Tiempo de banderas

El tiempo se acelera desordenadamente, estamos perdiendo el compás, el ritmo y la política de las emociones y de la improvisación se está apropiando del juego. Nos sentimos más vulnerables y claro, cuando nos ofrecen una bandera la tomamos con más facilidad y nos hacemos nacionalistas, españolistas, catalanistas, madridistas o barcelonistas… Banderas e insignias que representan una de nuestras dos mitades o identidades, la que nos mantiene unidos a la tierra, a la familia, a unos amigos, a la lengua y a una nación, frente a la otra mitad que reclama el “yo soy” y garantiza nuestra personalidad, nuestras diferencias, la mejor autodefensa frente al gen fanático que llevamos dentro.

Visto así, la pregunta básica no debería ser si se están exagerando los peligros del nacionalismo sino hasta qué punto. Porque lo malo no es convivir y compartir símbolos, lo malo es dejarse llevar para que la primera mitad devore a la segunda y entonces, al frotarnos con la bandera nos entren ganas de quemar las demás.

En esto consiste el fanatismo, que no es locura sino odio. Un odio que juzga sin escuchar y no respeta nada y, del otro lado, amor: un amor sin control a punto de asaltarnos al menor descuido. El fanático teme sentirse individuo, envejece sin hacerse mayor y, como un niño, niega los hechos para que desaparezcan. Para ellos todo conflicto supone una lucha entre el bien y el mal, entre el amigo y el enemigo, por eso rompen los puentes y lo que haga falta para que no haya vuelta atrás, ni posibilidades de arreglo. Los fanáticos de todos los lados están creando desolación en nombre de la democracia y convirtiendo Cataluña en un polvorín que puede salpicar a toda Europa. Pero tienen un problema: o se santifican o terminan convirtiéndose en bufones y lo saben. Por eso van a por todas.

Dicho sin más rodeos: ¿es el nacionalismo realmente el causante de esta crisis? Muchos consideran que la causa del aumento del independentismo es el sentimiento nacional, es la autonomía, la educación, la gestión de la cultura, los medios de comunicación. No es verdad, el independentismo no es un fenómeno fabricado por la lengua, la educación o la televisión. Qué fácil sería corregirlo. El independentismo es una inflamación del sentimiento nacional alimentada, en gran medida, por decisiones políticas torpes e interesadas de unos y otros que han encendido las pasiones y taponado la razón. No ven que por mucho que deseen la independencia y alto que la declaren no conseguirán que Cataluña se traslade a otra parte, al igual que por muchos policías y tribunales que intervengan el Gobierno no logrará que cientos de miles de personas dejen de soñar con ella durante décadas. Una independencia que, eso sí, se ve más hermosa de lejos que de cerca.

Las batallas ya no se ganan sobre el terreno, pero aquí el fanatismo nos está conduciendo a unas trincheras cargadas de sentimientos. El escenario del día 27 efectivamente fue una fiesta, pero en un hospital lleno de heridos y tristeza, aunque quizás para los protagonistas no sean suficientes y necesiten otro buen susto para detenerse y empezar a parlamentar. Porque el acuerdo llegará, a lo mejor después de las elecciones y a lo peor más tarde y con mucho más sufrimiento, pero llegará. Un acuerdo parcial, provisional, para ir tirando, como siempre, pero acuerdo al fin, no capitulación, ni una entrega, porque ahora las dos partes saben que el otro existe de verdad, que no es un espejismo fruto de la manipulación. Los dos saben que de aquí no se va nadie, pero también que para convivir en libertad y defender la igualdad es necesario reconocer las diferencias, no privilegios, las diferencias que hacen significativas Cataluña, Madrid, Andalucía… y que exigen tratos jurídicos distintos. Pero ¡ay!, ya los escucho de nuevo, ¡Igualdad!, gritan desde el otro lado. Igualdad respecto a qué, les pregunto. Porque legislar precisamente consiste en establecer diferencias, en hacer distinciones, en fin, en regular de forma diferente lo que es diferente. La igualdad llevada al límite es el infierno. El derecho a la igualdad de los artículos 14, 9, 149… de la Constitución también nos defiende de la uniformidad, del café para todos, porque todos somos iguales, pero no somos lo mismo.

El primer paso siempre es el más difícil, hay que parar y superar la cerrazón y a continuación el nuevo Govern debería consolidar la legalidad constitucional vigente y el Gobierno tendría que reconsiderar la propuesta concertada en el Estatut votado, refrendado y anulado. Después necesitará impulsar y acordar el procedimiento jurídico para implementar un nuevo pacto social, económico y político que nos permita resistir la otra gran crisis.

No van a ser decisiones fáciles y sin duda van a doler de lo lindo, porque los conflictos internos son más complicados que los externos. Aunque esta vez tenemos algo de suerte, por ahora el conflicto no es religioso, ni de valores, ni de clases, simplemente es, nada más y nada menos, de intereses: ¿quién tiene la competencia, el poder para administrar y recaudar impuestos? ¿Quién la tiene para decidir la lengua y cómo educa a sus hijos? ¿Quién quiere recuperar la idea romántica, hace mucho tiempo superada, que identifica la nación con el Estado?

Ni guerra cultural ni de valores, simplemente una muy encarnizada disputa sobre cuánto manda cada uno en la casa. Estaréis de acuerdo en que visto así, el conflicto puede resolverse por una temporada. Claro que con algunas convulsiones, porque en España la vida política siempre se vive de forma apasionada, incluso trágica. El día 27 también vimos mucho movimiento innecesario y excesivo, mucha pose para quedar bien. Mucha preocupación y poca convicción.

Sin duda se llegará al entendimiento y será entonces cuando los dirigentes catalanes comprobarán que han logrado mucho menos de lo que habrían conseguido si hubieran negociado bien y actuado legalmente y el Gobierno verá que podría haber obtenido un pacto mejor, con menos costes para el país y más ventajoso para sus políticas económicas y sociales, si hubiera sido menos arrogante, si hubiera tenido más oído, intuición y sensibilidad.

En fin, hay que aguantar la presión y esperar la decisión del electorado teniendo en cuenta que lo peor no es inevitable aunque lo mejor tampoco sea lo más probable. Sin duda, nuestro principal enemigo es el escepticismo, la creencia de que no hay remedio, porque los hay, aunque parciales, temporales y están en nuestras manos.

Antonio Rovira es catedrático de Derecho Constitucional y director del máster en Gobernanza y Derechos Humanos (Cátedra Jesús de Polanco. UAM/Fundación Santillana).

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