Test de honradez para los trabajadores

Por Antón Costas, catedrático de Política Económica, UB (EL PERIODICO, 09/11/03):

Probablemente recordarán la noticia del despido de una cajera de un centro comercial porque fue pillada en falta en el “test de honradez” a la que fue sometida por la empresa. El test consistió en introducir sin su conocimiento un billete de 10 euros en la caja de la empleada y ver cual era su comportamiento al hacer arqueo al final de la jornada. Me gustaría que la noticia hubiese aclarado qué sucede cuando falta dinero al hacer caja, con lo fácil que debe ser equivocarse con el cambio en el trajín que se traen las cajeras a lo largo de una jornada. Seguramente debe repercutir en su salario o en su empleo. Al margen de las circunstancias concretas de este caso, que desconozco, la noticia en sí me ha hecho surgir una serie de cuestiones acerca de los procedimientos que puede utilizar una empresa para el control de la lealtad de sus empleados, y si estos instrumentos pueden ser preventivos, como las guerras de Bush y Aznar. Y, en el caso de que admitamos la validez de estos test, ¿deben aplicarse sólo a los trabajadores o hay que hacérselos también a los directivos?

PIENSO QUE la honradez y la lealtad de los empleados es una virtud fundamental para el buen funcionamiento de una empresa. Pero ¿hasta dónde puede llevar una empresa la investigación de la honradez de sus empleados? Me contaron hace ya tiempo en La Habana que, en época del dictador Batista, a los empleados de color de las primeras autopistas se les hacía prácticamente desnudar para comprobar que no se habían quedado con parte del dinero recaudado en los peajes. La práctica no es tan caribeña como aparece a primera vista. Las fundas de trabajo que muchas empresas de nuestros países dan a sus trabajadores no tienen bolsillos precisamente para evitar que puedan ser usados para ese mismo fin. No sé a ustedes, pero a mí me parecen que las prácticas que parten de la desconfianza y el cuestionamiento de la buena fe lesionan la dignidad de las personas.

Pero en todo caso, ¿es admisible que se puedan colocar trampas para comprobar la conducta de los empleados, como ha ocurrido en este caso? Si los jueces no admiten a la policía pruebas contra traficantes de drogas o delincuentes confesos obtenidas mediante trampas o escuchas telefónicas ilegales, ¿por qué vamos a tolerarlas en el caso de las empresas? Las trampas colocan a las personas en situaciones excepcionales, incentivándolas a conductas deshonestas. Y por esto no es admisible tentar a alguien para medir su virtud.

Pero aún así, si admitiésemos estos tests, entonces hay que aplicarlos también a los directivos. Los robos –porque no se puede llamar de otra forma–, llevados a cabo por altos ejecutivos que, desde el caso de Enron en Estados Unidos, han ido surgiendo en prácticamente todos los países en los últimos años nos dicen que lo que realmente es una amenaza para las empresas son las prácticas deshonestas de sus directivos. El premio Nobel de economía, Joseph Stiglitz, ha hablado de un “capitalismo de rapiña”. Y no le falta razón.

No sé si recuerdan, entre nosotros, el caso de un alto directivo de uno de los principales bancos españoles que se jubiló autoconcediéndose una multimillonaria indemnización y una jugosísima pensión. Denunciado, tuvo la desfachatez de justificar la cuantía del regalo en el estrés de su cargo. Pero entonces, para estrés, el de la cajera.

QUIZÁ UNA prueba indirecta de que esta falta de honradez debe estar extendida entre muchos directivos es el hecho de que en los últimos años las escuelas privadas de negocios han creado cátedras de ética, e incluido esta materia en sus planes de estudio. ¿Para qué harían falta estas cátedras si no se sospechara de la probidad y lealtad de los directivos? Me resulta chocante que las universidades públicas no tengan esa misma preocupación y no hayan incorporado, hasta donde conozco, cátedras similares. Pero, para no hacer juicios de valor preventivos, dejo la respuesta a mejores conocedores del tema, como mi querido amigo Carlos Losada, director de ESADE, o mi estimado profesor de Teoría Económica en la facultad, Antonio Argandoña, ahora en el IESE.

La honradez y la lealtad son cualidades esenciales para el buen funcionamiento de las empresas. Pero conviene recordar que la mejor forma de promoverlas es mediante un trabajo en condiciones laborales y salariales dignas. Algo que por desgracia se ha ido olvidando en los últimos años con el aumento de la precariedad, el estrés laboral y los salarios de miseria. La pretensión de que el buen empleado debe ser “trabajador, mal pagado y honrado” es un imposible matemático. Las tres condiciones no se pueden cumplir a la vez.