The Venezuelan nightmare / La pesadilla venezolana

Images of repression and brutality against peaceful protesters demanding democracy and the elimination of corruption are not limited to Ukraine.

In our hemisphere, Venezuelans are suffering at the hands of their own government. Violence and systematic human rights abuses have resulted in 41 dead, hundreds injured, and thousands detained.

These rights violations in Venezuela were chronicled this month by Human Rights Watch in a 103-page report, entitled "Punished for Protesting: Rights Violations in Venezuela's Streets, Detention Centers, and Justice System."

The study pulls back the veil of President Nicolas Maduro's administration and shows its willingness to go to dangerous extremes to silence political dissent.

It depicts an unraveling situation in Venezuela far worse than suspected. The litany of rights violations is illustrated in graphic fashion: the unlawful use of force, violent mass arrests, crackdowns on free speech and press freedom, blanket denial of due process, and abuses in detention facilities, including electric shock torture.

Employing tactics perfected by the Cuban regime, marauding Venezuelan security forces are shown teaming up with armed gangs known as colectivos to beat unarmed demonstrators, firing live ammunition and tear gas canisters indiscriminately into crowds.

In one instance, according to the report, a member of the National Guard "stepped on (a young protester's) head and fired rubber bullets at point-blank range in his thigh. The shot struck a set of keys in his pocket, dispersing metal shards as well as rubber pellets into his leg." He was then taken to a military detention facility, denied medical treatment for hours, and lost so much blood that he was near death when finally permitted to see a doctor.

While pro-democracy protesters are not fault-free in the use of violence, the primary responsibility for the horrifying, unjustified use of force rests with Maduro and his band of apparatchiks.

Venezuela's alleged socialist paradise has morphed into a verifiable real-life nightmare.

At a time when many countries in the Americas are experiencing an economic ascent underpinned by growing middle classes, every indicator reveals that Venezuela is regressing at an alarming rate.

Frightening levels of criminal violence are coupled with economic freefall, punctuated by sky-high inflation and a scarcity of basic food items.

In Venezuela today, the rule of law is abandoned, the judiciary is hollowed out, freedom of the press is nonexistent, and corruption runs rampant. Drug traffickers collude regularly with government officials and the free flow of narcotics out of the country poses a threat to hemispheric security, as well as to the United States.

Last month, Maduro pleaded in The New York Times that "Venezuela needs peace and dialogue to move forward" -- but instead, he has delivered discord and suffering.

With no alternative recourse against the crisis consuming their country, Venezuelan citizens young and old have been turning out in mass demonstrations since early February. Their courage has been met with repression, and the images flooding social media networks induce an outpouring of sympathy, mixed with terror and grief.

Attempts by South American governments and the Vatican to mediate talks between the Venezuelan government and political opposition have collapsed and mass arrests continue. The Organization of American States must take a forceful position and demand respect for human rights and democratic inclusion in Venezuela.

As chairman of the Senate Foreign Relations Committee, playing the role of a bystander to this chaos is unacceptable.

My response to Maduro-inspired mayhem is authoring bipartisan legislation imposing targeted sanctions on those individuals responsible for violating the rights of peaceful demonstrators.

While designed to avoid hurting the Venezuelan people, these hard-hitting penalties include asset freezes and visa bans for high-ranking members of the Maduro administration who have terrorized large segments of the population with unflinching impunity.

The legislation also authorizes $15 million to defend human rights, support democratic civil society, and strengthen the rule of law.

The moment of action is upon us.

On Tuesday, the Senate Foreign Relations Committee will pass this legislation. As a nation of the Americas guided by principles of liberty and democracy, we are duty bound to respond when the light of freedom is threatened.

#SOSVenezuela is a constant refrain on social media networks, galvanizing international attention to the deteriorating situation in Venezuela.

The U.S. Congress hears your cries and stands in solidarity.

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Las imágenes de represión y brutalidad contra los manifestantes pacíficos que exigen democracia y la eliminación de la corrupción no se limitan a Ucrania.

En nuestro hemisferio, los venezolanos están sufriendo a manos de su propio gobierno. La violencia y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos han llevado a 41 muertos, cientos de heridos, y miles de detenidos.

Estas violaciones a los derechos humanos en Venezuela fueron descritas este mes por Human Rights Watch en un informe de 103 páginas, titulado "Castigados por protestar: violaciones a los derechos humanos en las calles de Venezuela, centros de detención, y el sistema de justicia".

El estudio descubre la administración del presidente Nicolás Maduro y muestra su disposición para llegar a extremos peligrosos a fin de silenciar la disidencia política.

Muestra una situación de desintegración en Venezuela mucho peor de lo que se sospecha. La letanía de las violaciones a los derechos humanos se ilustra de forma gráfica: el uso ilegal de la fuerza, los arrestos violentos masivos, la ofensiva contra la libertad de expresión y de prensa, la negación del debido proceso, y abusos en centros de detención, incluyendo torturas con choques eléctricos.

Al valerse de tácticas perfeccionadas por el régimen cubano, agresivos miembros de las fuerzas de seguridad venezolanas se muestran uniéndose a grupos armados conocidos como colectivos para golpear a los manifestantes desarmados, disparando municiones y gases lacrimógenos sin distinción hacia las multitudes.

En un caso, según el informe, un miembro de la Guardia Nacional "se paró sobre la cabeza de un joven manifestante y le disparó a quemarropa con balas de goma en su muslo. El tiro le pegó a un conjunto de llaves en su bolsillo, dispersando fragmentos de metal, al igual que perdigones en su pierna. "Fue llevado a un centro de detención militar, se le negó tratamiento médico durante horas y perdió tanta sangre que estuvo a punto de morir cuando finalmente le permitieron ver a un doctor".

Si bien los manifestantes a favor de la democracia no están libres de culpa en el uso de violencia, la responsabilidad principal del terrible e injustificado uso de la fuerza descansa con Maduro y su banda de burócratas.

El supuesto paraíso socialista de Venezuela se ha convertido en una verdadera pesadilla de la vida real.

En una época en la que muchos países en las Américas están experimentando un ascenso económico sustentado por las crecientes clases medias, todo indicador revela que Venezuela está experimentando un retroceso a un ritmo alarmante.

Los alarmantes niveles de violencia criminal se aúnan a una caída libre económica, puntuada por una inflación altísima y una escasez de artículos básicos de consumo.

Hoy en día en Venezuela, el Estado de derecho ha sido abandonado, el poder judicial se ha apagado, la libertad de prensa no existe y la corrupción se da de manera desenfrenada. Traficantes de drogas actúan en colusión con funcionarios del gobierno, y la libre circulación de narcóticos fuera del país representa una amenaza para la seguridad del hemisferio, al igual que para Estados Unidos.

El mes pasado, Maduro declaró en el New York Times que "Venezuela necesita paz y diálogo para salir adelante", pero en su lugar, ha creado discordia y sufrimiento.

Al no tener recurso alternativo en contra de la crisis que consume su país, los ciudadanos venezolanos han recurrido a manifestaciones en masa desde principios de febrero. Su valor ha encontrado represión, y las imágenes que inundan las redes sociales inducen un torrente de compasión, al igual que terror y lamento.

Los intentos por parte de gobiernos suramericanos y del Vaticano para mediar el diálogo entre el gobierno venezolano y la oposición han colapsado y los arrestos en masa continúan. La Organización de Estados Americanos debe tomar una posición contundente y exigir el respeto a los derechos humanos y la inclusión democrática en Venezuela.

Como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, desempeñar el papel de espectador frente a este caos es inaceptable.

Mi respuesta al caos inspirado por Maduro es escribir una legislación que imponga sanciones dirigidas a aquellos individuos responsables de violar los derechos a realizar manifestaciones pacíficas.

Mientras están diseñadas para evitar afectar a la población venezolana, estos severos castigos incluyen congelar activos y la prohibición de visas para miembros de alto rango del gobierno de Maduro que han aterrorizado a grandes segmentos de la población con inquebrantable impunidad.

La legislación también autoriza 15 millones de dólares para defender los derechos humanos, apoyar a la sociedad civil democrática y fortalecer el Estado de derecho.

El momento de actuar ha llegado.

El martes, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado aprobará esta legislación. Como una nación de las Américas guiada por los principios de libertad y democracia, tenemos el deber de responder cuando la luz de la libertad se ve amenazada.

#SOSVenezuela es un constante mensaje en las redes sociales, llevando la atención internacional a la situación de deterioro que se vive en Venezuela.

Sen. Robert Menendez, D-New Jersey, is chairman of the Senate Foreign Relations Committee. The opinions expressed in this commentary are solely those of the author.

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