Terrorismo y extremismo ideológico

Los atentados de Londres, París y Boston han generado gran atención mediática y alarma al ser descritos como obra de «lobos solitarios». La insistencia en esa figura puede, además de estimular la imitación de actos tan salvajes, distorsionar la naturaleza de la amenaza terrorista a la que se enfrentan sociedades abiertas como la española. Al centrarse el debate mediático y político en la espectacular brutalidad de dichas acciones y en la vulnerabilidad que provocan, pueden marginarse claves fundamentales para comprender y contrarrestar un fenómeno de múltiples facetas. Desgraciadamente, mucho interés despierta la violencia, pero poco la radicalización cognitiva que la precede. Es cierto que no todas las ideas radicales conducen a la violencia, pero tampoco debe ignorarse que el terrorismo requiere idearios extremistas que fanatizan a aquellos individuos que justifican y perpetran actos como los vistos recientemente.

Aunque el extremismo ideológico constituye la raíz de conductas violentas, resulta complicado confrontarlo, pues el pensamiento radical es una manifestación legítima en sistemas democráticos. Sin embargo, la experiencia demuestra que las ideas radicales tienen consecuencias, de ahí que sea preciso intervenir en esa nebulosa entre las creencias y las acciones violentas. Si se elude la intervención en un ámbito tan delicado como necesario, se retrasa y perjudica la respuesta contra el terrorismo.

La radicalización cognitiva representa un riesgo que degenera en amenaza cuando gracias a idearios extremistas los radicales profundizan en su fanatización e ideologización. De ahí que la propia Estrategia de Seguridad Nacional española identifique al extremismo ideológico como un potenciador de riesgo. Sin embargo, este mismo documento elude plantear la respuesta que debería desarrollarse ante idearios extremistas que, si bien son admisibles en democracias mientras no rebasen ciertos límites, también representan riesgos frecuentemente minusvalorados.

Frente al enfoque español, el Gobierno británico ha ido más allá en su definición del tipo de problema que el terrorismo supone. De forma modélica, en la revisión de su estrategia terrorista publicada en 2011 Reino Unido reconocía abiertamente errores previos de los que extraía valiosas lecciones. Admitía literalmente que la estrategia heredada del Gobierno anterior estaba errada, entre otros motivos porque aquella no desafió «la ideología extremista» que era «el corazón de la amenaza» a la que se enfrenta el país. Después de tan reveladora admisión, la estrategia británica señala como objetivo prioritario la respuesta al «desafío ideológico del terrorismo y la amenaza de quienes lo promueven». Consecuentemente, el texto amplía la definición de ese extremismo que también debe combatirse, entendiendo como tal «la oposición activa a los valores fundamentales británicos, incluyendo la democracia, el respeto a la legalidad, la libertad individual y el respeto mutuo, y la tolerancia hacia diferentes confesiones y creencias». De ese modo se ensancha el espectro de la amenaza terrorista al incidir también en riesgos y potenciadores que la preceden. Se incluyen entre ellos las ideologías radicales que bordean los límites democráticos y que pueden entorpecer seriamente la cohesión social. Como el atentado de Londres evidencia, la violencia terrorista es tan solo una parte de un problema que también muestra otras preocupantes manifestaciones que no deberían quedar sin respuesta. Entre ellas el «apartismo» que determinadas comunidades radicales están propugnando ya, materializándose en guetos guiados por un extremismo ideológico que aspira a imponer una suerte de «sociedad dentro de la sociedad».

Este fenómeno se aprecia en diversas democracias europeas en las que intenta consolidarse un islamismo radical que persigue que la soberanía deje de residir en los ciudadanos, reclamándola por el contrario para Alá. Este ideario extremista basado en una interpretación fundamentalista del islam desafía principios y valores constitucionales, así como los códigos políticos, morales y culturales recogidos en los marcos democráticos. En ocasiones lo hacen sin la explícita adhesión a la violencia, garantizándose así su contención dentro de los límites de la legalidad.

Sin embargo, esa ideología a veces se convierte en eficaz instrumento de radicalización al ofrecer métodos radicales como solución a agravios que el propio radicalismo fomenta. Estos idearios extremistas refuerzan el proceso definido como «radicalización transformadora», fortaleciendo «precursores de radicalización» como la alienación, la búsqueda de pertenencia, la autorrealización, los sentimientos de venganza o el rechazo de los códigos democráticos establecidos. Son todos ellos factores que llegan a motivar reevaluaciones de las conductas individuales, como ocurre con los terroristas que finalmente justifican y perpetran la violencia que estamos presenciando. Hay segmentos de población más vulnerables a la influencia de estos precursores de radicalización. Se trata de algunas comunidades inmigrantes cuyos miembros están expuestos a dicotomías identitarias derivadas de dobles y, a veces, conflictivas identidades. Estos contextos pueden facilitar relaciones adversas entre los inmigrantes y las sociedades de acogida o el Estado, induciendo comportamientos segregacionistas, antisociales y violentos. Por todo ello, la prevención de atentados terroristas inspirados en interpretaciones radicales del islam no debería ignorar una dimensión tan importante como es el combate contra el extremismo ideológico del que emanan.

Este reconocimiento no implica la demonización de creencias religiosas legítimas, pero tampoco debería ignorarse que en la interpretación más radical de aquellas y en su instrumentalización se encuentra el germen de la violencia. Las expresiones más radicales de ideologías como el nacionalismo o el islamismo coadyuvan al fanatismo político y religioso al derribar los inhibidores morales que frenan la violencia. Gracias a esos idearios radicales adquieren racionalidad y justificación, desde la lógica del fanático, macabros crímenes. El terrorismo, antes que la conquista del territorio, persigue conquistas ideológicas.

Los recientes episodios de violencia por parte de seguidores de una ideología extremista como el yihadismo obligan a reflexionar sobre la respuesta que debe darse a la radicalización de individuos con el potencial de apoyar el terrorismo. Ha habido una tendencia a diferenciar la radicalización cognitiva de la violenta, centrándose en esta segunda al asumir que este estadio es el verdaderamente peligroso. Con frecuencia se subestima que la primera de esas fases constituye un indicador temprano de un proceso que puede devenir en una radicalización violenta como la de los terroristas de Londres, París y Boston. El odio y el fanatismo motivadores de sus crímenes no los vacían de contenido ideológico, pues son precisamente los idearios extremistas los que los motivan y justifican. De ahí que la estrategia británica vea necesario enfrentarse también al extremismo no violento cuando este genera una atmósfera conducente al terrorismo que populariza ideas como las que los terroristas abrazan.

¿Existe en nuestro país suficiente concienciación sobre el tipo de desafío al que nos enfrentamos y sus diversas facetas? La emergencia de los mal llamados «lobos solitarios» suscita una lógica preocupación. Precisamente por ello deberían acometerse también iniciativas orientadas a contener la expansión de idearios extremistas que relativizan y desprecian valores y derechos fundamentales. Ese extremismo ideológico sobre el que apenas se incide es el que alimenta y precede a comportamientos violentos que con tanto alarmismo se están publicitando. La respuesta frente a la amenaza terrorista yihadista estará incompleta si no se contrarresta también el extremismo religioso, tanto violento como no violento, que puede favorecer el tránsito al terrorismo.

Rogelio Alonso, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Rey Juan Carlos.

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