contra los enemigos de la libertad. Por supuesto y no me canso de decirlo, nada de terror para combatir a quienes con terror siembran la muerte. La batalla frente a la demencia sanguinaria del terror, lo que requiere es perseverancia contra viento y marea, pero sin salirse jamás de la raya marcada por la ley moral. Todos contra el terrorismo, sí, pero no con todo.

Pero hay algo más. ¿Qué garantías tenemos los ciudadanos del mundo en relación al tiempo que habrá de transcurrir entre el instante del terrible atentado de Barcelona y el próximo que hará repetir los llantos, las iras y las condenas? ¿Cuál es el límite de la provocación que los terroristas lanzan a diario al mundo civilizado que odian? Admito que ambas preguntas son retóricas, pues la barbarie no conoce fronteras ni hay sistema capaz de cubrir todos los flancos que la perversa mente terrorista puede diseñar. La conclusión es la de una triste impotencia. De ahí el estupor y rabia de quienes se preguntan hasta cuándo. El mundo democrático quiere leer la noticia de que sus gobernantes se proponen desintegrar a los integristas antes de que nos desintegren.

Me duele hacer pública esta confesión de temor, pero el desfile de ataúdes no tiene pinta de cesar. Es preciso parar en seco la aberrante locura criminal con la que se comportan los fanáticos asesinos. El mundo libre debe y tiene que vencer al terrorismo, de lo contrario el terrorismo ganará. Rosa Díez lo escribía ayer en este mismo lugar que hoy ocupo yo: “Derrotar no es comprender; derrotar no es dialogar; derrotar es acabar con ellos”.

No obstante, tengamos cuidado de no presentar la batalla contra el mal como una guerra de civilizaciones entre Occidente y el Islam, ni de asociar Islam a terrorismo. En estos momentos los amantes de la libertad debemos mantener la serenidad y defender, con todo rigor, los principios en los que se asientan nuestras conciencias y nuestras vidas.

Termino estas palabras como empecé. Con sufrimiento por las víctimas y sus allegados y con asco por quienes decidieron sus muertes. Aún resuena a lo ancho de toda España, de nuestra España, el hondo clamor del minuto de silencio, del indignado y conmovedor silencio, que ayer, en una manifestación presidida por el jefe del Estado, paró el enorme reloj situado en la azotea de uno de los edificios más emblemáticos de la plaza de Cataluña.

Todos los muertos son iguales, se dice, pero no es verdad. No es lo mismo morir sabiendo que alguien nos cerrará los ojos, que morir sin tiempo de pensarlo siquiera, como no es lo mismo morir asesinado sin más causa inmediata que la amarga siembra del terror.

Javier Gómez de Liaño es abogado, juez en excedencia y consejero de EL ESPAÑOL.

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