The Baader-Meinhof Complex

Todos los detalles que hemos ido conociendo sobre la muerte del policía francés por los etarras que trataban de ayudar a huir a su presunto nuevo jefe Kabikoitz Carrera, cogido in fraganti con unos coches recién robados, permiten reconstruir una atmósfera de criminalidad chapucera e improvisada. Sólo faltaba la pifia de la policía francesa difundiendo el vídeo de los bomberos catalanes como si constituyeran uno de los taldes del comando. Aunque las circunstancias fueran muy distintas, se trata por todo ello de una secuencia intercambiable con la de la fuga de Andreas Baader en 1970 abriéndose paso a punta de pistola, con la alborotada complicidad de Ulrike Meinhof y Gudrun Esslin, desde el instituto berlinés en el que le custodiaban unos policías abúlicos y somnolientos. También allí quedó el reguero de sangre de un pobre conserje que trató de oponer resistencia a aquellos desalmados terroristas novatos.

No voy a proponer que el Gobierno vasco fomente la exhibición en colegios y centros de juventud de la excelente película The Baader-Meinhof Complex, nominada el año pasado para el Oscar al mejor filme de habla no inglesa, no vaya a ser que su exactitud en la descripción de la violencia termine fomentando vocaciones terroristas entre los más sádicos o tarugos. Pero sí sería buena idea que todos los padres con hijos en la kale borroka o sus aledaños la vieran en familia para así hacerse una idea cabal de cuál va a ser el destino de sus cachorros. Y tampoco estaría de más que Instituciones Penitenciarias facilitara copias del libro de Stefan Aust en el que está basada la película a Arnaldo Otegi y demás batasunos en el trullo pues, además de reconocerse a sí mismos en los compañeros de viaje de la sanguinaria banda, seguro que encontrarían otros insoslayables paralelismos a los que dedicar -ahora que tienen tanto tiempo para ello- sus horas de reflexión.

Aunque a menudo se ponga como ejemplo de lo contrario, la Baader-Meinhof también contaba inicialmente con significativos nichos de apoyo social. Por eso Aust, un periodista radical que intimó con algunos de los protagonistas antes de moderar sus opiniones y convertirse en director de Der Spiegel, no radiografía una banda, sino un complejo con sus vasos comunicantes dentro de los movimientos contestatarios del 68 y las simpatías más o menos expresas de gran parte de la izquierda diletante. Algunos campus universitarios eran su Goierri; la revista Konkret en la que Peter Weiss -gran dramaturgo como Alfonso Sastre- pedía que se crearan «dos, tres, muchos Vietnam» hacía las veces de Egin o de Gara; el odiado grupo Springer, editor del Bild, subsumía a toda la «Brunete mediática»; y el atentado que dejó moribundo a Rudi Dutschke – el mítico Rudi el Rojo– tuvo al menos tanto impacto y consecuencias como el que mató al doctor Brouard.

En la izquierda alemana quedaba el mismo sentimiento de culpa no expiada que en el nacionalismo vasco: las generaciones anteriores no habían estado a la altura de las circunstancias cuando se sometieron con limitada resistencia a un régimen totalitario. Quedaba una asignatura pendiente. Y tanto en la República Federal de la Guerra Fría como en la España que había culminado la transición a la democracia no faltaban quienes, en esa obsesión por ajustar cuentas retrospectivas, presentaban las nuevas realidades políticas como simples máscaras tras las que pervivía el mismo monstruo de antaño. Bastaba la muerte de un manifestante para que el policía que había apretado el gatillo en un reflejo de brutalidad o impericia se convirtiera en la metáfora de todo un Estado al que había que pagar con su misma moneda corregida y aumentada.

En ese escenario en el que la revolución cubana y la causa palestina servían ya de referencias, «era sólo una cuestión de tiempo -escribe Aust- que algunos miembros del movimiento de masas de la izquierda obedecieran muchos de los eslóganes que les instaban a combatir el imperialismo, el colonialismo y el capitalismo y convirtieran la teoría revolucionaria en práctica violenta».

Comenzaron tirando piedras a la policía, siguieron prendiendo fuego a unos grandes almacenes como símbolo de la alienación consumista y terminaron asesinando a 33 personas en algo menos de 10 años, una tasa de productividad muy claramente inferior a la de ETA. En ese entorno la legitimidad de la violencia no se discutía casi nunca y cuando eso ocurría no faltaba la coartada religiosa, aportada con motivo de la destrucción de los grandes almacenes por el padre de la rubia y atractiva Gudrun Esslin, a la sazón pastor protestante: «Me ha asombrado descubrir que Gudrun se ha realizado a sí misma de forma eufórica, de forma mística tal y como se les atribuía a los santos». Sólo faltaba que su madre -siempre la amatxo– añadiera que «su acción ha proporcionado una sensación de libertad a toda nuestra familia».

Los gudaris de la Baader-Meinhof se autoglorificaban, comparándose con el capitán Acab de Moby Dick en su persecución del Estado-Leviatán encarnado en la ballena blanca. Justificaban la lucha armada asumiendo el riesgo de perecer ahogados en su propio vómito de sangre con una cita de Brecht: «Matar es algo terrible. Pero no sólo mataremos a otros, sino que, si es necesario, también nos mataremos nosotros. Porque este mundo asesino sólo puede ser cambiado por la fuerza, como toda persona viva sabe».

Llamaban «cerdos» y «perros» -o sea txakurras– a los servidores del orden a los que asesinaban, pero con nadie eran tan implacables como con sus disidentes. Consideraban sus propias detenciones como un paso adelante en la lucha -los presos fueron enseguida el elemento de cohesión y movilización de todo el complejo– en la medida en que los siguientes atentados se cometían para exigir su libertad o para protestar por sus condiciones carcelarias. Las imágenes de Gudrun Esslin y Andreas Baader coqueteando en el banquillo, indiferentes al curso de la Justicia y al propio dolor de sus víctimas, las hemos visto muchas veces en la Audiencia Nacional. También sus explosiones de rabia, cargadas de los peores exabruptos hacia los jueces.

Como muchos etarras, se entrenaron en campamentos palestinos y la Alemania del Este les proporcionó los cuarteles de invierno que Cuba y Venezuela ofrecen ahora a los terroristas vascos. Se llamaban Fracción del Ejército Rojo y colaboraban con el terrorismo árabe con la misma comodidad con que ETA lo hizo en 2003 -repito, en 2003- con las FARC y quién sabe qué otros grupos dedicados a poner bombas.

Sólo un obstáculo se interpuso en su camino: la realidad. La reflexión de Aust sobre la República Federal Alemana de los 70 bien podría aplicarse a la España actual: «No existía un proletariado revolucionario y resultaba difícil contemplar al Estado como un Estado policial fascista. No había campos de concentración, no había tortura, era un Estado constitucional que funcionaba razonablemente bien».

Era imposible que ganaran la partida. Como escribe Aust, «eso sólo podía acabar en la prisión o con su propia muerte, así como en el rearme de la República Federal Alemana en términos de seguridad interior». En efecto, a medida que sus asesinatos pasaron de ser fórmulas abstractas en la lucha por la emancipación de los pueblos y se convirtieron en actos sanguinarios concretos cuyas víctimas tenían cara y ojos, el grupo fue perdiendo la mayor parte de sus apoyos. Las manifestaciones de quienes sintonizaban con sus móviles eran cada vez menos nutridas y les resultaba crecientemente difícil encontrar a quien estuviera dispuesto a esconderles.

Ellos optaron, sin embargo, por la huida hacia delante a través de los senderos del horror. Fue entonces y sólo entonces cuando quedaron reducidos a una simple banda de hampones a la deriva. Tras su vacilación inicial la democracia alemana había comprendido que no podía ser estúpida y fue adoptando las medidas legales y dando los pasos precisos para que los presos perdieran toda esperanza de obtener sus objetivos. «Lo peor de todo es la clara conciencia de que tus posibilidades de supervivencia son nulas», escribió Ulrike Meinhof un par de años antes de ahorcarse en el ventanuco de su celda.

Para Aust no cabe la menor duda de la autenticidad tanto de su suicidio como del de los tres líderes del grupo cuyos cadáveres aparecieron en sus celdas al día siguiente de que fuerzas alemanas de élite rescataran en Mogadiscio a los rehenes del avión secuestrado para exigir su libertad. De acuerdo con la cita de Brecht sólo les quedaba esa opción para intentar relanzar su lucha, reavivando los rescoldos del mito.

Hubo, sí, muchas dudas, acusaciones abiertas de asesinato contra las autoridades alemanas, actos de protesta más o menos notorios… pero también esas brasas se apagaron. Siguió un largo silencio y sólo en abril de 1998 un comunicado enviado a la agencia Reuters anunciaba la autodisolución de la Fracción del Ejército Rojo, proclamaba que «la guerrilla urbana es ya historia» y constataba que «no podemos llegar a ninguna parte por ese camino». Habían pasado más de 20 años desde su último asesinato sin que nadie pidiera perdón a las víctimas.

La principal diferencia entre el complejo Baader-Meinhof y el conglomerado etarra es una cuestión de escala. El medio siglo de actividad criminal del terrorismo vasco quintuplica ya la saga-fuga de sus émulos alemanes y al haber sido muchos más los crímenes, también son muchos más los presos. Pero el convencimiento de que la lucha armada es un callejón sin salida porque el Estado democrático ha ganado de nuevo la partida impregna ya hasta los tuétanos a los propios promotores del tinglado.

Basta repasar los comentarios de Arnaldo Otegi en prisión -desvelados el domingo pasado en estas páginas por Ángeles Escrivá- para darse cuenta de hasta qué punto el lenguaje exterioriza, en los dos sentidos del término, la derrota: «O ETA se suma a la procesión o se suicida». La «procesión» es la del adiós a las armas y el «suicidio» puede ser en este caso sinónimo de enterramiento en vida con condenas de 40 años de cumplimiento íntegro -o tal vez pronto de cadena perpetua- ante la indiferencia del pueblo por el que estos tarados dicen luchar y sacrificarse.

Puede parecer una ironía del destino que sea Rubalcaba quien esté llevando a sus máximas cotas de coherencia y eficacia la política antiterrorista diseñada por Aznar, pero ésa es la grandeza de un régimen de opinión pública. Cuando Otegi habla de ETA en tercera persona como si no fuera con él, pero se tira de los pelos al constatar que su dependencia de la banda está arruinándole la vida; o cuando un ex jefe militar como Pakito insinúa que habrá que delatar a quienes sigan pegando tiros, es que el Estado le ha cogido la medida a su enemigo.

El entorno de ETA le está perdiendo el respeto a su cúpula -«los tienen machacados… es de chiste»- y ése es el primer paso para perderle el miedo. Bastarán nuevos empujones y derrapes para que esos procesos de desenganche se aceleren, el complejo se desmorone y sólo quede un puñado de criminales vagando sin rumbo. En este contexto la muerte del policía francés en una escaramuza propia de atolondrados aprendices de pistolero puede convertirse en un catalizador decisivo en las próximas semanas porque los etarras y sus amigos ya saben que desde ahora el Estado más pagado de sí mismo del mundo no sólo va a seguir colaborando con España sino que se va a tomar su aniquilación –sans merci– como un empeño propio. Y el ansia por lavar el ridículo de la falsa identificación supondrá un acicate adicional.

«No creo que sean tan cabestros…», alegaba Otegi en contra de la probabilidad de un atentado -no ya en Francia sino en España- que diera al traste con el llamado «proceso de Alsasua» que busca transformar a la izquierda abertzale en una especie de Esquerra Republicana post-terrorista. Ni en sus peores pesadillas podía imaginar que ETA fuera a matar, precisamente ahora, al primer policía galo de su historia. Pues bien, él y los suyos ya han podido comprobar que quienes les dirigen son todavía más «cabestros» de lo concebible en cualquier debate. Y no deberían extrañarse porque, en definitiva, de lo que se come, se cría.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.